28
Cuatro pares de botas sobresalían de la nieve, junto a la pared trasera del Ministerio.
Me quedé inmóvil.
Durante un segundo, nadie respiró.
Todo era exactamente igual que en mi visión.
Di un paso más y reconocí la mano de Andrea, cubierta de anillos.
—No… —murmuré.
Corrí hacia ellos.
La nieve les cubría casi medio cuerpo. Estaban tumbados junto a los contenedores, inmóviles: Andrea, Rolo, Chiara y Charly. No había duda.
—¡Rolo! —grité, cayendo de rodillas junto a él.
Le aparté la nieve de la cara redonda, con las manos desnudas. Estaba helado y completamente quieto. Le di un par de palmadas en el rostro sonrosado.
—No, no, no… ¡Despierta, Rolo! ¡No puedes dormirte aquí, cabeza de gironut!
Christian se lanzó hacia Andrea y empezó a sacudirle el hombro.
—¡Andrea! ¡Eh, Moritz! ¡Levanta de ahí, que se te está estropeando el uniforme!
Nada.
Horacio se arrodilló junto a Chiara y le tomó el pulso.
Lo miramos en silencio, aterrorizados mientras esperábamos su veredicto.
Finalmente habló en voz baja.
—Está viva.
Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Puse una mano sobre el cuello de Andrea y otra sobre el de Rolo.
—También respiran —dije.
Rolo abrió los ojos apenas un poco.
—¿Mamá…? —murmuró.
Le quité la nieve de las mejillas.
—No. Mucho peor. Soy Luna Parker.
Rolo parpadeó, confundido.
—Mamá… tengo mucho frío…
—Normal. Estás tumbado en la nieve, pedazo de queso. Levántate o te vas a quedar como un carámbano.
Al oírnos hablar, Charly empezó a moverse con torpeza e intentó incorporarse.
—¿Dónde… estamos?
Chiara abrió los ojos, pero su mirada estaba vacía, como si no nos viera.
—Tengo que volver a clase —susurró—. El profesor Vardot se enfadará si llego tarde. Y no he terminado el trabajo de Psicometría y Reconstrucción Temporal…
Christian y yo nos miramos. Estaban muy confundidos, pero al menos seguían vivos.
No se habían congelado de milagro.
—Parecen los efectos secundarios de un borrado parcial —murmuró.
—¿Qué? —pregunté.
—Después. Ahora hay que sacarlos de aquí… o se convertirán en cubitos de hielo con uniforme.
Christian se levantó de golpe.
—Sí. Ya voy.
Entre los tres empezamos a arrastrar a nuestros compañeros hacia la Oruga. No fue fácil. Estaban medio dormidos y apenas podían mantenerse en pie. Parecían despertar a ratos, pero a veces nos miraban como si fuéramos desconocidos.
—Parker… —murmuró Andrea al reconocerme—. ¿Qué haces aquí?
—Salvarte la vida. Aunque parezca increíble. Ni yo misma sé por qué lo hago.
—Ah… Vulgares… siempre tan básicos…
Puse los ojos en blanco, aunque en el fondo me alegré. Al menos seguía siendo Andrea, tan insoportable como siempre.
Rolo pesaba como un saco de harina de cincuenta libras. Tuve que darle unas cuantas palmadas más para que se despejase y subiera solo a la caja trasera de la Oruga.
—No cabemos —le dije a Horacio, observando el poco espacio que quedaba.
—¡Obvio, Nido Andante! La Oruga de las Nieves está pensada para dos personas. O tres, si una pesa como una espiga de trigo. Pero vosotros sois seis… ¡seis!
Horacio nos miró uno a uno, sujetando el farol, y de pronto tuvo una idea.
—Un momento, ¿podemos dejar a alguien?
—¡Horacio! —lo reprendí.
—Solo preguntaba…
—Tendremos que caber —dijo Christian.
El inventor empezó a dar órdenes con una rapidez sorprendente.
—A ver, tú, el de la cara redonda, ponte ahí.
¡No, eso es el timón! Ponte dentro del cajón.
Tú, la rubia… agárrate a ese saliente. La otra chica, entre Luna y Christian.
Tú, chavalín raro, túmbate a los pies. Pero nadie toca la caldera, ¿me oís?
Y nadie mete el pie en las orugas. Y, sobre todo, ¡nadie vomita sobre los mandos!
—¿Eso ha pasado alguna vez? —preguntó Charly, medio dormido.
—No hagas preguntas si no quieres escuchar una respuesta horriblemente asquerosa.
Al final conseguimos meterlos a todos, apelotonados. Rolo quedó encajado detrás de mí, con la cabeza apoyada en el hombro de Christian.
—Christian… —murmuró.
—¿Sí?
—¿Por qué hueles raro?
—Porque hoy ha sido un día muy largo, Larden.
Yo subí la última, como pude.
—Esto no es un vehículo —gruñí—. Es una lata de sardinas con caldera.
Horacio lanzó otro ladrillo de carbón compactado y la Oruga tosió, con un sonido grave y entrecortado.
—Ese motor no suena nada bien —comenté.
—Tú tampoco estarías contenta si te obligaran a arrastrar a siete personas —respondió Horacio.
—¿Podrá arrancar?
—Por supuesto.
La Oruga no se movió.
Empezaron a escucharse sirenas a lo lejos.
—Horacio… viene alguien.
Horacio golpeó el panel de mandos.
—¡Por supuesto que va a arrancar! —repitió con menos seguridad.
Se oyeron más sirenas, cada vez más cerca.
Las orugas giraron de golpe y el vehículo avanzó medio palmo. Después otro. Luego empezó a moverse, lento como un caracol.
—Horacio… —dije, retorciéndome las manos—. ¿Los oye?
—¡Lo sé, lo sé! ¡Dadme un momentito!
Detrás de nosotros aparecieron dos faros rojos.
Luego otros dos.
El rugido de otro motor atravesó la tormenta.
—Por todas las calderas… nos han pillado.
—¿Qué pasa? —preguntó Christian.
—Los del Ministerio. Solo ellos tienen otro vehículo de nieve, capaz de avanzar con este temporal.
—¿Otro como este? —pregunté sorprendida—. Pensé que era la única.
Horacio hizo una mueca.
—No, el de ellos es diferente; un modelo anterior. Fue uno de los muchos inventos que les dejé tras mi paso por allí.
El vehículo ministerial empezó a acercarse.
Nosotros, en cambio, avanzábamos como una tortuga coja.
—Vale —dijo Christian—. Pero la Oruga de las Nieves es más nueva, así que debe de ir más rápido que la máquina del Ministerio, ¿verdad?
Horacio lo miró.
—En absoluto —respondió, palmeando la caldera—. Esto no puede ir más rápido. Solo habría una manera de aumentar nuestra velocidad…
—¿Cuál? —preguntamos Christian y yo al mismo tiempo.
—Soltar toda la carga.
—¿Qué carga? —preguntó Charly, abriendo un ojo.
Horacio nos señaló a todos.
—Pues a vosotros, claro —respondió resignado—. Esto está preparado para llevar a dos personas, no una excursión escolar completa.
El vehículo del Ministerio estaba cada vez más cerca. Una voz amplificada por un megáfono retumbó en la noche.
—¡Deténganse, en nombre del Ministerio!
Chiara alzó la cabeza, aturdida.
—¿Por qué nos persigue el Ministerio?
Le apreté la mano.
—Porque has descubierto algo que no quieren que recuerdes.
Chiara parpadeó.
—¿Qué? No sé de qué me hablas.
—¡Exacto! —dije—. Esa es la cuestión.
Horacio giró con brusquedad hacia una avenida lateral. La Oruga patinó y los del cajón de atrás casi salieron volando.
Todos gritamos, y Rolo me aplastó contra el cuadro de mandos.
—¡Perdón!
—¡No pasa nada! —mentí, frotándome la frente.
Me alegré muchísimo de haberme puesto el casco de Horacio. Lástima que no hubiera para todos.
La máquina ministerial nos siguió, levantando una nube de nieve a su paso.
Horacio empezó a tocar botones y palancas. A cada elemento que activaba, miraba hacia atrás esperando una reacción.
Primero salió una ducha.
Luego una cafetera.
Después, una pequeña bocina que tocó tres notas desafinadas de una canción típica de Saturnalia.
—¡Maldiciones! —gruñó.
—¿Piensa derrotarlos con música y café? —pregunté, apartándome del chorro de agua de la ducha.
—¡Estoy buscando el botón correcto!
—¡Pues búsquelo más rápido! ¡Nos pisan los talones!
Un golpe seco sacudió la parte trasera.
El vehículo ministerial nos había alcanzado, aunque resbaló de nuevo hacia atrás.
Andrea soltó un gemido.
—No pasa nada —le dije, señalando hacia el monte lejano, coronado por el edificio nevado que era nuestro hogar—. Estamos ya bastante cerca de la Academia.
—¿Cerca de la Academia? —murmuró ella—. Pensaba que estábamos dentro de la Academia…
Nadie respondió.
Teníamos suficiente trabajo intentando no salir despedidos.
La avenida empezó a inclinarse hacia arriba.
La cuesta del monte de Videntia apareció ante nosotros, blanca, empinada y casi invisible bajo la tormenta.
Horacio sonrió.
—Ahora empieza lo divertido.
—¿Esto no era lo divertido? —preguntó Christian, sujetándose el casco con una mano.
—¡Esto era solo la introducción!
La Oruga empezó a subir por la pendiente.
Al principio pensé que sería imposible. El motor rugió, las orugas escupieron nieve y la caldera empezó a vibrar como si quisiera explotar. Íbamos demasiado cargados y, en consecuencia, demasiado lentos.
Detrás de nosotros, la locomotora ministerial también entró en la pendiente.
—Horacio —dije—. Nos alcanzan.
—Lo sé.
—¡Haga algo!
—¡Estoy pensando, ya te lo he dicho, Cabeza de Nido!
—¡Pues piense más fuerte!
Miré hacia atrás.
Los faros del vehículo ministerial iluminaban la nieve a pocos metros. Un hombre asomó medio cuerpo por la ventanilla con un megáfono.
—¡Deténganse! ¡Entréguense sin resistencia y no les ocurrirá nada!
—¿Quién es ese del megáfono? —murmuró Rolo—. Los megáfonos molan, ¿eh?
—Ahora no, Rolo —dijo Christian.
La Oruga empezó a perder tracción.
Durante un instante dejamos de avanzar, y luego empezó a deslizarse hacia atrás.
—No… —susurré, tapándome los ojos.
Horacio abrió una pequeña compuerta. Dentro guardaba varios ladrillos compactos de color rojo intenso, mucho más pequeños que los anteriores.
—¿Qué es eso? —preguntó Charly.
—Una mala idea —exclamé, recordando perfectamente para qué servían los ladrillos rojos: activaban la supervelocidad… a cambio de un alto peligro de explosión.
—Las malas ideas son útiles cuando las buenas ya han fracasado —replicó Horacio con una tranquilidad aterradora.
Abrió la minicaldera y lanzó varios ladrillos rojos dentro.
La llama rugió, y la aguja de temperatura saltó directamente a la zona roja de peligro.
—Ahora sí, estudiantuchillos —dijo Horacio—. Agarraos fuerte… porque vamos a volar.
—¿A volar? —preguntó Andrea asustada.
Horacio no respondió.
La Oruga arrancó con una fuerza brutal.
Subimos la cuesta a toda velocidad, dejando atrás una nube de vapor, nieve y humo negro.
El vehículo ministerial intentó acelerar también, pero la pendiente y el hielo empezaron a jugar en su contra. Patinó, luego recuperó tracción y luego volvió a patinar hacia abajo.
Aun así, seguía cerca.
El portón de la Academia apareció arriba, cerrado y cubierto de escarcha.
—No podremos entrar —dijo Christian.
—No necesitamos entrar —respondió Horacio.
Christian lo miró horrorizado.
—No… Pensará hacer lo que yo creo, ¿verdad?
—Sí.
—¡No!
Horacio apretó un botón.
Salió una sirena.
Apretó otro.
Salió una sartén con brazo articulado.
—¡Horacio! —gritamos todos, agarrándonos a cualquier saliente disponible, mientras la Oruga rebotaba en todas las piedras y baches a una velocidad de vértigo.
—¡Estoy en ello!
Apretó un tercer botón y, por fin, un parabrisas de cristal blindado se levantó delante de nosotros. Luego apareció un alerón detrás. Debajo de las orugas se desplegaron unas alas cortas de cobre.
Andrea abrió muchísimo los ojos.
—Esto no cumple ninguna normativa —gritó—. Los abogados de mi padre dirían que…
—¡Por eso funciona! —gritó Horacio.
El portón estaba cada vez más cerca.
El vehículo ministerial también.
—¡Agarraos! —rugió Horacio.
La Oruga alcanzó una piedra plana cubierta de nieve junto al camino, la usó como rampa y se levantó del suelo.
Durante un segundo imposible, volamos.
¡Volamos!
No mucho; lo justo para saltar el último tramo de la cuesta, rozar el muro lateral de la Academia y caer al otro lado del portón, en pleno patio central.
El vehículo ministerial patinó cuesta abajo, rodó hacia el bosque lejano y desapareció entre la tormenta.
Pero, obviamente, los problemas no habían acabado.
Al aterrizar, la Oruga empezó a dar trompos sobre la nieve.
No supe dónde estaba el norte, el sur, mis pies ni cuántos compañeros tenía encima.
Rolo gritó.
Andrea chilló más fuerte.
Christian gritó mi nombre.
Yo intenté agarrarme de él y solo conseguí arrancar la manga de Horacio.
La Oruga fue dando botes hasta chocar contra el árbol de Saturnalia.
El abeto nos hizo de red de protección.
El pobre árbol se inclinó por el impacto y todas las decoraciones, junto con montones de nieve, salieron despedidas: engranajes dorados, lazos rojos, bolas de cristal y el enorme sol metálico de la punta, que salió disparado como un proyectil.
La Oruga continuó girando hasta acabar contra el muro, aunque ya con tan poca velocidad que salimos ilesos.
Cuando se detuvo, tenía el casco cubriéndome un ojo y mi primer pensamiento fue comprobar si los demás seguían vivos.
Christian estaba tendido sobre la nieve, con Rolo encima y una guirnalda enredada en los pies.
Levantó un pulgar.
—Estoy bien… —gimió.
Yo hice lo mismo.
Andrea, cubierta de nieve y con toda su dignidad destruida, murmuró:
—Espero que nadie haya visto eso.
Entonces un grito enorme nos respondió desde las ventanas.
Muchos compañeros habían visto nuestra entrada triunfal. Bueno… triunfal quizá no era la palabra. Fue una entrada patosa, absurda y completamente desastrosa, pero sí, triunfal a su manera.
Las puertas de la Academia se abrieron y profesores, alumnos en pijama e incluso un par de autómatas-camareros salieron al patio.
Madame Tilde apareció con el gorro de dormir puesto.
Frederic Torrest corrió desde su caseta.
Y, por fin, Markus Rosenberg cruzó la nieve con su levita roja ondeando detrás.
El patio entero quedó en silencio.
Markus miró primero la Oruga destrozada.
Luego a Horacio.
Después a mí y a su hijo.
Y finalmente a Andrea, Rolo, Chiara y Charly, que temblaban de frío, estaban pálidos y medio dormidos… pero vivos.
—Por todos los engranajes… —susurró Markus.
Horacio bajó de la Oruga, se sacudió la nieve del mono de cuero y alzó una mano.
—Hola, Markus, viejo amigo.