CAPÍTULO Trece
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(Punto de vista de Aria)
Me fijé en los hombres antes de sentarme siquiera.
Eran tres, amontonados en el lado de la mesa de Elena, todos sonrientes como si hubieran ganado algo. Uno no dejaba de lanzarme miradas, parpadeando despacio y con intención, como si se creyera que eso resultaba atractivo.
Lo dejé hacerlo unos treinta segundos.
—Esta noche los ejecutores de la manada están haciendo batidas —dije como si nada—. Por toda esta zona. Buscan lobos forasteros sin registrar.
Dejó de parpadear.
Los tres hombres cruzaron una mirada rápida. Y de pronto se pusieron muy ocupados: consultar el móvil, recordar compromisos previos, levantarse.
En menos de un minuto habían desaparecido.
Elena se quedó mirando los asientos vacíos.
—Acabas de espantar a tres hombres guapísimos.
Parecía sinceramente dolida.
—¿Sabes lo difícil que es encontrar tíos tan cachas en una fiesta? Esos brazos, Aria. Esos brazos.
Alargué la mano y le di un capirotazo en la frente.
—¿No habíamos venido a beber?
—Podemos beber y tener compañía guapa a la vez.
Se cruzó de brazos.
—Somos lobas solteras y económicamente independientes. Se supone que tenemos que vivir como nos dé la gana.
—Pues vive bebiendo. Pide algo.
Llamó a un camarero con la mano, todavía refunfuñando sobre oportunidades desperdiciadas.
Me recosté y dejé que el ruido de la taberna me envolviera.
—¿Wyatt sabe que estás aquí esta noche? —pregunté.
Elena se quedó callada.
Cogió la copa, la dejó, la volvió a coger.
—…No tiene por qué saberlo todo —dijo en voz muy baja.
—O sea, que no.
—Aria.
—Sabes lo que pasa cuando se entera.
Mantuve un tono neutro.
—No solo viene a buscarte. Viene a buscarte y, después, tiene una conversación muy tranquila y muy terrorífica con cada hombre que estaba sentado a esta mesa.
Elena se hundió en la silla.
—No lo haría.
—Claro que lo haría.
Se quedó callada un momento. Luego se irguió y se lo sacudió de encima, visiblemente.
—Vale, plan nuevo.
Me señaló.
—Te voy a buscar un Alpha soltero y en condiciones. Alguien que valga la pena. Así hago algo bonito por ti y, encima, Ronan tiene que verlo con sus propios ojos, y a eso se le llama salir ganando por todos lados.
—Me lo pensaré —dije.
La mirada se me fue sin querer.
Había un hombre de pie junto a la barra, hablando en voz baja con Julian. Pelo oscuro. Alto. Una cara que te obligaba a mirar dos veces aunque intentaras no hacerlo.
—Algo así —dije.
Elena siguió mi mirada. Luego dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Aria.
Su voz sonó amortiguada.
—Eso no te lo puedo conseguir. Esa cara no existe por duplicado. No voy a acercarme a un desconocido a preguntarle si le apetece ser tu mantenido. Me denunciarían a los ejecutores.
—Lo decía por decir.
—Tus exigencias van a acabar conmigo.
Me reí y fui a apartar la mirada.
Entonces el hombre levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron. Y sonrió, apenas, solo con la comisura de la boca. Un segundo antes, toda su cara había sido fría y distante. Esa sonrisa lo cambió por completo.
Me quedé mirándolo, probablemente, tres segundos enteros más de lo que debía.
Chloe se removió en algún lugar profundo y silencioso dentro de mí. Me dije que era el vino.
Un hombre se interpuso en mi campo de visión.
Otro hombre. De buen ver, pero no el mismo. Me sonrió como si lo hubiera estado ensayando.
—¿Te importa si me tomo una copa con vosotras?
Le señalé con un gesto la silla de enfrente.
Se sentó y se presentó como Gideon. Le dije mi nombre y señalé a Elena. Miró el vino de la mesa y comentó algo sobre que era un buen burdeos, que tenía buen gusto.
—Lo pidió mi amiga —dije—. Yo de vinos no entiendo mucho.
—¿Bebes mucho?
—Vino, no. Prefiero algo más fuerte.
Levantó una ceja.
—¿Qué tal aguantas?
—¿Quieres averiguarlo?
Sonrió e hizo una señal a un camarero. Dos botellas de whisky.
El juego que propuso era bastante sencillo. Elena se apuntó al instante. A las pocas rondas, se reía demasiado alto y se escoraba un poco hacia la izquierda.
Yo aguanté el ritmo.
Pero después de la cuarta ronda, algo no encajaba.
El ambiente se volvió pesado. Los sonidos me llegaban como si estuviera debajo del agua. Los pensamientos se me escapaban antes de poder terminarlos.
Esto no era normal. Incluso sin que Chloe estuviera del todo presente, unas pocas copas no deberían provocar algo así. Conocía mi propio cuerpo.
Intenté agarrarme al borde de la mesa.
No llegué.
(Punto de vista del autor)
Gideon vio cómo las dos mujeres se quedaban inmóviles.
Llamó a Aria por su nombre dos veces. Ninguna respuesta. Le metió un brazo por debajo del de ella y echó a andar con ella hacia las escaleras.
Llevaba mucho tiempo haciendo esto. Había visto de todo. Pero esta… con esta no esperaba tener tanta suerte esa noche.
Consiguió meterla en la habitación de la segunda planta. La sentó en la cama. Se quedó de pie sobre ella y se permitió sonreír.
Entonces un puño se cerró sobre el cuello de su camisa.
Un solo movimiento. Los pies se le separaron del suelo por completo y se estrelló de espaldas contra la pared. El impacto le retumbó en la columna como si algo se hubiera partido.
Cogió aire de golpe y levantó la vista.
El hombre de abajo. El que había estado hablando con Julian.
Aquellos ojos eran de hielo, absolutamente inexpresivos.
Todas las palabras que Gideon tenía preparadas se le murieron en la garganta.
Thane tenía el pecho completamente inmóvil. Logan se lanzaba contra el interior de sus costillas, con los colmillos fuera, y todos sus instintos gritaban. Un hilo de luz plateada tembló en el borde del campo visual de Thane, que lo reprimió con fuerza. No aquí. No ahora.
Dio un paso adelante. Miró a Gideon desde arriba.
—¿Qué le has echado en la copa?
No era una pregunta.
Gideon abrió y cerró la boca.
—Solo… es un compuesto suave. A base de acónito. Se despertará bien. Si te interesa, puedo…
Thane bajó el pie.
Despacio. Deliberadamente. Con una precisión exacta.
La voz de Gideon se convirtió en algo que no eran palabras.
Thane esperó. Su expresión no cambió.
—La has tratado como si fuera mercancía —dijo en voz baja.
Gideon temblaba. El sudor le resbalaba por la cara.
—Lo siento… por favor… lo siento…
Thane dio un paso atrás.
—Largo.
Gideon se largó.
Thane se dio la vuelta.
Aria se había incorporado en la cama y parpadeaba mirando al techo. Tenía las mejillas encendidas. Parecía completamente perdida.
Cruzó la habitación y se puso en cuclillas delante de ella.
—¿Cómo te sientes?
Ella lo miró con los ojos entornados. No lograba enfocar la vista.
—¿Eres Ronan?
Algo le cruzó la cara.
—Mírame otra vez —dijo él.
Ella inclinó la cabeza. Lo observó un largo rato con enorme concentración.
—No —decidió—. Eres el de abajo. El que me ha sonreído.
Él resopló brevemente.
—Kai Lawson.
Ella se lo pensó muy en serio.
—No conozco a ningún Kai Lawson —dijo—. ¿Te ha enviado Elena?
Él abrió la boca.
Aria le plantó las manos en las rodillas. Se impulsó hacia arriba hasta quedar con la cara muy cerca de la de él. Tenía los ojos desenfocados y cálidos, y él notaba el leve calor que desprendía su piel.
Logan se quedó completamente callado durante un segundo.
Y luego: «Mía».
Thane dejó de respirar.
—Eres guapísimo —dijo Aria con toda seriedad—. ¿Puedo acostarme contigo?
El corazón le hizo algo que no tenía ningún derecho a hacer.
Antes de que pudiera responder, ella lo tumbó de un empujón en la cama. Él levantó una mano para apoyarse y ella se la apartó de un manotazo. Los dedos de ella se le cerraron en torno a la mandíbula.
Lo miró desde arriba.
—Ahora eres mi Vagabundo —anunció—. Considéralo un honor.
Thane se quedó inmóvil.
Vagabundo.
Ella no tenía ni idea de lo exacto que era eso. Un renegado. Un exiliado. Un vagabundo en todos los sentidos de la palabra.
—Ronan nunca me miró —murmuró ella con los dedos ya flojos—. Ni una sola vez. Así que esta noche hago lo que quiero. Esta noche yo…
Se le venció el brazo.
Se derrumbó de golpe sobre su pecho y no volvió a moverse.
Thane se quedó allí tumbado. Miró el techo. Se obligó a respirar despacio, inspirar y espirar, hasta que el pulso se le calmó.
Pasó mucho tiempo.
Bajó la mirada.
Estaba completamente fuera de combate. La cara apoyada contra su pecho, una mano recogida junto a sus costillas, la respiración lenta y pausada.
Él se quedó callado un momento.
Luego, con mucho cuidado, levantó la mano y la posó sobre el pelo de ella.
—Cuánto tiempo, Botoncito.
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