Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Catorce
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CAPÍTULO Catorce

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(Punto de vista de Aria)

Sentí unos brazos a mi alrededor.

Cálidos. Firmes. En movimiento.

Giré la cara hacia ese calor sin pensarlo. El mundo seguía balanceándose, suave y lejano, como si flotara justo por debajo de la superficie.

Una mano grande se apoyó con suavidad en mi nuca.

—No te muevas.

La voz era grave. Serena.

Dejé de moverme. Y entonces volví a hundirme en la oscuridad.

(Punto de vista del autor)

Thane bajó las escaleras con Aria en brazos, cada paso igual de medido y sin prisa.

Julian esperaba al pie de la escalera, junto a un chófer al que Thane había llamado con antelación.

—No le quites el ojo a Elena —le dijo Thane a Julian—. Asegúrate de que llegue bien a casa.

Indicó al chófer con un movimiento de cabeza. Julian captó la intención y fue hacia la mesa de Elena.

Thane cogió el bolso de Aria del perchero que había junto a la puerta y salió.

Encontró el coche de ella en el aparcamiento, la acomodó en el asiento del pasajero y se estiró para ponerle el cinturón. Estaba cerrando la puerta cuando una mano se estrelló contra ella desde atrás.

—¿Adónde crees que llevas a mi mujer?

Ronan estaba de pie junto a la puerta del coche. Tenía la mandíbula tensa. Los ojos, fríos e inexpresivos.

Thane se dio la vuelta.

Se le había borrado de la cara cualquier rastro de calidez.

—Lo último que supe —dijo Thane— es que salías de aquí con otra del brazo.

Ronan apretó los labios. No contestó a eso.

—Soy su marido —dijo—. Apártate del coche.

Se había ido a otro bar con Tristan y los demás. Se había dicho que ya no iba a pensar más en el asunto. Pero no había conseguido quedarse quieto. Algo tiraba de él sin parar, y al final había vuelto.

No esperaba encontrarse con esto.

Había captado el olor en cuanto entró en el aparcamiento. Aquel hombre, quienquiera que fuese, no olía a nada. A hierbas, quizá. Apenas. Ni rastro de lobo por debajo. Solo un humano. Un humano que rodeaba a Aria con los brazos y la metía en el coche de ella como si tuviera todo el derecho del mundo.

La rabia que lo asaltó no tenía forma definida. Solo quemaba.

—He oído que te estás divorciando —dijo Thane.

La mirada de Ronan se endureció. No se detuvo a preguntarse cómo podía saberlo un desconocido.

—El papeleo no está terminado —dijo.

—Lo estará.

Ronan bajó la voz.

—Sigue siendo mi mujer. Si la tocas, lo lamentarás.

Thane lo miró un instante.

—No te preocupes —dijo—. No cruzaré ninguna línea antes de que el divorcio sea definitivo. —Hizo una pausa—. Ya he esperado mucho tiempo. Un poco más no me va a matar.

A Ronan se le tensó la mandíbula.

Lo oyó. La certeza de aquellas palabras. No era una amenaza. Era algo más silencioso que una amenaza. Como una decisión ya tomada.

—Aunque la deje marchar —dijo Ronan—, no será tuya.

Thane lo miró.

—Eso —dijo— no es decisión tuya.

A Ronan se le quebró el autocontrol.

Lanzó la mano hacia la puerta del coche. Iba a sacarla de ahí. Iba a acabar con esto ahora mismo.

Thane le agarró la muñeca.

Con una sola mano. Sin esfuerzo. Sin que le cambiara la expresión.

Ronan tiró. El agarre no cedió ni un milímetro.

Su lobo se revolvió dentro de él, con el pelaje erizado, de pronto inseguro. Algo no iba bien. Algo en aquel hombre no cuadraba. El agarre era demasiado fuerte. La quietud, demasiado absoluta.

Dentro del pecho de Thane, Logan se lanzó contra las costillas.

«Mía. Protégela».

Thane respiró hondo. Lo contuvo. Lo mantuvo ahí.

—Tomaste una decisión —dijo en voz baja. Su tono se había vuelto glacial—. Deja de dar vueltas. Toma una decisión y cúmplela. Compórtate como un alfa.

—Ronan.

La voz llegó desde detrás de ellos. Suave. Prudente.

Vivian se acercó a ellos con la sonrisa ya puesta. Se cogió del brazo de Ronan.

—Te he buscado por todas partes. —Miró a Thane con cortés curiosidad—. ¿Y este quién es?

Ronan se zafó de un tirón. Se estiró la chaqueta.

Thane sonrió. Era una sonrisa perfectamente amable.

—Kai Lawson —dijo.

—¿De qué estabais hablando? —preguntó Vivian.

Ronan apretó los dientes.

—De nada. Los demás están esperando. Vámonos.

Se dijo que era sencillo. Aria y él se estaban divorciando. Con quién se marchara ella después no era asunto suyo. Eso fue lo que se dijo.

Vivian titubeó. Miró el coche y luego otra vez a Ronan.

—Quizá deberíamos llevar a Aria a casa primero —dijo con dulzura—. Sigue siendo tu mujer. Si se va con un desconocido y la gente empieza a hablar…

—Que hablen. —Le salió rápido y cortante—. Esa clase de mujer se va con quien le dé la gana. No es mi problema.

Se dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Vivian lo siguió.

Thane los vio alejarse.

Después se volvió hacia el coche.

A través de la ventanilla se veía a Aria medio despierta, con los ojos apenas abiertos, la mirada perdida en la nada. Tenía la cara flácida, la expresión ausente. Algo se movía detrás de sus ojos: algo pesado y lento, como si se estuviera hundiendo.

Murmuró algo entre dientes. Demasiado bajo para entenderlo. Después cerró los ojos y volvió a irse.

Thane se quedó allí un instante.

Rodeó el coche hasta el lado del conductor. Puso la mano en la manilla de la puerta.

La voz de Connor se abrió paso a través del enlace mental.

Julian dice que esta noche has hecho de héroe. ¿Vas a volver? Hay una mesa de billar.

No, transmitió Thane.

Hizo una pausa.

Lo del voluntario para el proyecto de prueba. ¿Han encontrado a alguien?

Nada todavía, llegó la respuesta de Connor. La investigación del viejo hace demasiado daño. La tasa de éxito es penosa. Nadie en su sano juicio se apunta.

Thane se quedó callado un segundo.

El hombre que ha salido esta noche de la habitación 206, transmitió. Encuéntralo. Que se encarguen los demás.

Cortó el enlace.

Subió al coche. Arrancó. Salió del aparcamiento.

Ronan y Vivian volvieron con el grupo. El resto de la noche se vino abajo. Ronan se quedó con su copa y apenas abrió la boca. El ambiente se había apagado y todos lo notaban. La reunión se disolvió pronto.

Acompañó a Vivian hasta la puerta de su habitación de hotel y se detuvo allí.

—Descansa —dijo él.

Vivian no le soltó la mano.

Bajó la vista al suelo un momento. Luego levantó los ojos hacia él.

—¿Quieres entrar?

Ronan sabía lo que le estaba preguntando.

No estaba preparado. No sabía exactamente qué sentía, pero sabía que todavía no había llegado a ese punto.

—Ha sido una noche larga —dijo—. Duerme un poco.

Algo le cruzó el rostro a Vivian. Desapareció casi antes de aparecer.

Había oído lo suficiente de la conversación a la puerta de la taberna. No había captado cada palabra, pero sí lo bastante. Ronan se había quedado allí, en el aparcamiento, discutiendo por Aria con un desconocido.

Siempre había estado segura de Ronan. Completamente segura. Esa certeza era lo único que nunca se había cuestionado.

Esa noche, por primera vez, esa certeza le pareció frágil.

Lo notaba: cómo se le iba la atención una y otra vez. Cómo se había quedado callado. Si no actuaba pronto, perdería un terreno que ya no podría recuperar.

Se puso de puntillas y se inclinó hacia él, en busca de sus labios.

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