CAPÍTULO siete
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(Punto de vista de Aria)
Ronan tenía que presentarse el viernes para renovar el acuerdo de cooperación con la manada Ravenshade.
No apareció.
Esperé hasta el mediodía. Nada. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una palabra de su oficina.
Me llevé a Oliver y a dos compañeros más y fuimos en coche directamente a la sede de Stormcrest Holdings.
Si él no venía a nosotros, iríamos nosotros a él.
Y, aprovechando que estaríamos allí, pensaba presionarlo también con los papeles del divorcio.
Habíamos quedado en pasar juntos por el juzgado ese mismo día.
Ya me había dejado plantada una vez esa semana sin decir nada.
La recepcionista del mostrador levantó la vista cuando entramos.
—El Alpha Stormcrest ha salido —dijo—. No dejó dicho a qué hora volvía.
Seguía sin tener su número personal. Nunca lo había tenido, y había dejado de importarme.
—¿Puede pasarme con él por la línea interna? —pregunté—. A su móvil.
Titubeó, luego asintió y marcó.
Sonó tres veces.
—¿Quién es? —Su voz sonó plana. Fría.
—Soy Aria —dije.
Una pausa breve.
—Estoy en el aeropuerto —dijo. Su voz cambió: no más cálida, solo distinta—. Recogiendo a alguien.
—Necesito que vuelvas a la oficina cuanto antes —dije—. Todavía tenemos que ir al juzgado. Ya lo has aplazado dos veces.
—Tengo otros planes con Vivian —dijo.
La línea se cortó.
Me quedé allí con el auricular en la mano.
El tono de marcar zumbaba en mi oído.
Colgué despacio el auricular y me volví hacia Oliver.
—Volveremos otro día —dije.
Oliver asintió y no hizo preguntas. Nunca las hacía.
El camino de vuelta al coche fue silencioso. Mantuve el rostro impasible. A nuestro alrededor, la gente entraba y salía del vestíbulo, charlando, riendo, con vasos de café y carpetas en las manos.
Dejé que la sensación se asentara un segundo.
Ronan se había pasado todo el matrimonio buscando una salida. Ahora que yo se la ofrecía en bandeja, estaba ocupado recogiendo a Vivian en el aeropuerto. Muy típico de él. Vivian primero. Siempre Vivian primero.
En mi vida anterior, saber eso me habría destrozado durante días. Habría vuelto a casa, me habría quedado sentada en la oscuridad y Chloe se habría callado dentro de mí, como hacía siempre cuando me dolía tanto que no podía hablar.
Pero ahora, de pie en medio de aquel vestíbulo, el dolor era tan leve que casi no lo noté.
Nunca había tenido sitio para mí en ese corazón suyo. Este matrimonio tenía que terminar. Cuanto antes, mejor.
Salí por las puertas de cristal y no miré atrás.
(Punto de vista del autor)
En la sala de llegadas, Ronan vio a Vivian en el instante en que cruzó las puertas.
Vestido blanco. Expresión dulce. Estaba exactamente igual que siempre: como algo salido de un recuerdo que él había guardado a salvo durante años.
Había pasado tres años en Milán, estudiando diseño de moda. Apenas se habían visto. Mirándolo como se mirara, aquello debería haber sido un alivio. Como si algo encajara por fin de nuevo en su sitio.
Pero tenía la cabeza completamente en otra parte.
La voz de Aria seguía en su oído. Ni dolida. Ni siquiera fría. Simplemente… acabada. Le había pedido que volviera y fueran al juzgado como si estuviera programando la recogida de un paquete.
Le había hablado de Vivian a propósito. Una parte de él había querido ver qué hacía ella con esa información. Si reaccionaría.
No reaccionó. Volvió directamente a los papeles del divorcio.
No sabía qué había esperado. No sabía qué quería. Solo sabía que no le gustaba la sensación de que lo apartaran con tanta facilidad.
Vivian llegó hasta él e inclinó la cabeza.
—No pareces contento —dijo en voz baja.
Ronan volvió a centrarse. Le dedicó una pequeña sonrisa, de esas que casi nunca regalaba a nadie. Vivian siempre había sido la excepción.
No era solo la mujer a la que amaba. Era la mujer que le había salvado la vida cinco años atrás, durante un ataque de renegados. Se lo debía todo. Que Aria pidiera el divorcio debería haber sido la mejor noticia posible. Despejaba el camino. Lo simplificaba todo.
No sintió nada de eso.
Apartó la sensación e hizo una señal a Felix, su Beta, para que cogiera las maletas de Vivian.
—Vamos —dijo, y le tomó la mano—. Te enseñaré la ciudad.
Vivian sonrió y echó a andar a su lado.
—Han cambiado tantas cosas —dijo con suavidad—. Tres años son mucho tiempo. —Hizo una pausa—. Si Aria no hubiera manipulado mi equipaje…
Se contuvo.
Ronan sabía lo que había estado a punto de decir.
Vivian tenía que haber vuelto el año anterior. Pero una inspección del Consejo Alpha en la frontera encontró contrabando en sus maletas. La marcaron y le prohibieron la entrada, y se quedó atrapada en Milán casi doce meses más.
Ronan siempre había dado por hecho que Aria era la responsable. Esa suposición había sido lo que finalmente agotó la paciencia que le quedaba con ella.
Pero ahora, allí de pie, algo se removió en el fondo de su mente.
La noche anterior había aceptado la palabra de Simon sin hacer una sola pregunta y había vuelto derecho a aquel hotel a encararse con ella. Se había equivocado. Por completo.
Un año antes se había creído la palabra de Vivian sin hacer una sola pregunta y había dado por hecho que Aria había saboteado su regreso.
Se frenó en seco.
Cortó la idea de raíz.
Se estaba volviendo loco. Era la única explicación.
Y ahí estaba él, dudando de Vivian, la única persona del mundo que nunca le había dado motivos para desconfiar.
El olor del vínculo de sangre de ella, el que lo había traído de vuelta del borde de la muerte cinco años antes, no era algo que se pudiera fingir.
Le apretó la mano y siguió andando.
(Punto de vista de Aria)
Volvimos a la oficina y me enterré en el trabajo el resto de la tarde.
Al anochecer me vibró el teléfono. Elena.
Tengo algo que tienes que ver. Ven al Copper Lantern. Ya.
Cogí el coche. Diez minutos.
En el Copper Lantern hacía calor y había ruido, abarrotado de la clientela habitual de los viernes. Localicé a Elena de inmediato: estaba en una mesa del rincón con la carta aplastada contra la cara, encogida como si se escondiera de alguien.
Me acerqué y retiré la silla de enfrente.
—¿Qué haces? —dije.
Bajó la carta de golpe. Tenía los ojos muy abiertos. Me agarró el brazo con las dos manos y señaló hacia las mesas de la ventana.
—No mires todavía —susurró—. Vale, mira ya: Ronan y Vivian, justo ahí. Están en una cita. Ve y diles algo. Dile que se aparte.
Miré.
Ronan y Vivian estaban sentados uno frente al otro junto a la ventana. Él hablaba. Ella se reía de algo que había dicho él.
—Tiene una risa bonita —dije.
Elena se me quedó mirando.
—¿Eso es todo? —dijo—. ¿Esa es tu reacción?
—Nos estamos divorciando —dije.
Me senté y alargué la mano hacia la botella de vino que había en la mesa.
—Con quién pase el tiempo ya no es asunto mío.
—Aria. —Elena agarró la botella antes de que pudiera servirme—. La semana pasada seguías hablando de él.
—La semana pasada todavía no había firmado los papeles —dije.
Le quité la botella con suavidad y me serví una copa.
—Ya los he firmado. Solo falta que vaya al juzgado a presentarlos.
Elena se quedó callada exactamente un segundo.
Después se lanzó por encima de la mesa y me abrazó.
—Por fin —dijo en voz alta—. Por fin, por fin, por fin. Te voy a buscar a alguien nuevo. Alguien decente. Alguien que de verdad…
La mesa de la ventana se quedó en silencio.
Lo noté antes de verlo. Eché un vistazo.
Ronan había girado la cabeza. Sus ojos encontraron los míos al otro lado del local.
Aparté la mirada y cogí la copa de vino.
Un momento después capté un movimiento con el rabillo del ojo. Vivian se había dado cuenta de hacia dónde miraba él. Se volvió, me encontró y entrecerró un poco los ojos.
Se inclinó hacia Ronan y le dijo algo.
Él asintió.
Ella se levantó y Ronan la siguió hasta nuestra mesa. Su sonrisa era exactamente la de siempre: suave, medida, colocada a la perfección.
—Aria —dijo—. Cuánto tiempo.
Levanté la vista hacia ella.
—¿Es una cita? —pregunté.
—Solo una cena —dijo—. No quería que lo malinterpretaras, así que he pensado en venir a saludar.
Dejé la copa en la mesa.
—Si te preocupaba que yo malinterpretara algo —dije—, ¿por qué traer a Ronan hasta aquí para decírmelo?
La miré fijamente.
—¿Esto es para demostrarme algo?
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