CAPÍTULO Doce
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(Punto de vista de Aria)
—Ese cobarde, infiel y miserable pedazo de…
—Elena. —La corté antes de que pudiera terminar—. Vas a quedarte sin voz.
—¡Me da igual mi voz! La llevó a un hotel, Aria. A un hotel. En plena madrugada. ¡Mientras tú estabas en el hospital con tu abuelo!
Aparté la silla y me senté a la mesa de la cocina. Los huevos se me estaban enfriando.
—Soy yo a quien ha engañado —dije—, no a ti. ¿Por qué estás más enfadada que yo?
—¡Porque estás demasiado tranquila y me estás asustando!
—Todo el mundo tiene derecho a odiar a un infiel. —Lo dijo como si lo estuviera leyendo de un código legal—. Eso me incluye a mí. Incluye a los desconocidos de la calle. Incluye a la mismísima luna.
Eso me hizo reír. Me reí de verdad.
Alcé la mano y me eché el pelo hacia atrás, sobre un hombro.
—He terminado con él —dije—. Del todo. Ya no queda nada por lo que enfadarse.
Silencio al otro lado de la línea.
Elena se quedó callada un momento. Me conocía demasiado bien. Seguramente percibía exactamente lo que se escondía debajo de esa calma: cada noche en vela, cada comida que le preparaba y él no tocaba, cada vez que me decía que mañana sería distinto.
—Vale —dijo al fin, con la voz más suave—. Esta noche. La taberna de Julian. Tú y yo.
—Me parece bien.
—Y, Aria… —Hizo una pausa—. Voy a enseñarte lo que se siente al… vivir, sin más. Sin reglas. Sin tener que rendirle cuentas a nadie. Se acabó todo eso.
No sabía exactamente qué estaba planeando.
Pero algo me decía que aquello iba a acabar en problemas.
—Allí estaré —dije.
(Punto de vista del autor)
Esa tarde, Ronan salió del aparcamiento del hotel con Vivian en el asiento del copiloto.
El teléfono le vibró antes de que llegaran siquiera a la carretera principal.
Tristan Swift. Alpha de la manada Swift y el amigo más antiguo de Ronan.
—Esta noche, en la taberna de Julian —dijo Tristan—. Nos juntamos unos cuantos. Vente.
Ronan lo pensó un segundo.
—Allí estaré. —Miró a Vivian—. Voy a llevar a alguien.
En el reservado ya había cinco o seis personas sentadas cuando Ronan entró con Vivian a su lado.
Nadie dijo nada evidente. Solo miraron.
Tristan fue el primero en hablar.
—¿Y quién es ella? —preguntó.
—Vivian Thorne —dijo Ronan.
Tristan parpadeó.
Algo cambió en su expresión. Se recostó despacio.
Vivian Thorne. El nombre tardó un segundo en calar, pero cuando lo hizo, cayó como un mazazo.
Ahora lo recordaba. Cuando eran jóvenes, justo después de que Ronan se graduara, había habido alguien. Una relación de la que Ronan nunca hablaba y que nunca había confirmado. Siguió enterrada hasta poco antes de que Vivian se marchara a Milán.
Y luego entró Aria en escena.
Tristan observó a Ronan con atención.
—¿Estáis juntos? —preguntó.
Vivian sonrió antes de que Ronan pudiera responder.
—Solo somos amigos —dijo ella—. Por ahora.
Ese «por ahora» se quedó flotando en el aire.
Todos los del reservado lo oyeron. Nadie lo comentó.
Varias de las mujeres metieron a Vivian en la conversación casi de inmediato y se la llevaron al otro extremo de la mesa.
Tristan se inclinó hacia Ronan en cuanto ella estuvo lo bastante lejos para no oírlos.
—Anoche —dijo en voz baja—. ¿De verdad fuiste a su hotel?
Ronan apretó la mandíbula.
—No pasó nada. No somos… No fue así.
—Da igual cómo fuera. —Tristan mantuvo la voz baja—. Ya lo sabe toda la comunidad. A estas alturas, Aria habrá visto las fotos. Tienes que volver y dar explicaciones. Pedirle perdón.
—Quiere el divorcio —dijo Ronan sin emoción alguna—. ¿Qué se supone que tengo que explicar?
—¿Que lo quiere ella?
—Ya ha firmado los papeles.
Tristan no dijo nada.
Se recostó y se quedó mirando a Ronan un largo rato.
Conocía a Aria desde hacía bastante tiempo como para saber una cosa de ella: cuando tomaba una decisión, no miraba atrás. No dudaba. No dejaba ninguna puerta abierta.
Si había firmado esos papeles, iba en serio.
(Punto de vista de Aria)
Llevaba veinte minutos dando vueltas con el coche.
Llamé a Elena y contestó al primer tono.
—¿Dónde estás?
—Buscando aparcamiento. ¿Dónde está ese sitio? Llevo tres vueltas a la misma manzana.
—Aria. —Su voz sonaba dolida—. Se mudaron. Hace seis meses. Ahora está en el centro. ¿No lo sabías?
No lo sabía.
Me quedé un momento digiriéndolo.
Después de casarme con Ronan, guardé en un cajón todo lo que había sido. La parte de mí que disfrutaba del ruido, de la gente, de trasnochar. Me convertí en algo más callado, más apropiado. Una Luna como es debido para una casa fría y vacía.
Hacía más de un año que no pisaba esa taberna.
Elena me dio la nueva dirección. Conduje otra media hora hasta llegar.
Empujé la puerta y barrí el local con la mirada en su busca.
No fue a ella a quien encontré primero.
Encontré a Vivian.
Iba hacia la salida, del brazo de Ronan, riéndose de algo que había dicho alguien a su lado. A su alrededor, un grupo pequeño, todos relajados, todos a media conversación.
Entonces me vieron.
Las risas se apagaron.
A todos se les tensó un poco la cara. El buen ambiente del grupo se evaporó en dos segundos justos.
A todos menos a Ronan. Él se limitó a mirarme.
Tristan se aclaró la garganta.
—Luna —dijo con incómodidad.
Sonreí.
—Ya no tienes que llamarme así —dije—. La mujer que va de su brazo... esa es la que debería oírlo.
La voz de Ronan salió plana y fría.
—¿Quién te ha dicho que estaba aquí?
Señalé más allá de él, hacia el fondo del local.
—He venido a ver a una amiga —dije—. ¿Te crees que te he seguido?
Apretó la mandíbula.
Ladeé un poco la cabeza.
—No eres tan importante —dije en tono afable—. Mi amiga me está esperando. No te entretengo más.
Pasé de largo junto a todos ellos y no miré atrás.
(Punto de vista del autor)
Ronan se dio la vuelta.
La mirada se le fue a la mesa del fondo: la de Elena.
Había unos cuantos jóvenes sentados frente a ella. Bien vestidos. Guapos. Hombres que aparecen por sitios así para hacer compañía, por una noche, a lobas adineradas.
Le ardió el pecho.
Los pies se le movieron antes de que hubiera decidido moverlos.
Una mano se le cerró alrededor del brazo.
Vivian. Los dedos ligeros, la voz apenas por encima de un susurro.
—Ronan. ¿Qué pasa?
Se detuvo.
Se quedó ahí un instante.
El ardor del pecho no se fue a ninguna parte, pero la cabeza volvió a funcionarle.
Negó con la cabeza una sola vez.
—Nada —dijo.
Dio la espalda a la mesa de Aria y salió de la taberna con el resto del grupo.
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