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Poco a poco, la Academia Videntia y Barcinova empezaron a descongelarse.
El sol volvió a salir tras días enteros de nieve y viento.
Los carámbanos que colgaban de las ventanas empezaron a derretirse y gotear lentamente, y el hielo desapareció de los patios más expuestos al sol.
Los alumnos volvieron a abrir las ventanas para ventilar el olor a calcetines sudados, los profesores dejaron de caminar envueltos en tres bufandas y, por primera vez en mucho tiempo, las calderas volvieron a mantener calientes los espacios principales.
Nuestros compañeros desaparecidos estaban bien.
Habíamos cumplido nuestra misión de devolverlos a casa, aunque no pudiéramos contarle a nadie los detalles.
Por otra parte, no habíamos conseguido acabar con el Custodio, ni demostrar lo que el Ministerio había hecho, pero al menos sabíamos una cosa con certeza: ¡No estábamos locos!
Todo había sido real. Y, algún día, encontraríamos la manera de demostrarlo sin poner en peligro la Academia ni a ninguno de sus profesores y estudiantes.
La normalidad regresó lentamente, y pronto llegó el último día de vacaciones de Saturnalia.
Lucía un sol espléndido y las comunicaciones se reanudaron por fin.
Cuando Markus lo anunció durante el desayuno, todos estallaron en vítores, y muchos corrieron a usar el teléfono público para llamar a sus familias.
Varios alumnos aprovecharon para tomar el subfluvial y escaparse unas horas a sus casas, antes del inicio del nuevo trimestre.
Mientras tanto, en la Academia, los adornos de Saturnalia empezaban a desaparecer.
Madame Tilde guardaba cajas llenas de guirnaldas mientras protestaba porque «todos ayudan a decorar, pero nadie se presenta a la hora de desmontar los adornos».
Las canciones festivas apenas se escuchaban ya por los pasillos y todos se preparaban para la vuelta a las clases al día siguiente.
Christian y yo ayudábamos a quitar unas luces del comedor cuando escuchamos la voz de Markus resonando desde el pasillo principal.
—¡Christian! ¡Es tu madre! ¡Está al teléfono, pero date prisa porque la conexión se corta!
Christian se levantó tan rápido que casi se le enredaron los pies con el cable de las luces.
Salimos corriendo hacia el despacho de Markus.
Christian le quitó el auricular a su padre y lo agarró con ambas manos.
—¿Mamá?
Durante unos segundos solo se escucharon chasquidos y ruido estático.