Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 29
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Madame Tilde casi se echó a llorar al ver a los cuatro desaparecidos aparecer cubiertos de nieve y medio congelados.

Se apresuró a conseguir sopa caliente, mientras los profesores salían con mantas y objetos calentados en la chimenea para desentumecerse las manos.

Cloterfin organizó el caos a gritos, aunque se le notaba realmente aliviada de volver a verlos.

Pronto, Madame Tilde reapareció con cuencos de caldo de verduras y comenzó a repartirlos.

Rolo se bebió el suyo de un trago.

—¡Vamos a necesitar algo más sólido que esta sopa de calcetín!

Todos echamos a reír ante su comentario. Respiramos un poco más tranquilos al ver que Rolo seguía siendo Rolo.

—Vamos, acompañadme a la enfermería —ordenó Cloterfin—. Hay que mediros la fiebre y limpiaros esos arañazos… ¡Seguidme!

Tras asegurarse de que los cuatro estaban bien, calientes y atendidos, Markus pidió hablar con nosotros dos y con Horacio en privado.

Nos recibió en su despacho, donde la chimenea apenas conservaba unas brasas débiles para ahorrar carbón. El calor era escaso, pero, aun así, Christian y yo nos acercamos al fuego en cuanto entramos. Seguíamos helados después del viaje por la nieve.

El despacho estaba exactamente igual que siempre, con las butacas de cuero frente al fuego, las enormes estanterías de madera y, sobre la mesa del director, el pisapapeles con forma de paloma y peana cuadrada que yo había utilizado unos meses antes para deshacerme del inspector Artimorti. Era un buen recuerdo, más o menos.

Horacio observó la estancia con cierta nostalgia.

—Me hace mucha ilusión volver a verte, viejo amigo —le dijo al director.

—Horacio… —respondió Markus.

Su tono me sorprendió: no sonaba contento de ver a Horacio. Es más, ni siquiera se sentó, lo cual me pareció extraño.

—Hace mucho tiempo que no nos veíamos —añadió Markus, visiblemente incómodo.

El inventor sonrió levemente, pero Markus continuó hablando antes de que pudiera responder.

—Aunque reconozco que me habría gustado más verte en otras circunstancias. No estoy precisamente feliz de que hayas traído a la policía del Ministerio hasta las puertas de la Academia. ¿Dónde están ahora? Habrá que ir a buscarlos… alguien vio cómo se estrellaban en el bosque.

Horacio frunció el ceño.

—Nos seguían por haber rescatado a tus alumnos. No son buena gente.

Markus soltó una risa irónica.

—Siempre hemos tenido problemillas con el Ministerio: subvenciones que no se conceden, permisos atrasados… pero eso no es motivo para dejar que se estrellen en la nieve. O para decir que son malas personas.

—¡Pero Horacio dice la verdad! —protestó Christian—. Han hecho cosas terribles.

Markus levantó la mano para hacerlo callar.

—Christian, por favor, no te entrometas. No conoces a Horacio. Yo sí.

Su voz sonaba cansada. Se giró hacia el inventor.

—Horacio, sé que tuviste problemas con el Ministerio en el pasado. Probablemente, no se lo has contado todo a mi hijo y a Luna. También sé que te tienen vigilado, y seguramente, con buenos motivos. Y no quiero que Videntia se vea implicada en tus líos.

El inventor lo miró desconcertado.

—Markus… dejaron a esos pobres chicos tirados en la nieve. Se habrían congelado de no ser por la insistencia de Christian y Luna.

—¿Luna tuvo otra visión? —preguntó Markus, sorprendido—. ¿Y por qué no vinisteis a contármelo?

—¡Porque no nos hacías ni caso! —explotó Christian—. Te dije también que mis Óculus no funcionaban y te dio igual… ¡solo me dijiste que descansara un rato! ¿Qué clase de respuesta es esa?

—Un poco de respeto al hablar a tu padre, Christian —lo reprendió Markus.

—¡Les han borrado recuerdos! —solté de golpe, interrumpiendo la discusión entre padre e hijo—. Los casos del Ministerio. Los trofeos de Andrea y Rolo. Todo eso…

Markus soltó una breve carcajada incrédula.

—¿Un borrado de memoria? ¿El Ministerio? Luna, eso es absurdo. No deberías escuchar las locuras de Horacio.

Christian se puso en pie tan rápido que la butaca chirrió contra el suelo.

—Entonces es verdad —dijo—. ¡Tú tampoco recuerdas nada!

El director lo miró fijamente.

—¿Perdón?

—Padre, escúchanos. Lo contaminaron todo con niebla temporal. Nos impidieron ver lo que hacían con las Óculus. Pero por suerte encontramos un pasadizo secreto y pudimos salir, y así encontramos a los compañeros desaparecidos…

Markus negó despacio con la cabeza.

—Basta, por favor. Horacio os ha llenado la cabeza de historias ridículas.

El inventor bajó la mirada unos segundos. Aquello pareció dolerle de verdad.

—Por favor, Markus… escúchalos, viejo amigo.

—Llámame solo Markus, Horacio.

El inventor asintió lentamente.

—Está bien… Markus. Tu hijo y esta muchacha son dos estudiantes valientes. Han hecho una gran labor. Pero hay algo que no entiendes. El Custodio existe. Y después de lo que ha ocurrido… seguirá existiendo.

—El Custodio son leyendas.

—No lo son.

—Por supuesto que sí.

Christian dio un paso adelante.

—Padre, podemos demostrarlo. Ven con nosotros. Hay unos documentos que lo explican todo. Sabemos dónde están.

Markus suspiró, claramente agotado.

—Christian…

—Solo ven, por favor.

Nos costó convencerlo, pero finalmente aceptó acompañarnos.

Bajamos con él y Horacio hasta la cocina desierta. Las luces de gas estaban casi todas apagadas y todavía flotaba en el aire el olor a sopa y pan caliente de la cena.

Christian forzó de nuevo la cerradura de la cocina; luego yo abrí el mecanismo oculto con el broche y descendimos otra vez a los Archivos Prohibidos.

Pero, al llegar abajo, todo había cambiado.

Las vitrinas estaban abiertas.

Los archivadores habían desaparecido.

Las estanterías estaban vacías.

Todo vacío. Ni una mota de polvo.

Alguien se lo había llevado todo.

Horacio nos miró con pena, asintiendo como si ya se hubiera esperado algo así.

Markus abrió uno de los pocos libros que quedaban en las estanterías.

Frunció el ceño.

—Harina, azúcar, leche, carbón… Esto son solo libros de contabilidad antiguos.

Lo cerró con desprecio.

—¿Es esto lo que queríais enseñarme? ¿La prueba irrefutable de la existencia del Custodio y esos terribles borrados de memoria?

Sentí que me dolía el estómago. Horacio parecía completamente descompuesto.

—¡No… no! —gritó Christian—. Aquí estaban los archivos… en el lomo ponía «Custodio – CONFIDENCIAL»

—Basta —dijo Markus con firmeza—. Basta ya, hijo. Salgamos de este almacén polvoriento.

El inventor alzó la cabeza.

—¿No te acuerdas del Catalejo Temporal? ¿Del Disipador? ¿De los laboratorios del Ministerio? ¡Tú trabajaste conmigo!

—No recuerdo nada de eso, porque nunca sucedió.

—¡Porque te lo borraron!

El eco de aquella frase resonó por la pequeña estancia.

Markus apretó la mandíbula y se giró hacia la salida.

Subimos otra vez a la cocina y allí, en mitad de la oscuridad y el silencio, el director señaló la puerta.

—No puedo permitir esto en Videntia, Horacio. Ahora, te invito a que te marches y nos dejes seguir viviendo en paz.

Horacio se quedó inmóvil.

—Markus…

—Vete, te lo ruego —ordenó Markus en voz baja, pero firme.

Christian se puso al lado de Horacio.

—Pues yo también me voy.

—Christian —advirtió Markus.

—No pienso quedarme aquí fingiendo que no pasa nada. Este hombre nos ha ayudado.

—¿Estás llamando mentiroso a tu padre?

El ambiente se tensó tanto que me entraron ganas de salir corriendo.

Me apresuré a empujar a Christian hacia mí antes de que aquello empeorara aún más.

—Christian… se ha dado un golpe en la cabeza durante el trayecto —improvisé—. Voy a llevarlo a… a enfermería.

No sé si Markus me creyó o simplemente estaba demasiado cansado para discutir, pero no nos siguió. Se dio la vuelta y regresó a su despacho.

En cuanto salimos al pasillo, Horacio agarró a Christian por los brazos.

—Escúchame. Tu padre sigue siendo tu padre. Solo que ya no recuerda ciertas cosas.

Christian palideció.

—¿Y cuánto durará esto?

Horacio miró alrededor antes de responder.

—No lo sé. Unos meses. Unos años. Para siempre… ni idea. Es lo mismo que han hecho con los testigos y vuestros compañeros investigadores. Y con cualquiera que supiera demasiado.

Sentí un escalofrío horrible.

—Antes eliminaban a la gente —continuó el inventor en voz baja—. Después descubrieron algo mucho más limpio.

Se acercó a una ventana.

La Oruga de Nieve seguía ahí, en el patio.

—Yo inventé la mayor parte de esa tecnología —admitió Horacio—. Y me arrepiento cada día de mi vida.

Christian tragó saliva.

—¿Te refieres a la niebla temporal?

—También. Pero no solo eso.

El inventor cerró los ojos unos segundos antes de añadir:

—El Limpiador de Mente.

Ninguno habló.

—¿Es ese el artefacto con el que han borrado la memoria de mi padre? —preguntó Christian finalmente.

—Y la de vuestros compañeros. Por eso, los del Ministerio no necesitan entrar aquí con pistolas. Por eso se han quedado ahí en el bosque y no tienen ninguna prisa. Saben que nadie recuerda nada importante.

—Tú sí lo recuerdas.

Horacio soltó una risa amarga.

—Yo solo soy un inventor al que todo el mundo considera loco. Y yo no estuve ahí mientras investigaban esos casos. Yo solo inventé las máquinas.

Se hizo el silencio. Después, Christian habló de golpe:

—Podríamos grabarlo todo. Podemos volver al Ministerio, seguro que invitaron a mi padre a alguna reunión sin importancia y aprovecharon el momento. Si reparas el Catalejo Temporal, Elba puede colarnos en el Ministerio, yo busco el momento con mis Óculus y usamos el Catalejo para grabar las pruebas.

Horacio dudó.

—Sí, podemos hacerlo, pero aun así, tendrían que creernos. Dirían que es un truco óptico. Una manipulación.

Luego añadió algo que hizo que Christian volviera a levantar la cabeza.

—Pero quizá exista otra opción.

Nos miró a los dos.

—Si tuviera tiempo… meses quizá… podría construir un mecanismo inverso.

—¿Inverso? —pregunté.

—Algo capaz de recuperar recuerdos eliminados.

Christian abrió mucho los ojos.

—¿Podrías devolverle la memoria a mi padre?

—Tal vez.

Por primera vez desde hacía horas, apareció un pequeño rastro de esperanza en su cara.

Horacio suspiró.

—Aunque necesitaría mucho tiempo. Probarlo. Ajustarlo. Volver a probarlo…

—Bien —dije—. Me parece buena idea. Pero arregla ese Catalejo Temporal. Yo también creo que la idea de colarnos a grabar las pruebas en el Ministerio es la mejor. ¿Podrás, Horacio?

El inventor asintió, pero se quedó pensativo. Después, nadie habló durante unos segundos.

Luego el inventor miró hacia la calle nevada.

—Tengo que volver a la ciudad. Repararé ese Catalejo y os lo traeré mañana.

Christian dio un paso adelante inmediatamente.

—¿Mañana?

Horacio sonrió un poco.

—A veces incluso los inventores necesitan dormir un poco, muchacho.