CAPÍTULO Cuatro
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(Punto de vista de Aria)
El abuelo se encargó de que Oliver me ayudara a instalarme.
Oliver era el Beta de la manada Ravenshade: alto, de rasgos marcados, con el pelo rubio claro. Tenía un aire callado y eficiente que me gustó de inmediato. No malgastaba palabras y no me trataba como si necesitara que me llevaran de la mano.
No me hacía falta.
Al terminar el primer día, me había leído todos los expedientes de la pila de proyectos. Dos veces.
Oliver me dejó una carpeta nueva en el escritorio a eso de las cuatro de la tarde y pareció ligeramente impresionado.
—¿Ya se ha leído todo eso?
—Leo rápido —dije.
Asintió una vez y no le dio más importancia. Se lo agradecí.
Todavía andaba con el último bloque de cifras cuando alguien llamó a la puerta del despacho.
Supe quién era antes de que la puerta se abriera.
Derek Ravenshade entró con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Era el hijo de Victor. Victor era el sobrino de mi abuelo.
Cuando el abuelo enfermó, la familia de Victor había asumido la gestión de los asuntos diarios de la manada, y desde entonces llevaban desangrando Ravenshade en silencio y con método, con sonrisas exactamente iguales a la que Derek llevaba puesta en ese momento.
La última vez me enteré de todo esto demasiado tarde.
No iba a volver a cometer ese error.
Sentí el odio prenderse en el pecho, ardiente y afilado. Lo dejé arder exactamente un segundo. Luego lo enterré y le devolví la sonrisa.
—Derek —dije—. ¿Qué te trae por aquí?
Extendió las manos como si con solo aparecer ya me estuviera haciendo un favor.
—Papá quería que me pasara a ver qué tal. Asegurarme de que te estás instalando bien.
—Todo va bien —dije—. Oliver me ha ayudado mucho.
Derek desvió la vista hacia Oliver y volvió a mí. Algo le cruzó la mirada: desprecio, quizá. La mirada de quien ya ha decidido que no cuentas para nada.
Probablemente estaba pensando: se pasó un año jugando a las casitas con Stormcrest y no tocó un solo expediente de trabajo. ¿Qué puede saber ella?
Cogió una de las carpetas de mi escritorio, con toda la naturalidad del mundo, como si el despacho fuera suyo.
Se le detuvo la mano.
Reconoció el nombre del proyecto.
—¿Por qué está esto aquí? —Bajó la voz. La sonrisa había desaparecido.
—Me hago cargo yo —dije—. El abuelo y yo ya lo hemos hablado. El papeleo del traspaso está en trámite.
Derek dejó la carpeta despacio.
—Este proyecto está bajo mi gestión —dijo—. No puedes presentarte aquí y, sin más…
—Ya lo he hecho —dije.
Apretó la mandíbula.
Cambió de táctica y se suavizó la expresión hasta darle un aire razonable.
—Aria. Acabas de volver. Este proyecto es pequeño, pero ahora mismo es importante para Ravenshade. Dárselo a alguien sin experiencia es un riesgo que la manada no se puede permitir.
Me recosté en la silla.
—Si lo echo a perder, la pérdida será de unos cuantos cientos de miles, como mucho —dije—. Lo pagaré de mi propio bolsillo.
Cerró los puños a los costados.
Yo sabía exactamente cuánto valía ese proyecto para él. No para la manada: para él en persona. Llevaba meses desviando dinero. Cantidades pequeñas al principio. Fáciles de pasar por alto si nadie mira de cerca.
Yo sí había mirado de cerca.
—¿Lo haces a propósito? —dijo—. ¿Es que me guardas rencor por algo?
Sonreí.
—Somos familia, Derek. Es solo que este proyecto me parece interesante.
Me miró fijamente un buen rato. Vi cómo intentaba calcular cuánto sabía. Luego pareció decidir que yo no podía saber nada real: solo era una mujer que había estado un año fuera de la manada, jugando a ser esposa.
Se jugó su última carta.
—Marcus Stone es un contacto mío de hace años —dijo—. Este acuerdo solo salió adelante gracias a mi relación con él. Si ahora le plantas delante una cara nueva, puede que se eche atrás.
—Yo me encargo de Marcus —dije.
Se rio, una risa corta y sin ninguna gracia.
—Seguro que sí.
Se marchó.
La sonrisa que llevaba al salir me lo dijo todo. Creía que ya había ganado. Creía que Marcus me cerraría la puerta y que yo volvería arrastrándome, sin nada que enseñar.
No sabía que me había pasado el día entero buscando todo lo que pude encontrar sobre Marcus Stone.
Sabía exactamente qué tenía contra él.
Esa tarde concerté una reunión con Marcus en un hotel del centro de Denver.
Oliver conducía. Yo repasaba mis notas en el asiento del copiloto.
Nos detuvimos en la entrada del hotel, bajé del coche… y me quedé clavada.
Ronan estaba allí mismo, en la acera.
El buen humor que llevaba acumulando todo el día cayó unos diez grados.
Él me miró. Yo lo miré.
—¿No deberías estar al teléfono con tu novia? —dije—. ¿Qué haces aquí?
Durante los años que Vivian pasó en Milán, Ronan la llamaba casi todas las noches.
Yo creía que eran cosas de la manada. Luego fue ella misma quien lo mencionó, entre risas, como si fuera algo de lo que presumir.
Un año entero de matrimonio, y este hombre se había pasado todas y cada una de las noches al teléfono con otra mujer.
—He venido por trabajo —dijo Ronan. Luego entrecerró los ojos—. ¿Has estado mirando mi registro de llamadas?
—No me hizo falta —dije—. No fuiste precisamente discreto.
Su expresión se endureció.
—Últimamente te estás poniendo muy atrevida —dijo—. Mide cómo me hablas.
—Te acostumbraste a que no te replicara —dije—. Eso es cosa tuya.
—Seguimos casados.
—Mañana presentamos los papeles —dije—. Llega puntual. No me hagas esperar.
Hice ademán de rodearlo.
—Y una cosa más —añadí, mirándole la mano, que se había cerrado en torno a mi muñeca—. No me toques. Necesito tener mis opciones abiertas.
Me apretó la muñeca con más fuerza.
—Opciones. —Se le quedó la voz sin inflexión—. Ya estás buscando a otro.
—Tengo veintitrés años —dije—. ¿Algún problema?
Le cambiaron los ojos: algo se movió detrás de ellos, un destello ámbar que se filtró en el gris apenas un segundo. Su lobo estaba a flor de piel.
Detrás de mí, Oliver había terminado de aparcar y venía hacia nosotros. Solo le dio tiempo a decir una palabra antes de que la mirada de Ronan se clavara en él.
Oliver se detuvo.
Le sostuvo la mirada a Ronan exactamente medio segundo y luego bajó la vista. Echó los hombros ligeramente hacia atrás. La reacción automática de un beta sorprendido en el campo de visión de un alfa.
—Oliver —dije, volviéndome hacia él—. ¿Todo bien con el coche?
Oliver miró a Ronan con cautela. Después asintió.
Eché a andar hacia la entrada.
Ronan dio un paso lateral y me cortó el paso hacia la puerta.
—Oliver —dijo, con la voz fría y medida—. ¿Ese es tu próximo candidato? ¿Un beta que no es capaz ni de sostener la mirada?
Me miró con algo cortante y feo en la expresión.
—Tu gusto está cayendo en picado, de verdad.
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