CAPÍTULO Veintidós
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(Punto de vista del autor)
Thane le dirigió a Connor una mirada inexpresiva.
—Lo decide ella —dijo—. Ella sola.
Connor abrió la boca.
—Mañana ve a ver a Vincent —añadió Thane—. Que te enseñe algo de modales.
—Sí, señor.
Connor cerró la boca y se recostó en el asiento.
Entonces un tono de llamada cortó el silencio de la habitación. No era el teléfono habitual de Thane. Era otro distinto.
Connor levantó la vista.
Thane lo cogió sin pestañear.
—Hola.
Una pausa.
—Estoy en casa —dijo—. Ven cuando quieras.
Colgó.
Connor se quedó mirándolo.
Thane estaba sentado en medio de su despacho, con traje completo, con pinta de acabar de salir de una reunión del consejo, y acababa de decirle a Aria que estaba en casa como si fuera lo más natural del mundo.
Connor conocía a ese hombre desde que los dos corrían descalzos por el Territorio Renegado. Jamás lo había visto mentir sin inmutarse.
Hasta ahora.
Thane se levantó y entró en el cuarto contiguo sin decir una palabra más. Volvió dos minutos después con una camisa blanca abotonada y unos pantalones negros informales. Sin corbata. Sin chaqueta. Todo el conjunto decía: «He estado en casa toda la tarde».
—Termina lo que queda —le dijo a Connor—. Ya sabes lo que hay que hacer.
Y salió.
Connor se quedó solo en el despacho vacío, mirando la puerta.
Soltó el aire despacio, en un suspiro largo.
—Voy a pasar aquí toda la noche —murmuró.
(Punto de vista de Aria)
El ascensor se abrió en la planta de Kai y llamé a la puerta.
La puerta se abrió de par en par. Llevaba una camisa blanca y pantalones oscuros, relajado, como si no se hubiera movido en toda la tarde. Se hizo a un lado para dejarme pasar.
Entré con la intención de coger mi teléfono y marcharme.
Algo me golpeó la pierna.
Bajé la vista.
Un samoyedo me restregaba la cara entera contra la espinilla, adelante y atrás, como si pretendiera sacarme brillo.
Algo se me removió en el pecho, algo que no esperaba.
Me quedé quieta.
Yo tuve un samoyedo una vez. En el último año de instituto. Adoraba a ese perro. Pero Ronan decía que odiaba a los perros, y lo regalé antes de que él llegara a verlo. Me daba muchísimo miedo que, si venía a casa y encontraba un perro, dejara de venir.
De todas formas, nunca vino.
Después de aquello no volví a tener otro perro. Ni uno.
Me agaché y le tendí la mano. El perro me metió el morro directamente en la palma y empezó a menearse.
Me reí. No pude evitarlo.
Aquel bicho no tenía ni un gramo de instinto de supervivencia. Se estaba pegando a una loba como si fuera el lugar más seguro del mundo.
Chloe debía de estar profundamente dormida. Ni un parpadeo. El perro no podía oler lo que yo era y, de todas formas, le daba igual.
Kai me tendió el teléfono.
—Intenta no perderlo la próxima vez —dijo.
Lo cogí y repasé las notificaciones. Algunas cosas requerían respuesta. Escribí rápido, las envié y luego levanté la vista.
—Me has ayudado mucho —dije—. No sé muy bien cómo devolvértelo.
Se quedó callado un momento.
—Ayúdame a cuidar del perro —dijo.
Parpadeé.
—¿Ya no lo quieres?
—No es eso. —Miró hacia el pasillo—. En el edificio no admiten mascotas.
Lo pensé un segundo.
—Al entrar he visto a alguien paseando un perro ahí fuera.
—Será de alguna visita —dijo.
No insistí. Bajé la vista al perro, que seguía dando vueltas alrededor de mis pies, y dije:
—Vale.
No fue una decisión difícil. Me gustaban los perros. Él había hecho por mí más de lo que podía devolverle con facilidad. Cuidar de un perro no bastaba ni de lejos para quedar en paz.
Me quitó el teléfono de la mano, escribió su número y me lo devolvió.
—Si surge algo con él, llámame.
Miré el número guardado bajo su nombre. Luego miré al perro.
Algo me chirriaba un poco. No lograba precisar qué. Toda la conversación había fluido demasiado bien, como si cada pieza hubiera estado esperando en el sitio exacto.
Lo aparté de la cabeza y volví a agacharme.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
—Barnaby —dijo Kai.
Lo miré.
Bajé la vista a la enorme bola de pelo blanco que en ese momento intentaba comerse el cordón de mi zapato.
Barnaby.
Un samoyedo redondo, peludo y de alegría inagotable. Se llamaba Barnaby. Como un mayordomo británico jubilado.
No dije nada. Me limité a mirar a Kai un momento y luego otra vez al perro.
El gusto de este hombre para los nombres era algo que nunca llegaría a entender del todo.
(Punto de vista del autor)
Ronan no salió del hospital hasta que se hizo de noche.
Salió por las puertas principales y el móvil le sonó antes de llegar al aparcamiento. Martha. Tenía la voz plana y cortante.
—Ven a la casa principal. Ahora.
En parte se lo esperaba. Ella ya se había enterado del divorcio.
Cuando él entró, ella ya estaba sentada en el salón. No se levantó.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó ella.
—Estaba esperando el momento adecuado.
—El momento adecuado. —Dejó que aquello calara un segundo—. Hoy he tenido Lunas en casa. Amigas. Y a media tarde una saca el móvil y me planta la noticia delante de las narices.
Ronan no dijo nada.
—Nunca se había hablado así de Stormcrest —dijo ella—.
La gente sabía que no estabais muy unidos.
Vale. Pero nadie conocía los detalles. Y luego, la semana pasada, tu noche en el hotel de Vivian, y hoy el divorcio y una historia sobre Aria y otro hombre.
Todo a la vista. Lo vieron todas las Lunas que había en esa sala.
Ronan apretó la mandíbula.
—Fue una decisión mutua. Nos separamos en buenos términos.
Martha hizo un ruido breve que no llegaba a ser una risa.
—Buenos términos. Tú estabas en el hotel de Vivian y Aria no volvió a casa. ¿Eso es lo que entiendes por buenos términos?
—¿Qué historia sobre otro hombre? —preguntó Ronan.
Martha sacó el móvil y le enseñó una captura de pantalla.
Lo cogió. Lo leyó.
Se le congeló la expresión.
—La publicación ya no está —dijo Martha mientras se levantaba—. Pero la gente la vio. La vio bastante gente. —Se irguió—. Tienes que ir a recuperarla. Mañana. Sacaremos un comunicado, diremos que los rumores son falsos, que lo vuestro es sólido. Lo que haga falta.
Ronan se tiró del cuello de la camisa.
—¿Tú crees que volvería? —dijo.
—Corta con Vivian del todo y no tendrá ningún motivo para no hacerlo.
El nombre destapó algo en Martha. Siguió hablando, con la voz cada vez más dura.
—Esto es culpa de Vivian. Todo. Llevas años enredado con esa mujer y eso es lo que ha echado a Aria de esta casa. No quiero que la vuelvas a ver. Ni una sola vez.
A Ronan la voz le salió más grave de lo que pretendía.
—Culpa de Vivian.
Casi lo dejó ahí.
No lo hizo.
—¿Y todo lo que hiciste tú? —dijo—. Todas esas normas que tenías para ella. Todas esas cosas que llamabas «su deber como Luna». Tú mandabas en esa casa y ella lo sabía. Una Luna sin marcar no tiene peso real en una manada, y tú te encargaste de que fuera así. Yo lo vi. Simplemente no dije nada.
La cara de Martha se tensó. Se quedó muy quieta.
—Le estaba enseñando lo que exige el cargo —dijo.
—Claro. —Ronan no levantó la voz. No le hacía falta—. Hablaré con ella yo mismo. De la publicación. De todo. —Se giró hacia la puerta—. No planees nada con ella. No te presentes en Ravenshade. Déjalo estar.
Martha empezó a hablar.
Él ya iba camino de la puerta.
El lobo se le removía inquieto en el pecho, pesado y alterado, como algo que empujara contra el interior de una puerta cerrada con llave.
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