CAPÍTULO cinco
— ◆ —
(Punto de vista de Aria)
Ronan me miró. Luego miró a Oliver.
Soltó una risa corta y fría.
—Nunca me fié de tu gusto con los hombres —dijo—. Ni una sola vez.
No dijo el resto en voz alta. No le hacía falta. El mensaje estaba claro: que me había pasado años persiguiéndolo, desesperada y embobada, y que esto era lo mejor que había conseguido. Un Beta incapaz de sostenerle la mirada.
Noté la amargura que había debajo de cada palabra.
—Eso me recuerda algo —dije—. Los que más rápido desprecian a los demás suelen ser los que menos derecho tienen a abrir la boca.
Me di la vuelta y entré en el vestíbulo del hotel.
No miré atrás.
Oliver me alcanzó enseguida y se colocó justo detrás de mí. Entramos en el ascensor y, mientras las puertas se cerraban, alcancé a verlo una última vez por la rendija cada vez más estrecha.
Ronan seguía fuera. Tenía el rostro ensombrecido. Se había girado un poco hacia Simon y le decía algo en voz baja, con la mandíbula apretada.
Las puertas se cerraron.
Solté el aire una vez y eché los hombros atrás.
Teníamos trabajo que hacer.
Marcus Stone ya estaba esperando cuando Oliver y yo entramos en el comedor privado.
Era exactamente como me lo imaginaba. Grande, de constitución pesada, con viejas cicatrices que le cruzaban la mandíbula y el costado del cuello: heridas de plata y mordeduras, las marcas que se ganan en las peleas de verdad por el territorio.
Estaba sentado a la mesa como si lo hubieran atornillado a ella, con los brazos cruzados, ocupando espacio a propósito.
No se levantó cuando entré.
—Señorita Ravenshade —dijo con un tono relajado. Casi aburrido—. Voy a ser sincero con usted. Es nueva en el desarrollo de territorios. Por lo que he podido averiguar, no tiene experiencia real negociando. Poner un acuerdo de esta magnitud en manos de alguien sin historial… me pone nervioso.
Se recostó en la silla.
—Me sentiría mucho más tranquilo si siguiera trabajando con Derek. Tenemos un ritmo. Sabemos cómo funcionan las cosas entre nosotros.
Me senté frente a él.
—Quiero asegurarme de que lo entiendo bien —dije—. Cuando dice que usted y Derek tienen un ritmo, ¿se refiere a que el trabajo fluye sin problemas? ¿O a que el dinero fluye sin problemas?
La expresión relajada se le borró de la cara.
—No sé qué está insinuando —dijo, y la voz se le quedó plana—. Yo llevo un negocio limpio. Siempre lo he llevado así.
Miré a Oliver. Deslizó una carpeta sobre la mesa sin decir palabra.
Marcus la cogió. Echó un vistazo a la primera página.
Se quedó blanco.
Mantuve la voz neutra.
—Hay algunos descuadres en las cuentas —dije—. Entre los fondos de cooperación de la manada y lo que realmente se declaró. He estado intentando averiguar dónde acabó ese dinero.
Marcus dejó la carpeta. Le temblaban un poco las manos.
—Y luego está la empresa pantalla —dije—. La que está registrada a nombre de su cuñado.
Se apartó un poco de la mesa, como si necesitara aire.
—Puedo… puedo devolverlo —dijo—. El doble. Sea la cifra que sea, pago el doble.
Levanté una mano.
—No he venido a denunciarlo —dije—. He venido porque necesito un nuevo socio para este proyecto. Nada más.
Me miró fijamente.
Vi cómo le daba vueltas. Derek tenía la misma información. Estaba atrapado entre dos personas que lo tenían agarrado, y no le quedaba ninguna salida limpia.
El silencio se alargó.
—Derek me lo dijo expresamente —dijo al fin, con voz pesada—. Me dijo que no trabajara con usted. Fue muy claro al respecto.
—De Derek me encargo yo —dije—. Ese no es su problema.
Dejé que la frase calara un momento.
—Este es solo el primer proyecto —añadí—. Si de aquí en adelante está en el lado correcto, habrá más. Muchos más.
Marcus me observó largo rato.
Soltó el aire despacio y asintió.
—De acuerdo —dijo—. Trabajamos juntos. Y devolveré el importe completo.
(Punto de vista del autor)
Las puertas del ascensor no llevaban cerradas ni treinta segundos cuando Ronan habló.
—Averigua todo lo que puedas sobre Oliver —dijo en voz baja—. Quién es. De dónde viene. Qué relación tiene con Aria.
Simon asintió. Una luz extraña le cruzó los ojos y desapareció al instante.
—Por supuesto —dijo.
Más tarde, en el aparcamiento subterráneo, Ronan iba en el asiento trasero con los ojos cerrados. Simon iba delante, con la pantalla del móvil proyectando un brillo pálido sobre su cara mientras consultaba los registros de Oliver.
En realidad, Ronan no estaba pensando en Oliver.
El día anterior, Aria había usado contra él su aventura con la secretaria. Se había dicho a sí mismo que no importaba. Esperaría a que se le pasara. Esas cosas acababan olvidándose.
Pero aquella noche había llegado a casa y, por razones que seguía sin poder explicar, se lo había contado todo a su compañera.
Esperaba que lo asimilara como asimilaba siempre las cosas: en silencio, sin montar una escena. Llevaban años juntos. Daba por hecho que entendía cómo funcionaban estas cosas.
No lo asimiló.
Lo miró, se quedó callada un buen rato y luego le dijo que hasta ahí habían llegado.
A la mañana siguiente ya no estaba. Se llevó a los niños y volvió a su manada de nacimiento. Allí el Alpha era su tío. Simon no podía tocarla, ni presionarla, ni recuperar a los niños sin meterse en algo que no podía ganar.
En dos días se le había vaciado la casa.
De todo aquello culpaba a Aria, hasta del último detalle.
Fue pasando el expediente de Oliver con la mirada afilada y ávida, en busca de cualquier cosa: una reunión privada, una llamada a altas horas, una ubicación compartida, cualquier cosa que pudiera retorcer hasta convertirla en algo comprometedor.
No había nada.
Oliver era exactamente lo que parecía. Un Beta asignado por Richard Ravenshade para asistir a Aria. Expediente impecable. Ningún vínculo personal. Ningún resquicio por donde atacar.
Simon se quedó mirando la pantalla.
La comisura de la boca se le fue curvando despacio.
Si no había nada que encontrar, tendría que construirlo él mismo.
(Punto de vista de Aria)
La reunión terminó sin sobresaltos. Marcus me dio la mano en la puerta y salí con Oliver a mi lado, con la carpeta bajo el brazo.
Por primera vez en todo el día estaba de buen humor.
Cruzamos el vestíbulo y salimos por la entrada principal… y allí estaba Ronan.
Había vuelto.
Estaba de pie justo al otro lado de las puertas, y el aire a su alrededor era el de los segundos previos a que estallara una tormenta. Quietud absoluta. Presión por todas partes.
Pensaba pasar de largo.
No me dio la oportunidad.
Vino directo hacia mí, rápido, y antes de que pudiera decir una palabra, me lanzó la mano a la cara.
Una oleada de presión Alpha me alcanzó medio segundo antes que la mano. Le vi los ojos: el gris se había vuelto ámbar, profundo y oscuro, los ojos de su lobo del todo. Retrocedí por instinto. La palma cortó el aire y me rozó las puntas del pelo.
Muy dentro de mí, Chloe se lanzaba contra las paredes. Un gruñido bajo, ahogado. Quería salir. No tenía nada a lo que trepar.
La contuve. Todavía no.
Alcé la vista hacia él. Tenía el pecho frío y quieto.
La otra vez me había golpeado. La otra vez no había dicho nada.
—Si de verdad llegas a darme —dije con voz plana y sin inflexiones—, iré directa a los ejecutores de la manada y al Consejo Alpha. Ya les explicarás tú por qué un Alpha le puso la mano encima a su mujer mientras ella tramitaba el divorcio.
Seguía con el brazo en alto.
Despacio, el ámbar se fue apagando. La mano cayó. Tenía la mandíbula tan apretada que le veía saltar el músculo de la mejilla.
Se acercó un paso. La voz le salió baja y rasposa.
—¿Crees que no veo lo que pasa? —dijo—. Ya andas por ahí con otro y todavía estamos casados. Tú y Oliver… no me digas que ahí no hay nada.
❦ ❦ ❦