30
Aquella noche me costó muchísimo dormir.
No dejaba de pensar en todo lo que había ocurrido: en mi padre, en Horacio, en lo que había hecho el Ministerio… y también en el mensaje escondido en el diario de Altea Parker:
Seguía sin entender qué significaba, pero estaba seguro de una cosa: si la madre de Luna había escrito aquel mensaje, y si alguien se había molestado en ocultarlo en un archivo secreto que solo podía abrirse con el broche de Luna, era por algo.
Pero ahora, por desgracia, los archivos habían desaparecido.
Eso significaba que alguien más podía haber encontrado ese mensaje. Alguien que, probablemente, ya estaba intentando descifrarlo antes que nosotros.
Bajamos un poco tarde al desayuno.
El comedor estaba lleno y, por primera vez desde la tormenta, se respiraba un auténtico ambiente de fiesta.
Andrea, Chiara, Rolo y Charly ya estaban allí, como si no hubiera ocurrido nada extraño. Me alegró verlos con los demás, desayunando tan tranquilos.
En cuanto entramos, muchos compañeros que nos habían visto llegar con la Oruga de Nieve la noche anterior empezaron a aplaudir y vitorearnos.
—¡Ahí están!
—¡Los exploradores polares!
—¡Los excursionistas oficiales de Saturnalia!
Me entró tanta vergüenza que estuve a punto de dar media vuelta.
Rolo, en cambio, parecía encantado con todo aquello. Se subió a la silla agitando una servilleta como si fuera una bandera.
—¡Mi decreto oficial como Rey de Saturnalia ya ha sido decididoooo!
Todos se callaron para escucharlo.
—¡Por rescatarme de morir congelado junto a un cubo de basura, nombro a Luna Parker y Christian Rosenberg… Gironuts Iluminados Supremos! O sea: ¡deberán recibir todos los gironuts gratis que quieran hasta el fin de las fiestas!
El comedor entero estalló en carcajadas y aplausos.
Incluso yo me reí. Al menos, Rolo recordaba la parte final de su aventura.
Nos acercamos a nuestra mesa habitual y me senté entre Luna y Andrea.
Al mirar a Andrea tan serena, sentí una sensación rarísima: hacía menos de doce horas los habíamos encontrado medio enterrados en la nieve. Si Luna no hubiera tenido aquella visión… si no hubiéramos seguido investigando… seguirían allí fuera.
Helados.
Luna se inclinó hacia Andrea y alargó una mano hacia la de la otra chica.
—Andrea… ¿te encuentras bien?
Andrea se giró, extrañada.
—¿Qué te pasa, Parker? ¿Por qué me miras así? Parece que hayas visto un fantasma.
Durante unos segundos, Luna se quedó callada.
—¿Dónde has estado estos días? —preguntó finalmente.
Andrea soltó una risa incrédula.
—¿Y a ti qué te importa?
Algunos alumnos se rieron. Me sentí mal por Luna y decidí intervenir.
—Hemos hablado con tus padres, Andrea. Estaban preocupados. ¿De verdad no recuerdas nada?
Ella me miró fijamente.
—Christian, mis padres estaban conmigo, ¿se puede saber qué mosca te ha picado? Te estás juntando demasiado con compañías raras. —Al decir esto, miró de reojo a Luna—. No te reconozco.
—Yo soy el que no te reconoce a ti…
Andrea pareció insegura al oír eso. Fue un instante, muy breve, pero lo vi.
—He estado esquiando en los Pirineos con mis padres —respondió finalmente—. Volvimos ayer en zepelín. ¿Habéis terminado ya el interrogatorio?
Mentía. O, peor aún: creía decir la verdad.
Miré a Luna y supe que ella también lo había entendido. El Ministerio les había construido recuerdos nuevos. Recuerdos falsos.
—Rolo —pregunté entonces—, ¿tú dónde has estado?
El chico dejó de masticar.
—En casa de mi abuela, claro. Celebrando Saturnalia.
—¿Y cómo terminaste tirado en la nieve, junto a unos contenedores?
Rolo se encogió de hombros.
—Ni idea. Supongo que me mandaron sacar la basura y me quedé dormido. Mi abuela cocina demasiado. Seguro que me dio un empacho.
Soltó una carcajada y siguió desayunando.
Aquello resultaba espeluznante. Cada uno parecía recordar una historia diferente.
—¿Y tú, Chiara? —preguntó Luna, ya sin demasiadas esperanzas en su voz.
—En casa de mis padres, si es que es tan importante para ti saberlo —respondió Chiara secamente.
Después del desayuno subimos directamente a mi habitación.
Necesitábamos pensar.
Necesitábamos decidir qué hacer cuando Horacio regresara con el Catalejo Temporal reparado.
Luna se sentó sobre la alfombra, rodeada de papeles y anotaciones.
Yo caminaba arriba y abajo sin parar.
—¿A qué hora llegará Horacio con el Catalejo? —preguntó Luna, impaciente.
—No lo dijo, pero espero que pronto. Si conseguimos grabarlo todo… —murmuré—. Si logramos demostrar lo que hicieron…
No terminé la frase.
Porque, justo en ese momento, escuchamos un motor acercándose a la Academia.
Nos quedamos inmóviles, porque aquel sonido era extrañísimo. Con la nieve todavía cubriéndolo todo, casi ningún vehículo podía subir hasta Videntia, a excepción de las invenciones raras de Horacio. ¿Sería él?
Me acerqué rápidamente a la ventana, lleno de esperanza.
Pero al ver quién era, sentí un nudo horrible en el estómago.
No era la motolocomotora de Horacio.
Era un vehículo oficial del Ministerio.