Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 27
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—¿Dónde están exactamente? —preguntó Luna.

Guardé las Óculus mientras Horacio recogía el Disipador, y señalé hacia el fondo del callejón contiguo.

—Por ahí. Junto a los contenedores de escombros.

Luna entrecerró los ojos hacia la oscuridad. La nieve caía cada vez con más fuerza.

—¿Es seguro ir ahí? ¿Viste a alguien del Ministerio con ellos?

Negué con la cabeza.

—No, estaban solos. Creo que es seguro. Es solo que…

No terminé la frase.

No quería contarle todo lo que había visto, porque era demasiado horrible. Temía que, cuando llegáramos, ya fuese demasiado tarde.

Y no quería decirlo en voz alta, como si pronunciarlo pudiera convertirlo en realidad.

—Vamos, subid a la Oruga —ordenó Horacio—. Llegaremos más rápido.

Avanzamos a media velocidad por detrás de los edificios del Ministerio. Las orugas aplastaban la nieve con un crujido húmedo, y los esquís delanteros abrían profundos surcos blancos bajo nosotros.

Ninguno se atrevía a hablar.

Entonces reconocí el lugar exacto.

—¡Para! —grité.

Horacio frenó en seco.

—¿Qué ocurre? ¿Es aquí?

Asentí lentamente.

Luna tenía la vista clavada en el mismo punto que yo: un callejón lateral, estrecho y oscuro, encajonado entre dos edificios de servicio. Al fondo se distinguían varios contenedores enormes cubiertos de nieve. Había restos de carbón, cajas rotas y sacos de basura congelados.

Un lugar sin importancia.

Un lugar perfecto para abandonar a alguien que no debía ser encontrado.

Luna bajó de la Oruga antes de que pudiera detenerla, como si supiera exactamente adónde debía ir.

—¡Rizos! —susurré—. ¡No vayas sola!

Pero no me hizo caso.

Avanzó hacia el callejón, hundiéndose en la nieve casi hasta las rodillas.

Salté detrás de ella. Horacio nos siguió, alumbrando la oscuridad con un farol.

Y entonces los vimos.