Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Quince
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CAPÍTULO Quince

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(Punto de vista del autor)

Vivian se inclinó hacia él.

Ronan dio un paso atrás.

Un paso brusco hacia atrás, y levantó la mano entre los dos, apoyándola plana contra el hombro de ella.

Vivian trastabilló. Se agarró al marco de la puerta y lo miró fijamente, con el gesto descompuesto en una expresión dolida.

—Ronan…

—No. —Su voz sonó baja. Contenida.

—Llevamos años juntos. —A Vivian se le quebró la voz—. Esto no es nada nuevo para nosotros. ¿Por qué te apartas de mí?

Él miró la pared, detrás de ella, en lugar de mirarla a la cara.

—Aria y yo todavía no estamos divorciados —dijo—. No voy a cruzar esa línea.

Vivian apretó la mandíbula. Dio un paso hacia él y le buscó la mano.

—¿Y cuándo? —preguntó ella—. ¿Cuándo va a ser el divorcio? No dejas de decir que pronto. «Pronto» no es una respuesta.

Ronan retiró la mano despacio.

—Ahora mismo hay muchas cosas en el aire —dijo—. Dale algo de tiempo.

Vivian le escrutó el rostro. Lo conocía lo suficiente para saber qué estaba viendo.

Estaba dando largas.

Ella forzó una sonrisa.

—Claro. Ve a descansar.

Lo vio alejarse por el pasillo. Mantuvo la sonrisa en su sitio hasta que él dobló la esquina.

Entonces se le borró.

Se le apagó la mirada. Volvió a entrar en la habitación y dejó que la puerta se cerrase con un clic a su espalda.

Se quedó un largo rato de pie en la oscuridad.

No le había pasado desapercibida la forma en que él se había plantado en aquel aparcamiento para encararse con ese desconocido por Aria. Tampoco la expresión de su cara.

Tenía que moverse más rápido.

Ronan se metió en el coche y se quedó allí sentado.

No podía dejar de pensar en el hombre del aparcamiento. Kai Lawson. El nombre no le decía nada. Pero el hombre en sí —su manera de hablar, las cosas que sabía— no le cuadraba.

Cogió el móvil y llamó a Felix.

—Necesito que investigues un nombre —dijo, bajando la voz—. Kai Lawson. Averigua quién es, de dónde viene, con quién está relacionado. Todo.

—Entendido —respondió Felix.

Colgó y se puso en marcha.

No tenía planeado acabar donde acabó. Pero veinte minutos después estaba aparcado frente a un edificio de apartamentos de media altura en la zona este de la ciudad. Felix había conseguido la nueva dirección de Aria unos días antes, cuando ella se mudó.

Las ventanas de su piso estaban a oscuras.

No estaba en casa.

Kai Lawson había dicho que no cruzaría ninguna línea antes del divorcio. Ronan sabía lo que valía una promesa así. Los hombres decían lo que hiciera falta decir. Él mismo lo había hecho.

Cogió el móvil y la llamó.

No contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Llamó seis veces más. Todas las veces sonó hasta cortarse.

Dio un manotazo al volante.

El lobo daba vueltas dentro de él, de un lado a otro, de un lado a otro, sin ningún sitio adonde ir. Porque Ronan lo sabía —y su lobo también—: pasara lo que pasara esa noche, no tenía a nadie a quien culpar más que a sí mismo.

Él fue quien se alejó de ella en aquel aparcamiento.

Él fue quien dijo que no era su problema.

Y ahora ella estaba por ahí, en algún sitio, con un desconocido, y él no podía hacer absolutamente nada.

Por primera vez, la idea cayó sobre él con todo su peso.

Puede que ya la hubiera perdido para siempre.

(Punto de vista de Aria)

Tenía un sabor de boca horrible, como si se me hubiera muerto algo dentro.

Abrí los ojos y me quedé mirando el techo. Blanco. Rugoso. No era el mío.

Me quedé quieta un segundo, esperando a que mi cerebro se pusiera al día.

No lo hizo.

Me obligué a sentarme. La habitación se inclinó. Apoyé la palma contra el colchón y respiré hasta que pasó.

Vale. No era mi habitación. Un hotel, probablemente. Llevaba puesto un albornoz blanco que desde luego no era mío.

Intenté reconstruir la noche anterior. Me vino a retazos. La taberna de Julian. Demasiadas copas. Elena riéndose de algo. Y luego… un hombre. Alto. Pelo oscuro. Una voz tranquila. Le había cogido la cara con las manos. Lo había llamado Callejero.

Iba a tener que vivir con eso.

—Perdona. ¿Te he despertado?

La voz venía del otro lado de la habitación.

Me giré tan rápido que se me nubló la vista.

Había un hombre de pie junto a la ventana. Alto, con una americana informal, completamente relajado. Como si aquel fuera su sitio y yo la que se había colado allí por error.

Lo reconocí. Apenas. A través de la niebla de la noche anterior.

Kai Lawson.

Me miré de arriba abajo. Albornoz. Nada de vestido.

—¿Nosotros…? —Me detuve. Volví a empezar—. Anoche. ¿Pasó algo?

Él negó con la cabeza.

—Dormí en la habitación de al lado. Una de las empleadas del hotel te ayudó a cambiarte.

Solté el aire despacio.

Menos mal. Porque mi divorcio aún no era definitivo, y lo último que necesitaba era haber hecho una estupidez con un desconocido.

Aunque sí recordaba haberlo intentado. Vagamente. Y que me rechazó.

Aquello era vergonzoso a su manera.

—Tu ropa está lavada —dijo—. La subirán en cinco minutos. El desayuno está en la mesa. Y tu coche ya está de vuelta en el garaje de Ravenshade Corp.

Lo dijo como si estuviera leyendo una lista. Sin darle importancia. Como si hiciera eso todos los días.

Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.

Lo observé pasar junto a los pies de la cama. Desprendía un olor tenue; algo a hierbas, suave. Chloe seguía callada, medio dormida en algún rincón de mi interior. Cuando estaba así, mi olfato no era mucho mejor que el de un humano.

Pero no notaba eso que se nota cuando un lobo se te acerca demasiado. Esa presión en la nuca. Ese instinto de bajar la cabeza o de pelear.

Nada de eso. Solo hierbas y tela limpia.

Humano, probablemente. Uno de esos humanos que conocían nuestro mundo y se movían por sus márgenes. En el círculo de Julian había unos cuantos.

Entonces me vino un pensamiento de algún rincón de la cabeza.

Elena, la noche anterior, diciendo algo. Dos palabras. No conseguía…

Chico mantenido.

Volví a mirarlo. Alto. Callado. Atento a cada detalle sin que nadie se lo pidiera. Mucha planta, pocas palabras.

O sea. No era imposible.

Cogí el móvil de la mesilla y salí de la cama a toda prisa.

—Espera… ¿Cuánto cuesta la habitación?

No se volvió.

—No te preocupes por eso.

La puerta se abrió y se cerró.

Me quedé ahí plantada un momento.

Llamé a Oliver y le hice un resumen rápido. Dijo que lo investigaría.

Dejé el desayuno sin tocar, me vestí en cuanto llegó mi ropa y me largué.

El taxi me dejó delante de Ravenshade Corp a las nueve menos cuarto.

Tenía un pie en la acera cuando lo vi.

Ronan.

Estaba allí mismo, delante de la entrada. Su traje era impecable; su cara, no. Tenía ojeras. La mandíbula tensa. Parecía un hombre que no había dormido.

—¿Adónde fuiste anoche? —preguntó con voz baja—. Después de irte con él.

Lo miré fijamente un segundo.

Lo de anoche me volvió de golpe. El aparcamiento. Su voz al otro lado de la ventanilla.

Una mujer así puede irse con quien quiera. No es mi problema.

Eso lo recordaba con bastante claridad.

—Eso no es asunto tuyo —dije, y lo esquivé.

Se movió para bloquearme el paso.

—Responde a la pregunta, Aria.

—Quítate de en medio.

—¿Cómo puedes tomarte nuestro matrimonio tan a la ligera?

Me giré para encararlo.

—¿Qué matrimonio? —dije—. ¿Qué clase de marido mira cómo un desconocido se lleva a su mujer y dice que no es su problema?

Abrió la boca.

—Eso es lo que hiciste —dije—. Me dejaste en ese coche. ¿Y ahora te plantas aquí a interrogarme?

Cerró la boca.

—Siempre haces lo mismo —dije—. Estallas. Te marchas. Y luego te quedas ahí mirando cómo me derrumbo. Y te parece bien.

Mantuve la voz serena. Baja.

—No estás hecho para ser marido —dije—. Y no estás hecho para ser el Alfa de nadie.

Apretó el puño junto al costado. Después lo abrió.

Tragó saliva.

Cuando por fin habló, su voz era apenas un hilo.

—¿Pasó algo —dijo— entre ese hombre y tú anoche?

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