Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Diecinueve
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CAPÍTULO Diecinueve

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(Punto de vista de Aria)

—Vamos hoy —dije.

Ronan me miró.

—Esta tarde —añadí—. Ahora mismo, de hecho. Basta de retrasos.

Vivian seguía en la cama, entre los dos. Sus ojos pasaron de mi cara a la de él.

A Ronan se le tensó la mandíbula.

—¿Quieres hacer esto aquí? ¿Delante de ella?

—Quiero hacerlo antes de que encuentres otra excusa para escaquearte.

Se quedó callado un buen rato.

—Bien. Hoy —soltó. Me señaló con el dedo—. Pero no vengas llorando luego cuando te arrepientas.

Le sonreí.

—¿Sabes de qué me arrepiento? —dije—. De haberme casado contigo. En cuanto firmemos esos papeles, no me quedará ni un solo motivo de arrepentimiento.

Su cara pasó por tres o cuatro expresiones distintas. Ninguna buena. Al final, la rabia se impuso a todas las demás.

Cogió el abrigo de la silla y se dirigió a la puerta.

—Vamos —dijo.

Salí detrás de él sin volver la vista hacia Vivian.

Fuimos al Juzgado del Condado de Denver cada uno en su coche.

En algún momento del trayecto me llamó para decirme que lo había preparado todo muy deprisa.

—Alguien tenía que hacerlo —dije—. Eres un hombre ocupado. Supuse que me tocaba a mí ocuparme de los detalles.

No dijo nada durante un segundo. Luego, en voz baja e inexpresiva:

—Entra en el edificio y punto.

Tenía todos los documentos listos: el convenio de divorcio, la solicitud conjunta, todo. Nos acercamos a la ventanilla y firmamos donde nos indicaron.

La funcionaria nos miró por encima de las gafas de leer.

—En Colorado hay un periodo de espera de noventa y un días —dijo, como si lo hubiera repetido diez mil veces—. El tribunal dictará la sentencia definitiva cuando venza ese plazo.

A Ronan se le detuvo el bolígrafo.

Solo un segundo. Luego terminó de escribir su nombre.

Salimos a la luz de la tarde. Él ya bajaba los escalones del juzgado cuando me di la vuelta.

—Ronan.

Se detuvo.

Mantuve la voz baja, tan baja que solo un oído de lobo podría captarla.

—Yo, Aria Ravenshade, te rechazo, Ronan Stormcrest, y renuncio a mi lugar como Luna de Stormcrest.

Dije las palabras y algo se rompió dentro de mí.

Fue como si un hilo que había cargado durante diez años —uno que casi había olvidado que estaba ahí— se partiera por fin en seco.

Chloe soltó un sonido leve en lo más hondo de mí.

«Libre».

Luego se quedó callada. Ese silencio fue como soltar algo muy pesado.

Ronan se quedó blanco.

Se le movió la garganta. Le salió un sonido bajo y áspero, como si algo hubiera agarrado a su lobo por el cogote. Me miró fijamente. Separó los labios.

No dijo una sola palabra.

Se dio la vuelta, bajó los escalones, subió a su coche y Felix se lo llevó de allí.

Me quedé en la acera y saqué el móvil para pedir un coche.

Era una calle mala para que te recogiera un coche. Todavía estaba mirando la aplicación cuando uno negro se detuvo junto al bordillo, delante de mí. Motor silencioso. Cristales tintados. Un coche que no llamaba la atención, pero que probablemente costaba más que la casa de la mayoría de la gente.

La ventanilla bajó.

Era Kai.

Miré el coche un momento. De alguno de sus amigos ricos, probablemente. Tenía el porte de alguien que siempre había vivido rodeado de dinero.

—¿Te llevo? —dijo.

—No hace falta —dije—. Pediré uno.

—El tipo de tu ex viene hacia aquí.

Levanté la vista. Felix se abría paso entre el tráfico, directo hacia mí. Al otro lado de la calle, el coche de Ronan había dado la vuelta y estaba allí parado, con el motor en marcha.

No tenía ganas de lidiar con eso.

Subí al coche.

Cuando Felix llegó al bordillo, el coche negro ya se incorporaba al tráfico.

Dentro reinaba el silencio. Algo de jazz sonaba bajito por los altavoces.

—¿Por qué no aceptaste mi dinero? —dije—. Aquella noche, en el hotel.

Kai me miró de reojo.

—¿Qué dinero?

—Dejé efectivo. No lo cogiste.

—No me hace falta.

Lo miré. Su amigo rico era generoso, estaba claro.

Pensé en decirle que había investigado aquella noche, que me había asegurado de que quedara constancia de que entre nosotros no había pasado nada, por si algún día intentaba usarlo contra mí. Pero él nunca lo había mencionado. Ni una sola vez.

Me sonó el móvil.

El abuelo.

—Me he enterado de que alguien ha resultado herido en tu oficina —dijo, sin saludar.

—Está resuelto —dije—. Te lo explico esta noche.

—¿Tú estás bien?

—Estoy bien. ¿Has probado la hierba de luz de luna nueva que mandó Marlowe?

—Empecé esta mañana —dijo—. Mejor que las anteriores. Mucho mejor.

—Bien. —Solté el aire—. Te llamo luego.

Colgué.

El coche redujo la velocidad. Estábamos en la entrada del aparcamiento subterráneo de Ravenshade Corp.

—Gracias —dije—. Un día te invito a cenar.

Alargué la mano hacia el cinturón. La hebilla se atascó.

Tiré dos veces. No cedió.

Kai se inclinó y estiró el brazo por delante de mí. Su mano dio con el botón de apertura y lo apretó. El cinturón se soltó.

Estaba cerca. Tenía la mano caliente. Olía a hierbas y a algo más que no supe identificar, y por un segundo mi cabeza se fue a un sitio al que no pretendía ir.

—Gracias —dije, y salí del coche.

(Punto de vista del autor)

Treinta minutos antes, el coche de Thane circulaba por esa misma calle.

Llevaba los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el respaldo. Cuando los abrió, estaba mirando por la ventanilla hacia los escalones del juzgado, y hacia dos figuras que los subían.

Le dijo al conductor que se detuviera.

Connor iba en el asiento del acompañante. Se giró con una sonrisa.

—Acabamos de llegar a esta zona de la ciudad y ya estás…

—Sal del coche —dijo Thane.

—Todavía queda esa reunión…

Thane lo miró.

Connor le devolvió la mirada a aquellos ojos azul hielo, absolutamente quietos, absolutamente mudos.

Salió del coche.

Cuando Ronan salió del juzgado, no miró a Aria. Se metió en el coche y le dijo a Felix que arrancara.

Pero sentía el pecho hueco. Su lobo no había dejado de emitir ese sonido bajo y lastimero desde el instante en que, en aquellos escalones, las palabras de ella se quedaron flotando en el aire, y no lograba hacerlo callar.

La observó por el espejo retrovisor hasta que se hizo demasiado pequeña para distinguirla.

—Por esta calle es difícil conseguir un coche —dijo Felix con cautela—. Podríamos volver.

Ronan guardó silencio. Luego:

—Da la vuelta.

Felix dio la vuelta.

Se detuvieron enfrente del juzgado. Ronan miró por la ventanilla.

Ya había un coche negro junto al bordillo. Discreto. Caro.

Y Aria estaba subiéndose a él.

Reconoció al hombre del asiento de atrás.

Kai Lawson.

La cara de Ronan se ensombreció.

—Felix —dijo—. Ve a buscarla.

Felix se bajó del coche. Cruzó la calle. Aún estaba a tres metros del bordillo cuando el coche negro se incorporó suavemente al tráfico y desapareció.

Felix regresó.

Se quedó un segundo junto a la ventanilla de Ronan sin decir nada.

—Se ha ido —dijo al fin.

Ronan miraba al frente.

Acababa de firmar los papeles del divorcio. La tinta apenas se había secado. Y aquel hombre ya estaba allí, esperando.

—Al hospital —dijo Ronan—. Llévame de vuelta.

En el aparcamiento de Ravenshade Corp, Thane le dijo a su conductor que esperara.

Se quedó allí sentado hasta que la figura de Aria desapareció tras las puertas de entrada.

Logan estaba inquieto en su pecho, dando vueltas, desasosegado. En aquellos escalones del juzgado, desde media manzana de distancia, Thane lo había notado: algo en el aire se había quebrado, de forma limpia y definitiva.

Alargó la mano hacia la manilla de la puerta. La mano se le quedó quieta.

Había un teléfono en la consola central. Funda pequeña, con una ballena azul estampada en la parte de atrás.

El de Aria.

Lo había dejado ahí después de la llamada y se había marchado sin él.

Lo cogió. Le dio la vuelta una vez. Lo volvió a dejar.

Le hizo un gesto al conductor.

El coche arrancó.

De vuelta en el hospital, Felix ya le había llevado a Vivian todo lo que necesitaba: artículos de aseo, una muda de ropa, su té preferido.

Ronan se sentó en la silla junto a la cama.

—¿Todavía te duele? —preguntó.

Vivian se removió contra la almohada. Le dedicó una sonrisa cansada.

—El médico de la manada me dio algo. Estoy bien.

Se quedó callada un momento.

—¿Has terminado el papeleo? —preguntó—. Con Aria.

Ronan no contestó de inmediato. Seguía viéndolo: Aria subiéndose a ese coche sin dedicarle ni una mirada.

—Sí —dijo—. Está hecho.

Vivian lo miró. Apretó los labios y compuso un gesto suave y triste.

—Es una buena persona —dijo Vivian en voz baja—. Te lo dio todo durante años. Me siento fatal de que todo esto la haya dejado tan destrozada.

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