25
Horacio de Pábilo.
Por supuesto.
El inventor chiflado… que quizá no lo fuera tanto.
—Se encargaron de hacerlo parecer un loco —dijo Elba, asintiendo—, pero no lo es en absoluto. Es un hombre genial, solo… un poquito excéntrico.
—A juzgar por sus manuscritos, yo no estaría tan seguro… —murmuré.
—¡Oh, entonces lo conoces! —exclamó, sorprendida.
—No, realmente no. Solo he oído hablar de él, y encontré en un cuaderno suyo una mención a algunas cosas… Ahora lo entiendo todo mucho mejor.
—Sé dónde está su taller —afirmó Elba—. No queda lejos de aquí y, con esta nevada, seguro que estará en casa. Os prestaré un paraguas… y unos cubrebotas impermeables. Si os dais prisa, llegaréis de vuelta a la Academia para la cena.
—Oh, no te preocupes por eso —dijo Luna—. No podemos volver a la Academia… El lugar por donde vinimos está impracticable.
—¡Santos engranajes! Eso es una desgracia. En tal caso, id a ver a Horacio y después volved aquí. Os prepararé algo de cenar, y podéis dormir en mi sofá…
Antes de despedirnos, Elba nos entregó unas botellas de té caliente y unos bocadillos.
—Para el camino —dijo—, aunque son literalmente cinco minutos…
Tardamos el triple en llegar a causa de la nieve.
Desde que salimos de casa de Elba, un nuevo miedo nos invadió: el de que la gente del Ministerio supiera lo que habíamos descubierto… y pudiera encontrarnos. Peor aún: que tratasen de borrar de nuestra mente todo lo que sabíamos.
En ese caso, nos convertiríamos en simples espantapájaros sin recuerdos, incapaces de resolver nada.
Era un pensamiento horripilante.
***
Cuando llegamos, encontramos una casa estrecha y torcida, encajada entre dos edificios mucho más altos.
Del tejado sobresalían tubos de cobre que expulsaban humo, demasiado azul para ser normal, y todas las ventanas brillaban con luces intermitentes de distintos colores.
Algo zumbaba en su interior, como si la casa entera estuviera viva.
Nos recibió un hombre de edad indefinida, con largo pelo blanco escapando por debajo de un bombín abollado.
Llevaba perilla y bigote, y una camisa con corbata de seda bajo un mono de cuero marrón y negro, lleno de remaches puestos sin ton ni son para tapar agujeros.
Nos observaba a través de unas gafas similares a las Óculus…
aunque aquellas no parecían diseñadas para mirar al pasado.
Sus engranajes se movían tan deprisa que no pudimos distinguir el color de sus ojos.
—¡Bienvenidos a mi taller! —exclamó Horacio—. ¿Así que venís de parte de Elba? ¡Oh, la bella e inteligente Elba, una dama de las que ya no quedan! Los amigos de Elba Ulrich son mis amigos, así que… ¿queréis tortilla de palomitas? Justo estaba preparándola para mí.
—¿Tortilla de qué? —preguntó Luna, arrugando la nariz.
—¡De palomitas! ¡Pop! ¡Pop! ¿Es que no os gustan? ¿Qué clase de criaturas sois?
Se giró hacia una especie de fogones, donde un brazo mecánico removía los huevos en la sartén. Más allá, cientos de palomitas saltaban como locas dentro de un cuenco y rebotaban por toda la habitación en todas direcciones.
—Uy, se me está quemando. ¡Un momento!
Sonreí sin querer. No supe por qué, pero sentí una extraña sensación de tranquilidad. Al entrar en aquel taller me sentí seguro, aunque no entendía el motivo.
—Verá, señor Horacio… —empezó Luna—. Estamos aquí porque…
—¡Ya lo sé, espera! —gritó él.
Se giró para coger un artilugio parecido a una plancha de cobre con forma de mano, de la que colgaban dos cables terminados en pinzas.
—Apoya aquí la mano.
Luna obedeció, confundida.
—Ahora piensa tu respuesta —ordenó Horacio—. ¿Por qué estáis aquí?
Luna abrió la boca para responder, pero Horacio se la tapó rápidamente con la mano.
—¡Pero no lo digas! Necesito probar mi prototipo.
—De acuerdo…
Luna puso la mano sobre la placa. Horacio se colocó una pinza en cada oreja y cerró los ojos teatralmente.
—Sí… sí… ¡Lo tengo! ¡Habéis venido a advertirme de que el Ministerio piensa confiscar mi Máquina de Traducción de Idioma Gallináceo! ¡La MTIG! ¡Esos malditos funcionarios, siempre haciendo de las suyas!
Nos miramos, totalmente confundidos.
—Creo que no funciona… —murmuró Luna.
Horacio abrió los ojos, horrorizado.
—¡Claro que funciona! ¡Mis inventos siempre funcionan! —replicó, ofendido.
—Horacio… —dije—. No estamos aquí para criticar sus inventos ni para avisarle de ningún robo. Solo queremos pedirle ayuda. Elba nos ha dicho que usted podría ayudarnos.
El hombre se arregló los tirantes del mono y se ajustó el bombín.
—¿Y qué necesitaríais?
—Tenemos un problema con el Custodio y…
—¡Ja!
Horacio soltó una carcajada seca y se dio la vuelta de golpe. Se escondió detrás de la enorme mesa que ocupaba el centro del taller, donde descansaba una caja enorme llena de tuercas y engranajes.
—¿Qué pasa? —pregunté, acercándome unos pasos.
Horacio volvió a colocarse bien las gafas y empezó a girar tornillos con una herramienta diminuta.
—¿No conocéis el dicho?
Luna y yo nos miramos.
—No. ¿Qué dicho?
—«¡Con el Custodio nos hemos topado!» Mala suerte instantánea. Problemas garantizados. Catástrofes sin fin.
Arrugué el ceño.
—No tiene ninguna gracia.
—Claro que no. Por eso es un dicho excelente.
Señaló la tortilla con la espátula.
—No os puedo ayudar. Demasiado peligroso. Pero si queréis tortilla de palomitas…
Sacó la tortilla de la sartén y la dejó caer sobre un plato. Tenía un aspecto bastante sospechoso: amarilla, irregular y llena de bultos con forma de palomitas, aunque olía relativamente bien.
Luna dio un paso hacia él.
—Necesitamos su ayuda. Tenemos motivos para pensar que nuestros compañeros han sido secuestrados por gente del Ministerio. Elba cree que todo esto está relacionado con alguien a quien llaman el Custodio.
—Pues dadlos por perdidos.
—¡No! —gritó Luna, dando un manotazo sobre la mesa del reloj—. ¡De eso nada! Seguro que existe una manera.
Horacio parpadeó, sorprendido por el estallido de Luna. Era evidente que no había pasado años soportando que alguien lo llamase «puré de zanahoria con pecas».
Dejó el plato a un lado y retrocedió un paso.
—¡Qué carácter, señorita!
—Usted trabajó para el Custodio —insistió Luna—. Es el único que conoce sus secretos.
Mientras ella hablaba, me quité la mochila y saqué mis Óculus Nova.
—Soy Vidente, pero ya no puedo ver nada con mis Óculus. ¿Lo comprende? —le dije—. La gente del Ministerio ha ido dejando una especie de niebla rara por el camino, y me impide ver el pasado. ¿Sabe cómo se llama eso que hacen?
El inventor se quedó pensativo unos segundos.
—Impunidad —contestó finalmente—. Si borras la memoria de la gente, consigues impunidad. Puedes hacer lo que quieras sin que nadie pueda castigarte por ello. Y lo peor es que los videntes no podemos hacer nada.
Sentí un escalofrío.
—¿Usted fue vidente? —pregunté, sorprendido.
—¿Te sorprende? —preguntó él con aire burlón—. ¿Es por el sombrero? ¿O por mi manera tan elegante de caminar?
Si la situación no hubiera sido tan desesperada, me habría reído.
—Sí… esos tiempos quedaron muy lejos —continuó Horacio, con un aire extrañamente melancólico—. Quién volviera a ser joven…
Luna se acercó de nuevo a él.
—Por favor, Horacio. Usted es la única persona que puede ayudarnos. En serio.
El hombre se cruzó de brazos y se rascó la perilla, sopesando la situación. Los engranajes de sus gafas comenzaron a girar cada vez más rápido. Algunos incluso parecían a punto de salir disparados, como muelles locos.
Cuando por fin empezaron a desacelerar, Horacio descruzó los brazos.
—Lo siento. Ya os lo dije. No puedo meterme en esto.
Luna abrió la boca e inspiró nerviosamente. Solo con mirarla sospeché lo que estaba a punto de pasar: estaba a segundos de convertirse en una pequeña bola de furia recubierta de rizos.
Antes de que empeorase la situación, me llevé un dedo a los labios, pidiéndole silenciosamente que me dejara hablar a mí.
—Está bien, Horacio. Gracias igualmente —dije—. Vámonos, Luna.
—¡De eso nada, Zanahoria, no pienso…!
Tuve que taparle la boca, porque estuvo a punto de decir algo que probablemente habría empeorado las cosas.
Fuimos lentamente hacia la puerta. Luna arrastraba los pies, negándose a abandonar el taller sin una buena discusión. Cuando estábamos a punto de salir, me di la vuelta.
El inventor seguía en el mismo lugar, observándonos sin tocar siquiera su cena.
Entonces retrocedí unos pasos y saqué de la mochila el Caleidoscopio Temporal. Lo apoyé sobre la mesa, junto al resto de cachivaches.
—Gracias por inventar esto, Horacio. Nos ayudó a detener a un villano, aunque, por desgracia, se rompió al final de la misión —dije, bajando la cabeza hacia el caleidoscopio—.
Pero gracias a usted, mi padre sigue vivo.
Aunque no quiera ayudarnos, quería decirle que tenía razón: sus inventos funcionan.
Me di la vuelta y regresé junto a Luna.
—Vámonos. Nos espera una buena caminata hasta la Academia. Con suerte, llegaremos mañana por la mañana…
Abrimos la puerta, sintiendo que acabábamos de toparnos con un muro infranqueable.
La única persona que podía ayudarnos acababa de negarnos su apoyo.
Cuando fui a cerrar la pesada puerta del taller, escuché la voz de Horacio a nuestra espalda.
—Quietos, estudiantes… —dijo, arrastrando las palabras, como si solo una parte de él quisiera pronunciarlas—. Maldita sea… Volved a entrar. Creo que se me acaba de ocurrir algo .