Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Diecisiete
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CAPÍTULO Diecisiete

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(Punto de vista del autor)

La sonrisa de Tristan se congeló en el momento en que Vivian entró por la puerta.

Se quedó allí un segundo, mirándola. Luego lo entendió. Aria no había venido. Había enviado a Vivian en su lugar. Había tomado su decisión y no iba a dar marcha atrás.

«Maldita sea, Ronan —pensó—. Tú mismo la apartaste».

La voz de Vivian sonó suave, en tono de disculpa.

—Perdón por aparecer así —le dijo a Tristan—. Yo me lo llevo a casa.

Tristan la miró. Ya se estaba situando como si ese fuera su sitio, como si fuera ella la que tenía derecho a llevárselo.

—No hace falta —dijo Tristan—. Lo llevo yo.

La expresión de Vivian apenas cambió, pero algo se movió detrás de sus ojos.

Captó lo que Tristan no decía.

—Ya estoy aquí —dijo, todavía con tono ligero—. Déjame a mí.

Se adelantó y quitó de en medio la mano de Tristan. Sin delicadeza.

Pasó el brazo por debajo del de Ronan y lo incorporó.

Ronan apartó de un manotazo la mano de Tristan cuando este intentó sujetarlo. Su cuerpo se inclinó por instinto hacia Vivian.

Tristan dio un paso atrás y los dejó marchar.

Los vio salir. Luego volvió a sentarse y se sirvió otra copa.

«Te lo tienes bien merecido, hasta la última gota», pensó.

De camino de vuelta al hotel, Vivian se permitió saborearlo unos minutos.

Esa noche había ganado. Se había presentado, se lo había llevado, había dejado clara su posición.

Luego oyó lo que Ronan estaba diciendo en realidad.

Murmuraba. En voz baja, medio inconsciente, con las palabras a medio formar. Pero ella las oía.

—Aria —dijo—. Lo siento.

Y otra vez.

—Aria. Lo siento.

Su lobo soltó un sonido grave en el pecho. Quedo y lastimero.

La sonrisa de Vivian desapareció.

Clavó la vista en la carretera y no dijo nada.

Conocía a Ronan desde hacía mucho tiempo. Sabía reconocer cuándo algo le llegaba de verdad.

Esto no era una tontería. Aria se le había metido dentro. Vivian no sabía cuándo había ocurrido, pero había ocurrido.

Siguió dándole vueltas el resto del camino.

A la mañana siguiente, Ronan se despertó en el sofá de la suite de hotel de Vivian.

Se incorporó despacio. Le dolía la cabeza.

Vivian entró desde la otra habitación con un café solo y una tetera pequeña con una infusión de hierbas para eliminar el acónito del organismo. Dejó las dos cosas delante de él sin que se lo pidiera.

—¿Hice algo anoche? —dijo—. ¿Dije algo que no debiera?

—Entraste y caíste redondo —dijo ella—. Nada más.

Mantuvo un tono ligero. Sabía dónde estaba el límite. Todavía no habían confirmado nada entre ellos, no oficialmente. Presionar demasiado ahora solo conseguiría que se echara atrás.

Él cogió la infusión y bebió.

—¿Qué pasó? —preguntó ella al cabo de un momento—. No sueles beber así.

La mano de Ronan se frenó un instante.

—Asuntos de la manada —dijo.

Vivian asintió.

No insistió. Pero sabía que estaba mintiendo.

Ronan terminó la infusión y se marchó poco después. Vivian se vistió y salió detrás de él.

Ya sabía lo que encontraría si miraba lo bastante atrás.

Dos noches antes había supuesto que Ronan iría a ver a Aria. Así que lo había seguido. Había visto el coche de él aparcado toda la noche en el aparcamiento de debajo del edificio de Aria. Y por la mañana lo había visto conducir hasta Ravenshade Corp y esperar fuera.

Nunca le había escondido cosas así. No cuando se trataba de Aria.

Ahora sí las escondía.

Eso significaba que algo había cambiado. Algo pequeño, quizá. Algo que probablemente él aún no había notado en sí mismo.

Pero las cosas pequeñas crecían.

Lo había visto antes. Una semilla que parecía insignificante, si se la dejaba en paz el tiempo suficiente, se convertía en algo imposible de mover.

Ella no iba a dejarla en paz.

El divorcio tenía que salir adelante. Pronto. Costara lo que costara.

(Punto de vista de Aria)

Llegué temprano al hospital y le dejé el desayuno al abuelo. Cuando salí ya eran más de las ocho, y el tráfico lo empeoró todo. Entré en la oficina casi a las nueve y media.

Oliver me recibió en la puerta.

—Vivian Thorne está en la sala de reuniones —dijo—. Dice que es urgente.

Entré.

No había nadie más. Solo nosotras dos.

En el momento en que la puerta se cerró, la cara de Vivian cambió por completo. La expresión dulce y herida que llevaba en público se le cayó como un abrigo que acabara de quitarse.

—Trabajas en la empresa de tu propia manada —dijo— y ni así consigues llegar puntual. Impresionante.

—En mis cuentas hay de sobra para varias vidas —dije—. No estoy aquí por el sueldo. Pero hay gente que parece necesitar matarse a trabajar por razones que no acabo de entender.

Se le quedó la cara sin expresión.

—Ravenshade no es gran cosa —murmuró.

No contesté a eso.

Vivian se acercó. Su voz volvió a cambiar: más suave ahora, como si me estuviera haciendo una confidencia.

—Ronan se distrae constantemente por tu culpa —dijo—. Me hace sentir que no soy suficiente.

Mientras hablaba, metió la mano en el bolso.

Le miré la mano.

Sacó algo y me encajó el mango en la palma antes de que me diera cuenta de qué era. Un abrecartas. Hoja de plata.

Luego me agarró la muñeca con las dos manos y me la empujó hacia su propio vientre.

Gritó.

Abajo empezó a sonar una sirena casi de inmediato. Veía la ambulancia por la ventana: Clínica Privada Stormcrest, ahí mismo, con el tiempo calculado al segundo.

Bajé la vista hacia ella, tirada en el suelo.

No moví un músculo de la cara.

Lo había notado en el momento en que me agarró la mano. Algo duro bajo la ropa, protegiéndola. La sangre que me había salpicado el dorso de la mano estaba fría. No a temperatura corporal. No reciente.

Una bolsa de sangre. Preparada de antemano.

Me agaché y le di un golpecito en la pierna con la punta del zapato.

—Cuando entren los sanitarios —dije en voz baja—, céntrate en presionar a Ronan para que firme los papeles del divorcio. De eso va todo esto, ¿no? No te pases con el sufrimiento. Da vergüenza ajena.

A Vivian le tembló la mirada.

La puerta se abrió de golpe. Entraron los sanitarios corriendo con una camilla y la cargaron en ella.

Fuera de la sala de reuniones, la mitad del personal de la manada se había congregado en el pasillo, mirando.

Salí y los miré.

—Esto es una simulación en directo para un proyecto en el que estoy invirtiendo —dije—. Todos firmasteis acuerdos de confidencialidad cuando entrasteis. No lo olvidéis.

Unos cuantos asintieron. La mayoría se quedó con cara de no entender nada.

Bajé y me subí a la ambulancia.

Si ya había montado el espectáculo, bien podía aprovechar el trayecto para ir moviendo el papeleo.

(Punto de vista del autor)

Ronan llegó a casa, se cambió de ropa y llamó a Tristan.

—¿Cómo acabé anoche en la suite de Vivian?

Tristan se lo contó. Todo. La llamada a Aria, los doce minutos, la puerta que se abría.

—No vino —dijo Tristan—. Lo ha dejado, Ronan. Esta vez va en serio.

Ronan no dijo nada.

—Sientes algo por ella —dijo Tristan—. Lo sabes de sobra. Si no, nada de lo que haces tiene sentido. Si no quieres el divorcio, deja de actuar como si te diera igual lo que le pase.

Ronan siguió sin responder.

—Ronan —dijo Tristan—, no va a esperar para siempre.

Ronan dejó el teléfono sobre la mesa.

Se quedó un buen rato sentado en la silla.

«¿Tengo yo pinta de sentir algo por Aria?», pensó. «Es ridículo. ¿Qué tiene esa mujer que pueda importarme lo más mínimo?»

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