31
El vehículo oficial se detuvo frente a la entrada principal de la Academia con un chirrido metálico.
Christian y yo nos miramos al mismo tiempo, mientras bajaba de él un hombre trajeado.
—Desde luego, ese no es Horacio —murmuré.
Bajamos las escaleras corriendo y atravesamos los pasillos hasta alcanzar el vestíbulo principal.
Cuando llegamos, Markus ya estaba allí, recibiendo al recién llegado.
Un hombre alto y delgado se sacudía la nieve del abrigo negro junto a la puerta. Llevaba guantes de cuero impecables, un sombrero oscuro cubierto de copos y un bastón de cobre con el símbolo del Ministerio grabado en la empuñadura.
Sonreía, y creo que eso fue lo que más miedo me dio. Ni siquiera parecía enfadado, a pesar de la persecución alocada del día anterior.
Parecía alguien que había venido a tomar el té.
Frederic cerró la puerta detrás de él mientras el viento hacía temblar los ventanales de la entrada.
—Director Rosenberg —dijo el hombre, quitándose lentamente los guantes—. Gracias por recibirme sin cita.
Markus mantenía la mandíbula tensa.
—Bienvenido, señor Frustek.
El desconocido inclinó apenas la cabeza.
—Celebro comprobar que sus alumnos han aparecido sanos y salvos. La tormenta ha causado bastantes incidentes estos días. Incluidos mis compañeros, que se esforzaron por escoltarlos de vuelta a la Academia anoche y terminaron chocando en el bosque…
Mentía tan bien que daban ganas de gritarle. De darle un bofetón. De hacer algo.
No pude contenerme y di un paso adelante.
—¿Escolta? —bufé, ofendida—. ¡Vosotros los abandonasteis en la nieve!
El hombre se giró hacia mí con tranquilidad.
—Ah. Luna Parker.
Su sonrisa se ensanchó, pero sin alegría.
—Por fin nos conocemos. ¿Está disfrutando de su estancia gratuita en Videntia?
Sentí un escalofrío al escuchar el tono de su voz. ¿Esa gente sabía quién era yo?
—No debería hacerle preguntas a Luna sin permiso de Markus —intervino Christian—. Es menor de edad, recuerde.
El hombre lo observó con cierta diversión.
—Christian Rosenberg. Exactamente igual de impulsivo que su madre. Vilma Fortuna-Rosenberg… qué gran persona.
Markus reaccionó de inmediato al oír mencionar a su esposa.
—Basta. Ha venido aquí a decir algo. Dígalo y márchese.
El funcionario suspiró, como si lamentara sinceramente la situación.
—Muy bien. Seré directo. Pero… preferiría hacerlo en un lugar más discreto. Sus chicos pueden acompañarnos. Creo que les interesará lo que tengo que decirles.
Caminamos en una fila silenciosa hasta el despacho de Markus. Una vez dentro, este cerró la puerta.
El funcionario se quitó el abrigo lentamente y lo dejó sobre el respaldo de una silla.
—Quería decirles que es de suma importancia que lo ocurrido estos días no salga de los muros de esta Academia.
Solté una carcajada incrédula.
—¿Después de secuestrar a cuatro alumnos?
—¡Luna, compórtate! —me amonestó Markus.
—Nadie ha secuestrado a nadie, señorita Parker —dijo suavemente el funcionario.
—¡Les borrasteis la memoria!
El hombre no respondió de inmediato. Solo suspiró y nos observó, muy tranquilo.
—La memoria es un mecanismo delicado. A veces la gente se confunde.
—¡Qué gran estupidez! —protestó Christian.
—¡Christian, compórtate con respeto! —exclamó Markus, cada vez más enfadado. Luego dio un paso al frente—. Ahora en serio, señor Frustek, ¿por qué está aquí?
El funcionario cruzó las manos sobre el pomo del bastón.
—Porque todos respetamos esta gran institución que es la Academia Videntia, y deseamos evitar un escándalo innecesario.
Estuve a punto de contestar otra vez, pero Christian me sujetó por el brazo.
—¿Escándalo? —dijo Christian—. ¿Os referís a descubrir que el Ministerio borra recuerdos a la gente si no le gustan?
El funcionario sonrió con auténtica lástima.
—Joven Rosenberg… ¿de verdad piensa que alguien se creería semejante acusación?
Nadie respondió, y él aprovechó el silencio para continuar.
—Veamos… Tenemos a un inventor enloquecido, desacreditado hace años por su comportamiento sin sentido.
Un grupo de estudiantes que se escaparon de la Academia y aparecieron confundidos tras quedar atrapados en la nieve.
Unos artefactos experimentales que probablemente no funcionan como deberían.
Historias sobre niebla temporal y conspiraciones absurdas…
Hizo una pausa breve.
—No resultaría difícil desacreditar todo esto. Dudo que la gente se crea esa historia.
—Eso habrá que verlo… —repliqué con rabia, deseando que Horacio regresara cuanto antes con su Catalejo Temporal reparado.
El hombre volvió a mirar a Markus.
—Además, sería una pena que la Academia Videntia se viera relacionada con semejante escándalo.
La voz de Markus sonó helada.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Solo señalo consecuencias posibles.
El funcionario caminó despacio por el vestíbulo mientras hablaba.
—Las subvenciones ministeriales podrían revisarse.
La colaboración policial con videntes podría replantearse.
Algunos sectores llevan años cuestionando la utilidad de las Óculus Nova y de las divisiones de videntes.
Mucha gente opina que, con los avances de las brigadas de investigación empírica, pronto dejaremos de necesitar a los Videntes, que son una fuente poco fiable.
Frederic bajó la mirada.
—Pueden inventarse cosas, o interpretarlas mal… A fin de cuentas, es algo que ve una sola persona…
Incluso Markus parecía haberse quedado sin habla al oír eso.
—Y eso sin mencionar al señor Horacio de Pábilo —continuó el funcionario—. Después de todo, oficialmente sigue siendo un hombre mentalmente inestable.
Me solté de la mano de Christian. No podía soportarlo más.
—¡Eso os lo inventasteis vosotros!
—Qué gran tontería, señorita Parker. El Ministerio no tiene motivos para hacer algo así.
Lo dijo con tanta calma que me dieron ganas de golpearlo.
Luego se me acercó un poco más y me levantó la barbilla con sus dedos fríos y pegajosos.
—Y también lamentaría profundamente que ciertas personas resultaran dañadas por culpa de esta situación.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Christian, interponiéndose entre nosotros con rabia.
El funcionario apoyó otra vez las manos sobre el bastón.
—Nova Amazonia es un lugar peligroso. Accidentes, enfermedades, criaturas venenosas…
Sentí que Christian se tensaba cada vez más. El funcionario lo miró fijamente, ignorando a su desconcertado padre.
—La señora Vilma Fortuna viaja muchísimo. Sería terrible que le ocurriera algo durante una expedición.
La cara de Markus cambió por completo. Aquello sí había sido una amenaza directa y real.
El funcionario continuó antes de que nadie pudiera reaccionar.
—Y respecto a Altea Parker…
Di un paso involuntario hacia él.
—Solo diré que el Ministerio sabe bastante más sobre ella de lo que imaginan.
—¡Entonces dígame qué le sucedió! —estallé.
Christian me sujetó antes de que pudiera abalanzarme sobre el hombre, porque había perdido los estribos por completo. Pero el funcionario ni siquiera retrocedió.
—La cooperación siempre facilita las cosas —dijo con suavidad.
—¡Cobardes! ¡Manipuladores! —le grité—. ¡No podéis decidir lo que la gente recuerda!
—A veces recordar ciertas cosas resulta más peligroso que olvidarlas.
Markus cerró los ojos unos segundos.
Parecía muchísimo más viejo de repente. Cuando volvió a abrirlos, habló muy despacio.
—Mis chicos no se han metido en ningún lío, así que todas estas amenazas son innecesarias.
Simplemente se escaparon de la Academia durante la nevada, encontraron a sus compañeros perdidos por las calles y los ayudaron a regresar.
¿Qué quiere exactamente el Ministerio? ¿Que nadie hable de eso? Podemos hacerlo. No hay problema.
El hombre acomodó los guantes dentro del abrigo.
—Por supuesto: nada complicado. Silencio. Normalidad. Y que esta desagradable situación termine aquí.
A lo lejos, en el pasillo, se oyeron las risas de unos alumnos que corrían a alguna parte, todavía de vacaciones.
—Si es eso lo que le preocupa, la Academia Videntia no hará declaraciones públicas.
Lo miré horrorizada. Nuestro plan de grabarlo todo con el Catalejo Temporal se iba al traste si no podíamos mostrar las pruebas de lo ocurrido a la gente.
—¿Qué?
—Luna… —susurró Markus.
—¡No puedes aceptar eso!
—No voy a poner en peligro a esta Academia por esta tontería. No es tan importante.
—¡Pero…!
Markus soltó el aire. Se le veía agotado.
—Es mi última palabra, Luna. El señor Frustek tiene razón: no debisteis salir sin permiso durante el protocolo de cierre total. Si eso se supiera públicamente, sería muy mala prensa para la Academia Videntia. Los padres dejarían de confiar en nosotros para cuidar de sus hijos.
Noté que estaba aterrado.
El funcionario asintió.
—Me alegra comprobar que sigue siendo un hombre razonable, director Rosenberg.
Luego recogió el abrigo y se dirigió hacia la salida.
Antes de marcharse, se detuvo un instante junto a mí y se agachó un poco junto a mi oído.
—Hasta tu madre era más prudente que tú —me susurró con desprecio, sin que nadie más lo oyera.
Después abrió la puerta y desapareció.
Lo observé marcharse, furiosa, pero Christian solo sacudió la cabeza.
—Hicisteis un buen trabajo trayendo de vuelta a vuestros compañeros —dijo Markus, una vez solos—. No debieron salir por su cuenta en plena tormenta. Podría haberles ocurrido algo terrible. Así que, a pesar de que hicisteis algo prohibido, admito que el resultado valió la pena.
Sonreí débilmente.
Al menos nos reconocerían ese mérito, aunque nadie supiera lo ocurrido de verdad.
—Id a buscar unos gironuts —nos dijo el director antes de salir, con una palmadita en la espalda—. Madame Tilde está recalentando los que sobraron de la Vigilia.
Abandonamos el despacho de Markus bastante desanimados. Nos hicimos con unos gironuts y nos sentamos en las escaleras a comérnoslos, observando la nieve caer.
Un estruendo horrible nos hizo levantar la vista.
Era la Oruga de Nieve de Horacio, que regresaba a la Academia. Esta vez, al menos, aparcó frente a la puerta y no voló por encima de ella. Vimos cómo discutía con Frederic, que al parecer no quería dejarle entrar.
—¡Horacio! —gritó Christian agitando el brazo—. Espera un momento. Salimos a buscarte…
Desafiando la mirada de Frederic, saltamos la valla y nos plantamos junto al inventor.
—No me dejan entrar —protestó Horacio—. ¡Con lo que me ha costado volver a subir esa cuesta!
—Lo siento, Horacio… las cosas se están poniendo un poco feas por aquí —dije con tristeza.
—Pero, ¡mirad! He conseguido repararlo.
Nos mostró una bolsa de tela marrón, y de ella sacó el Catalejo Temporal. El metal ya no estaba torcido, y las lentes de colores habían sido sustituidas por otras en perfecto estado.
—No he dormido en toda la noche para terminarlo —dijo satisfecho.
—Me temo que ya no vamos a necesitarlo… —dije con tristeza, y le expliqué lo ocurrido con el empleado del Ministerio.
Horacio escuchó en silencio, casi como si se hubiera esperado algo así.
—No me extraña para nada —comentó—. Pero encontraremos la manera, ya veréis. Entonces… ¿me llevo el Catalejo? ¿Seguro que no lo vais a necesitar?
Christian se mordió el labio un instante, pensativo, y finalmente negó con la cabeza.
—¿Sabes qué, Horacio? —dijo Christian, extendiendo el brazo hacia la bolsa—. Déjamelo, aunque sea solo unos días. A lo mejor, todavía le podemos sacar partido.