CAPÍTULO Veinte
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(Punto de vista del autor)
Ronan se quedó mirando la cara de Vivian.
Llevaba puesta esa cara: la dulce y triste que ponía cuando quería conmoverlo.
Funcionó. Siempre funcionaba. Pero esta vez solo consiguió cansarlo.
—No sientas lástima por ella —dijo—. No merece la pena.
Vivian alzó la vista hacia él.
—Te dio años de su vida, Ronan.
—Ella te hirió primero. —Le salió la voz más dura de lo que quería—. El divorcio lo decidió ella. Nadie la obligó.
Vivian soltó el aire despacio.
—Quizá no debería haber vuelto.
—Eso no es culpa tuya —dijo él—. Nada de esto lo es.
Ella se quedó callada.
Luego bajó la mirada hacia sus manos sobre la manta y preguntó, muy bajito:
—¿Podemos estar juntos ya? ¿Oficialmente?
Ronan no respondió de inmediato.
Había demasiado silencio en la habitación. Se oían los pitidos de las máquinas al fondo del pasillo.
—Sí —dijo al fin—. Podemos.
Vivian lo notó: esa pausa de medio segundo antes de que saliera la palabra.
Mantuvo el gesto dulce. Incluso sonrió.
—¿Lo dices de verdad? —preguntó—. Porque si Aria volviera, si quisiera intentarlo otra vez, ¿irías con ella?
Sabía que estaba forzando las cosas. Sabía que podía hacer que se cerrara en banda.
Pero necesitaba oírselo decir.
—Podría presentarse llorando en mi puerta —dijo Ronan—. No cambiaría nada.
Alargó la mano y tomó la de ella.
—Es a ti a quien quiero. Y punto.
Vivian ensanchó la sonrisa.
Bajo la manta, la otra mano se le cerró en un puño. Se clavó las uñas con fuerza en la palma.
Lo conocía demasiado bien.
No había terminado con Aria. Ni de lejos.
(Punto de vista de Aria)
No me di cuenta de que me faltaba el móvil hasta casi el final de la jornada.
Miré en el abrigo. En el bolso. En los cajones del escritorio. Nada.
El último sitio donde lo había tenido era el coche de Kai.
Cogí el móvil de Oliver de la mesa y marqué mi propio número.
Sonó cuatro veces.
Kai contestó.
—Hola —dije—. Creo que me dejé el móvil en tu coche.
—Así es —dijo—. Lo tengo yo.
Solté el aire.
—¿Dónde estás? Puedo pasar a recogerlo.
—En casa —dijo—. Skyline Residences. Ático, puerta treinta y dos.
Casi se me escapó un comentario en voz alta.
Skyline Residences.
Era uno de los edificios más caros de la ciudad. Un apartamento de un dormitorio allí costaba más al mes de lo que mucha gente ganaba en un año.
Quien estuviera manteniendo a Kai era muy, muy generoso.
—Me paso al salir del trabajo —dije.
—La puerta está abierta.
Estaba a punto de despedirme cuando la puerta del despacho se abrió de golpe.
Victor entró.
No llamó. Nunca llamaba.
Tenía esa cara que ponía cuando ya había decidido enfadarse por algo.
—¿Es verdad? —dijo—. ¿Ronan y tú habéis presentado los papeles hoy?
Colgué el móvil de Oliver y miré a mi tío.
—Las noticias vuelan —dije.
—Ya está en el foro de la manada local. —Se cruzó de brazos—. En lo más alto de la lista. Toda la región lo sabe. Ya he llamado a los ancianos y a las familias secundarias. Nos reunimos en el hospital.
Bajé la voz.
—Haz lo que te dé la gana. Pero mantén al abuelo fuera de esto.
La expresión de Victor no cambió.
—Demasiado tarde —dijo—. Los demás ya se han adelantado.
Algo frío me recorrió el pecho.
Cogí el abrigo.
Cuando llegamos al hospital, la suite privada del abuelo estaba a reventar.
Tres ancianos. La rama de la familia de Albert. Un puñado de primos a los que no veía desde hacía meses. Todos apiñados en esa habitación, hablando a la vez, unos por encima de otros, llenando el espacio de ruido.
El abuelo estaba sentado en la cama, con la espalda ligeramente encorvada, y no decía nada.
Me detuve en el umbral.
Luego levanté el pie y le di una patada a la puerta.
La madera maciza rebotó contra la pared con un crujido que hizo temblar el marco.
Hasta la última persona de esa habitación se quedó callada.
Quince pares de ojos se volvieron hacia mí.
Agnes —la compañera de Victor— fue la primera en recuperar la voz.
—¿Tienes idea de dónde estás? —espetó ella—. Estás en una habitación de hospital. Y esa entrada... así no se comporta una heredera alfa de esta familia.
La miré.
—Nunca he sido muy de portarme bien —dije. Mi voz sonó plana y fría—. Y me gusta mucho usar las manos. ¿Quieres una demostración?
Agnes apartó la cara y murmuró entre dientes algo sobre lo consentida que era.
Me acerqué a la cama.
El abuelo alzó la vista. La furia de sus ojos no iba dirigida a mí.
—Dime —dijo en voz baja—. ¿Es cierto?
Me senté en el borde de la cama y dejé que la frialdad se me fuera de la voz.
—Sí —dije—. Presentamos los papeles hoy.
La habitación estalló.
Todos empezaron a hablar a la vez.
—No tienes ni idea de cuántos negocios dependen de nuestra alianza con Stormcrest...
—La manada no puede permitirse perder esa conexión...
—Si teníais problemas en el matrimonio, es culpa tuya por no mantener contento a tu marido...
—Tienes que volver con él antes de que sea demasiado tarde...
Los dejé seguir unos diez segundos.
Aislé una voz entre el ruido.
—¿Quién ha dicho que el divorcio fuera culpa mía? —pregunté.
La habitación se calmó lo justo.
Agnes sacó el móvil. Me puso la pantalla delante de la cara.
—Está aquí mismo —dijo—. La publicación del foro. Ya la ha leído todo el mundo.
Le cogí el móvil de la mano.
El título de la publicación estaba en letras grandes y en negrita: La pareja de la boda del año pasado se ha separado oficialmente.
La primera línea hablaba del divorcio. Una sola frase.
El resto iba sobre mí.
Decía que me habían visto varias veces en una taberna del barrio, en actitud íntima con un hombre sin identificar.
Decía que había pasado una noche entera en una habitación del piso de arriba de esa taberna.
Y decía que la misma tarde en que presenté la solicitud de divorcio me habían visto a las puertas del juzgado, en actitud abiertamente cariñosa con el mismo hombre.
Había fotos.
En todas y cada una de ellas, el hombre tenía la cara difuminada.
Me lo leí todo. Después le devolví el móvil a Agnes.
—No he sido infiel —dije.
Agnes emitió un sonido corto y seco.
—Hay fotos.
—Las fotos de la taberna son todas de la misma noche —dije—. Había bebido demasiado. Él me llevó en coche al hotel y se marchó. Si quieres comprobarlo, pide las grabaciones de seguridad de la taberna y del hotel.
Recorrí la habitación con la mirada.
—El tío Victor siempre dice que en esta familia nos fiamos unos de otros. —Mantuve un tono neutro—. Pues fiaos de mí.
La habitación no quedó en silencio, pero el ruido bajó. Varias personas intercambiaron miradas.
Victor cortó el murmullo.
—No importa lo que haya pasado entre Ronan y tú —dijo—. Lo importante es que el divorcio no es una opción. Ravenshade no puede permitirse perder a Stormcrest. Arregla esto. Vuelve con él y haz que funcione, o los ancianos convocarán una votación formal sobre tu posición como heredera.
Los demás empezaron a asentir. La presión de la habitación cambió de dirección: toda apuntaba hacia mí.
La voz del abuelo cortó el aire.
—Basta.
Una sola palabra. Pero se hizo un silencio sepulcral.
Se enderezó apoyado en la almohada y miró, una por una, a todas las personas de aquella habitación.
—Yo supe del divorcio antes que ninguno de vosotros —dijo—. Ronan tiene a otra. Que Aria siguiera con él solo le traería más sufrimiento. El matrimonio está acabado, y así debe ser.
Hizo una pausa.
—Y en cuanto a los negocios de la manada... yo sigo siendo el alfa de esta familia. Mientras me quede aliento, nadie de esta habitación pasará necesidad.
Agnes soltó un bufido corto por la nariz.
—Con el debido respeto —dijo—, llevas en esa cama de hospital casi un año entero.
Victor y Derek han llevado las cosas. Y cuando la noticia de este divorcio acabe de correr, el valor en bolsa de todas las empresas vinculadas a Ravenshade va a sufrir un buen golpe.
Todos los que estamos en esta habitación tenemos acciones.
Todos vamos a notar esa pérdida. ¿Quién nos va a compensar?
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