26
Horacio nos hizo volver a entrar y nos pidió que esperásemos junto a la mesa.
Al rato reapareció empujando una plataforma con ruedas sobre la que había colocado algo que solo podía describirse como un ventilador manual de tamaño medio.
En la parte trasera tenía una manivela que, probablemente, hacía girar las aspas cuando se accionaba con fuerza.
La parte delantera estaba cubierta por placas de cobre repujadas que impedían ver bien el mecanismo interior, aunque se distinguían cables, engranajes y unas aspas oxidadas y verdosas.
—¿Qué es esa cosa? —pregunté.
El inventor levantó la barbilla con muchísimo orgullo.
—Esto, estudiantes ingenuos, es un disipador inverso de retroecos temporales con ventilación cruzada, resonancia de cobre y estabilizador de memoria periférica.
Christian y yo nos quedamos mirándolo.
—No he entendido nada… —murmuré.
Christian me lanzó una mirada de advertencia, como si tuviera miedo de que, por culpa de mis comentarios, Horacio se echara atrás y volviera a echarnos del taller.
—Pues es bastante evidente —respondió Horacio, un poco ofendido—. Sirve para apartar la niebla temporal, por supuesto.
Señaló el aparato que había colocado sobre la mesa. Entonces me fijé en que estaba algo aplastado y que una de las aspas estaba muy torcida.
—¿La niebla de las Óculus? —preguntó Christian, esperanzado.
Horacio nos miró con cierta superioridad por encima de sus gafas de engranajes.
—Eso de “la niebla de las Óculus” no existe, jovencito.
Ya te he dicho que tus Óculus funcionan perfectamente.
La niebla no está dentro de las gafas. Es una interferencia artificial añadida en un lugar concreto para impedir el acceso al pasado.
Un humo invisible diseñado para tapar el rastro.
Imagina una cortina invisible… un muro de humo… una porquería ministerial, en resumen.
Se puso a ajustar un tornillo diminuto con una herramienta tan fina que me recordó a las que usaba Madame Tilde para pinchar bizcochos.
—Esto es un apaño. ¡Un remiendo! Así que no esperéis que dure mucho —explicó Horacio, concentrado en su trabajo—. No tengo las piezas adecuadas. Ni el material. Ni tiempo. Ni paciencia. Bueno, paciencia sí tengo, pero la desperdicio a diario con otras cosas. Como vosotros, por ejemplo.
—Cuando dice que va a durar poco, ¿qué quiere decir exactamente? —pregunté, esforzándome muchísimo por sonar amable.
—Funcionará unos minutos. Tal vez menos. O tal vez explote.
Christian levantó lentamente la mano.
—¿Explote… cómo?
—¡Bum! —exclamó Horacio, abriendo los brazos sin mostrar ninguna preocupación.
—Eso me tranquiliza muchísimo… —comenté.
Horacio no me hizo caso. Agarró el aparato y lo metió dentro de una enorme mochila de cuero.
—Bien. Dado que funcionará poco rato, necesitamos probarlo en un lugar donde sepamos con certeza que han usado la niebla temporal.
Tendrás una oportunidad… dos como máximo.
Así que pensad. Si fuerais el Custodio, ¿dónde esconderíais a cuatro estudiantes mientras les borráis la memoria de algo que no queréis que recuerden?
Entrecerré los ojos, pensando. Miré a Christian y él asintió. Hablamos a la vez:
—¡El Ministerio!
Horacio puso cara de horror.
—Ah, no, ni hablar —dijo—. Estoy vetado de acercarme a menos de una milla de ese lugar.
—Pero es lo más lógico —insistió Christian—.
Los sótanos del Ministerio tienen acceso restringido.
En medio de esta nevada, probablemente hayan enviado a todos los empleados a casa.
El edificio estará desierto. Un poco de niebla temporal y…
¡tachán! Nadie podrá saber quién entró ni quién salió del Ministerio durante la Gran Nevada.
Cualquier cosa que hagan quedará invisible para siempre ante los ojos de un vidente. Es el plan perfecto.
Horacio suspiró con fastidio.
—En eso debo darle la razón a Zanahoria…
Los dos lo miramos sorprendidos. A Christian no pareció hacerle ninguna gracia el apodo.
—¿Qué? —preguntó Horacio—. ¿No es tu nombre? Ella te ha llamado así antes.
—Rosenberg. Christian Rosenberg —corrigió él con mala cara.
—¡Ah, claro! Sí, sí… lo dijiste antes… —se golpeó la frente—. En fin, estoy de acuerdo con el hijo del honorable Markus.
Christian levantó la cabeza.
—¿Conoce a mi padre?
—Por supuesto. ¿Quién no conoce a Markus? Nadie puede usar un sombrero rojo de copa sin parecer ridículo… excepto él. Tiene algo que…
—Horacio —lo interrumpí. No quería escuchar un discurso sobre moda y sombreros—, es muy tarde. Tenemos que ir al Ministerio y probar el… eso.
—Sí, el disipador inverso de retroecos temporales con ventilación cruzada, resonancia de cobre y…
—¿Eso significa que nos ayudará? —lo interrumpió Christian.
—¿Os dais cuenta de lo lejos que está el Ministerio de aquí, verdad?
Nos miramos algo preocupados. Con aquella tormenta tardaríamos horas en llegar a pie.
—No importa —dije—. Caminaremos el tiempo que haga falta. Es nuestra única oportunidad de encontrar a nuestros compañeros y descubrir qué está intentando ocultar el Ministerio. Además, ahora tenemos los cubrebotas impermeables de Elba. Algo es algo…
Una sonrisa comenzó a dibujarse lentamente en el rostro de Horacio.
—Sí, claro… Podemos caminar durante horas, congelarnos bajo la nevada y llegar agotados, muertos de frío y sueño, a enfrentarnos con los malos más malos del Ministerio… —Alzó un dedo, satisfecho—. O… también podríamos usar… ¡esto!
Caminó hasta el fondo del taller de puntillas, como un payaso de circo, y tiró de una lona enorme.
Debajo apareció una máquina gigantesca construida a partir de otras máquinas todavía más absurdas. Se parecía vagamente a una locomotora cruzada con un coche de vapor sin techo, con dos asientos atornillados delante y una gran caja de madera detrás.
—¡Tachán! —exclamó—. ¡Os presento mi creación!
—No sé qué es, pero tiene pinta de no funcionar —dije sin poder contenerme.
Christian me dio un codazo en las costillas.
—¡Auch!
—Me encanta, Horacio —dijo deprisa—. Pero… ¿qué es exactamente?
El inventor volvió a levantar orgullosamente la barbilla.
—Una motolocomotora con orugas impulsada por carbón compactado. Originalmente servía para navegar por el agua.
Parpadeé.
—¿Por el agua?
—Sí, pero creo que funcionará sobre nieve. Aunque nunca la he probado. Por motivos obvios… no ha nevado así en cuarenta años. Pero tiene orugas recicladas de un tanque ministerial y, si quitamos las hélices delanteras y las sustituimos por unos esquís, debería funcionar perfectamente.
—No quisiera ser maleducada —dije—, pero ¿acaba de decir que nunca la ha probado?
Horacio sonrió.
—Nunca, claro. ¿Cómo iba a hacerlo? Hace cuarenta años que no nieva en Barcinova. Pero, haciendo un cálculo mental rápido, creo que no debería fallar.
Aquella frase no me tranquilizó lo más mínimo.
Horacio desapareció un momento en un cuartucho y reapareció con unos esquís enormes. Se agachó frente a la máquina, le quitó las hélices y las dejó a un lado. Luego taladró varios agujeros y empezó a atornillar los esquís en la parte delantera, usando un destornillador torcido.
Todo el proceso de transformación duró menos de diez minutos, lo cual me pareció especialmente preocupante.
Junté las manos e imploré en silencio al espíritu de mi madre, al Rey Sol de Saturnalia y a cualquier otra deidad disponible.
—¿Qué? ¿Lo probamos, estudiantes? Vamos, subid a mi Oruga de las Nieves. Tú, Zanahoria, abre el portón mientras yo arranco esto.
—En realidad me llamo…
Horacio ya no lo escuchaba.
Abrió la caldera del vehículo y lanzó dentro un ladrillo de carbón compactado de color fucsia. Del interior salió una llamarada enorme, que casi le chamuscó las cejas.
—¿No sería mejor usar uno menos potente? —pregunté—. Tengo entendido que es mejor arrancar con los ladrillos negros.
—¡Tonterías! Con vuestro peso, el mío, el disipador, las herramientas y la posibilidad de que nos persigan hombres armados del Ministerio, mejor demasiada potencia que poca.
Lo miré fijamente.
—¿Ha dicho “hombres armados del Ministerio”?
—He dicho “posibilidad”. ¡Venga, sube!
Mientras tanto, Christian había abierto el portón de par en par. Fuera, la nieve azotaba Barcinova y se había acumulado un pequeño montón frente a la entrada.
—Habrá que darle fuerte para superar ese obstaculito —comentó Horacio mientras yo me sentaba a su lado.
Luego me tendió un extraño objeto metálico que recordaba a un balón hueco con correas.
—Ponte esto. El otro es para Zanahoria.
Lo levanté sin entender nada.
—¿Y qué diantres es esto?
—Lo llamo casco. Se ata a la barbilla con esas tiras de cuero. ¿A que es bonito?
—¿Para qué sirve?
—Por si caéis.
—¿¡Si caemos!? —grité, agarrándome fuerte al asiento.
La caldera empezó a rugir como una locomotora diminuta despertándose de muy mal humor.
Horacio giró varias palancas y esperó a que la aguja alcanzara la zona roja.
—Agárrate, Cabeza de Nido… ¡y tú, Rosenberg en miniatura, sube ahora mismo! Voy a darle velocidad o nos quedaremos atascados en esa nieve tan impertinente que se ha acumulado frente a la puerta…