Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO Seis
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CAPÍTULO Seis

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(Punto de vista de Aria)

Ronan lo repitió allí mismo, en el umbral, lo bastante alto como para que lo oyera cualquiera que pasara.

Me detuve en seco.

Miré por encima del hombro de Ronan.

Simon estaba justo detrás de él. Los ojos no le paraban quietos: a un lado, al suelo, a cualquier parte menos a mi cara. Había algo ahí. Un destello de culpa que no conseguía disimular del todo.

Lo entendí al instante.

Alguien le había vendido ese cuento a Ronan. Y ese alguien estaba a un metro detrás de él.

El asco me llegó de golpe. Esa jugada tan de Simon —callada, traicionera, calculada— me revolvía el estómago. Pero lo que más me dolió fue Ronan. No había hecho una sola pregunta. No había comprobado un solo dato. Oyó una versión de la historia y vino directo a por mí.

Eso era lo que pasaba con él. Siempre había sido lo mismo.

No confió en mí ni una vez. Ni en un año de matrimonio. Ni un solo día.

El pensamiento se me clavó en el pecho como una astilla. Pequeña. Callada. Permanente.

Lo miré.

—Tengo una pregunta para ti —dije.

Mi voz salió serena.

—En todo el año que vivimos juntos… ¿qué hice yo exactamente para merecer esto?

No contestó.

—No me preguntaste nada —dije—. No comprobaste nada. Alguien te contó un cuento y viniste corriendo. Eso es todo. No hizo falta más.

Algo cambió en su mirada.

Lo vi. El momento en que la certeza se le resquebrajó un poco. Empezaba a atar cabos, a preguntarse si le habían colado una mentira y había caído de lleno.

Bien.

Casi lo dejé pasar. Casi no dije nada más.

Pero entonces le miré la cara —esa mandíbula tensa, ese orgullo que llevaba como una armadura— y supe exactamente cómo iba a acabar esto, aunque llegara a admitirlo ante sí mismo.

No pediría perdón. Nunca pedía perdón. Era el Alfa de la manada Stormcrest.

No bajaba la cabeza ante nadie, y mucho menos iba a bajarla por mí.

Esa lección la había aprendido más veces de las que podía contar.

Torcí la boca en algo que no llegaba a ser una sonrisa.

—Aunque ahora mismo te des cuenta de que te equivocaste —dije—, no va a cambiar nada. Tú lo sabes. Yo lo sé.

Entrecerró los ojos.

—No lo voy a repetir —dije—. Vuelve a levantarme la mano y tendrás que dar explicaciones al Consejo.

Me di la vuelta.

Oliver echó a andar a mi lado sin decir una palabra.

No miré atrás. Ni una vez.

(Punto de vista del autor)

Ronan se quedó en el umbral y la vio marcharse.

Fue cerrando los dedos despacio contra la palma.

La había visto alejarse dos veces en dos días. Y ninguna de las dos se había dado la vuelta.

Se quedó allí más tiempo del que debía. Luego se giró.

Clavó los ojos en Simon.

—Explícate —dijo.

Solo esa palabra. Pero la presión de Alfa que la acompañaba no era poca cosa.

El cuerpo de Simon reaccionó antes que su mente. Se le doblaron las rodillas. Cayó al suelo, con la cabeza gacha y la garganta expuesta: su lobo se rindió antes de que pudiera evitarlo.

—Alfa, por favor… —a Simon se le quebró la voz—. Yo solo… solo quería… Pensé que si creías que ella ya había pasado página, dejarías de…

—Te lo inventaste —dijo Ronan.

Simon apretó la frente aún más contra el suelo.

—No pensé que irías directo a buscarla. No pensé…

—No pensaste —dijo Ronan—. O sí lo pensaste y decidiste que no importaba.

El silencio se alargó.

—Hasta tú —dijo Ronan en voz baja—. Hasta tú.

Miró a Simon durante un largo rato.

—Entrégalo todo antes de mañana por la mañana —dijo—. Tu puesto de Beta ha terminado. Y después de eso… no vuelvas.

Se marchó sin esperar respuesta.

(Punto de vista de Aria)

Al salir del hotel paré en una panadería cerca del hospital y compré unas empanadas de carne y una cajita de frutos rojos frescos. Al abuelo le gustaban los frutos rojos. Siempre hacía como que la comida le daba igual, pero los frutos rojos eran lo primero que se acababa.

El ascensor se abrió en su planta y salí.

Victor Ravenshade estaba de pie en el pasillo.

Fiona estaba con él.

A Victor se le iluminó la cara en cuanto me vio. Sonrisa enorme, brazos abiertos, todo el numerito.

—Aria —dijo con calidez—. Qué sorpresa. ¿Has venido a visitar a tu abuelo?

Fiona miró la bolsa que llevaba en la mano, luego a mí, y soltó una risa breve y afilada.

—La Luna de Stormcrest —dijo—. Una mujer muy ocupada. No sabía que tuvieras tiempo para jugar a las enfermeras.

—Antigua Luna —dije—. Y tus modales no han mejorado.

Victor intervino rápido, con voz melosa.

—No lo dice con mala intención. Ya sabes cómo es: joven, un poco irreflexiva.

—Si ella tuviera la mitad de tu paciencia —dije, mirando a Victor—, no iría haciéndose enemigos por donde pasa.

Victor se rio como si yo hubiera dicho algo encantador.

Cambió el peso de un pie a otro, apenas un poco, y adoptó un tono despreocupado.

—Y bueno… el proyecto de la manada Stone.

¿Cómo fue la reunión? Es un proyecto demasiado grande para asumirlo de golpe.

—Inclinó la cabeza—. Sinceramente, entre nosotros, con un proyecto de ese tamaño quizá sería mejor que lo liderara Derek.

Tú ya tienes demasiado encima. No tiene nada de malo dejar que él cargue con lo más duro.

Ahí estaba.

Seguramente no había conseguido localizar a Marcus. No sabía qué había pasado en esa reunión. Así que se había presentado aquí, lo había disfrazado de preocupación y esperaba que yo se lo devolviera.

Metí la mano en el bolso y saqué el acuerdo de cooperación firmado.

Se lo tendí.

Victor lo cogió. Bajó la vista a la primera página.

Le cambió la cara. Solo un poco. Lo justo.

—Marcus también me pidió que te transmitiera algo —dije—. Dijo que Derek no se moleste en llamar. Que ya no va a aceptar esas reuniones.

Victor se quedó mirando el documento.

Me di la vuelta y entré en la habitación del abuelo.

A la mañana siguiente, Derek estaba esperando delante de la puerta de mi despacho.

No llamó. Simplemente se quedó allí plantado, con los brazos cruzados, y empezó a hablar en cuanto aparecí por el pasillo.

—¿Qué le has hecho a Marcus? —dijo—. No me coge el teléfono. No recibe a nadie. ¿Qué le has dicho?

Intentaba sonar furioso. Pero por debajo se le notaba otra cosa. Preocupación. Ese tipo concreto de preocupación que aparece cuando sabes que otro puede tener tus secretos en su poder.

Lo miré con la expresión más inocente de mi repertorio.

—Cuando dices que Marcus no recibe a nadie —dije—, ¿me estás diciendo que tenías algo entre manos con Marcus que ahora te preocupa?

Derek abrió la boca.

Y la volvió a cerrar.

Se le alteró el gesto —el color, la tensión de la mandíbula— y, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se marchó a toda prisa.

Oliver había estado todo el rato a un lado. Esperó a que Derek se fuera y entonces me miró.

—¿Por qué no lo has desenmascarado sin más? —preguntó—. Tenías todo lo que hacía falta.

Sonreí.

—Porque soy una jefa demasiado buena —dije.

La verdadera respuesta era más sencilla.

Derek había desviado quizá unos cientos de miles de un proyecto de varios millones.

Desenmascararlo ahora solo lo habría puesto en evidencia una semana, nada más.

Y eso no era lo que yo quería. Lo quería fuera; fuera del todo, sin vuelta atrás.

Para un movimiento así hacía falta paciencia.

Hacía falta el momento justo. Hacía falta un único golpe limpio que no le dejara margen para recuperarse.

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