24
—Un momento… —dije pensativa—. Eso del Custodio me suena muchísimo. ¿Dónde lo hemos visto antes?
Christian abrió los ojos de golpe.
—¡En los Archivos Prohibidos, Luna! —exclamó—. En las estanterías donde encontramos el diario de tu madre. Había otro archivador con una etiqueta que decía «Custodio — Confidencial». ¿Te acuerdas?
—¡Es verdad! —me llevé las manos a la cabeza—. Qué idiotas fuimos. ¿Por qué no lo revisamos?
—Porque cuanto menos sepáis, más seguros estaréis —respondió Elba con voz grave—. Y, sinceramente, después de lo que les ha ocurrido a vuestros compañeros… sigo pensando que quizá habría sido mejor que no os acercarais nunca a todo esto.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Un momento… ¡tuve una visión! Vi una palabra escrita, o, mejor dicho, medio borrada… vi las letras C, U, S. Cus… ¡ Custodio , claro! Todo cuadra. La visión quiso advertirme sobre eso.
—¿Pero qué es exactamente el Custodio? —preguntó Christian—. ¿Por qué es todo tan secreto?
Elba soltó una pequeña risa elegante.
—Yo solo soy una simple empleada del Departamento de Taquimecanografía Legal —dijo mientras removía el té—. No participo en las grandes decisiones del Ministerio. Pero ciertos documentos pasan por mis manos antes de ser archivados… y he aprendido a leer entre líneas.
Levantó lentamente la vista hacia nosotros.
—Y os aseguro que los Ministerios de Educación y Defensa están desarrollando algo muy peligroso. Algo que jamás debería hacerse público.
La chimenea crepitó suavemente.
—Algo por lo que serían capaces de matar —concluyó.
El silencio que siguió fue incómodo.
Nos estaba advirtiendo. Nos estaba diciendo que, si seguíamos adelante, nuestras vidas podían cambiar para siempre. Pero, aun así, ninguno de los dos pensó en detenerse.
Miré a Christian. Él me devolvió la mirada y asintió lentamente. Supe exactamente lo que estaba pensando.
—Continúa, por favor —dijo él—. Queremos saber la verdad. No nos importa lo que pueda pasarnos.
Elba suspiró y levantó ambas manos.
—Está bien, detectives. Os contaré lo poco que sé.
Se inclinó un poco hacia nosotros.
—¿Recordáis vuestra última visita al Ministerio? El día que os entregué el Caleidoscopio Temporal.
—Claro —respondió Christian—. Todavía lo guardo en mi mochila. Bueno… de recuerdo.
—Ah, ¿todavía funciona? —preguntó ella con verdadero interés—. Era una auténtica maravilla. ¿A que sí?
Negué lentamente.
—Artimorti lo destruyó cuando descubrió que lo teníamos. No quería que pudiéramos volver atrás en el tiempo y grabar todo lo que había hecho.
—Normal —dijo Elba con desdén—. A los delincuentes nunca les gustan las pruebas.
Se acomodó mejor en el sillón.
—El Ministerio prohibió fabricar más Caleidoscopios Temporales, porque eran demasiado peligrosos.
Imaginadlo: cualquier vidente podría usarlos para grabar fragmentos reales del pasado y utilizarlos como prueba de un crimen.
Bastaría con ajustar el Caleidoscopio Temporal a sus Óculus Nova. Demasiado fácil y efectivo.
Gruñí al recordar cómo habíamos usado precisamente ese sistema para desenmascarar a Artimorti.
—De todos modos, aunque siguiera funcionando, no me serviría de nada —murmuró Christian—. Cada vez que intento ver momentos clave del pasado solo encuentro niebla.
Elba asintió lentamente.
—Claro. Todo encaja con el Custodio.
Christian y yo nos incorporamos a la vez.
—¿Qué significa eso? —pregunté antes que él.
—Significa que los inventores del Caleidoscopio también desarrollaron su antítesis.
—¿Su… qué ?
—Un dispositivo capaz de impedir el funcionamiento del Caleidoscopio, e incluso, de las Óculus Nova.
Nos quedamos completamente quietos.
—Pero eso… eso destruiría la Academia, si existiera —susurré.
—Existe —afirmó Elba con seriedad—. Y crea una especie de niebla temporal que impide a los videntes acceder a ciertos fragmentos del pasado.
Christian abrió mucho los ojos.
—¡Eso es exactamente lo que me está pasando!
—Y a Frido también —añadí rápidamente.
—Entonces, no era yo, y mis Óculus no están estropeadas —exclamó Christian.
Elba asintió.
—Seguro que vuestras Óculus funcionan perfectamente. El problema no sois vosotros. Alguien está interfiriendo deliberadamente en la visión temporal.
Sentí un nudo horrible en el estómago.
—Por la Gran Turbina… ¡eso es aterrador!
Me levanté del sillón y empecé a caminar nerviosa frente al fuego, aprovechando para calentarme un poco las puntas de las botas.
—Si esa tecnología se extiende, los Videntes dejarán de servir para investigar —dije, uniendo cabos—. Los criminales podrán hacer lo que quieran y desaparecer sin dejar rastro. Nadie podrá ver el pasado. No habrá pruebas. ¡Será un mundo horrible!
—Exacto —respondió Elba—. Y eso es solo una pequeña parte de lo que puede hacer el Custodio.
La miré fijamente.
—¿Hay más?
Elba tardó unos segundos en responder.
—Mucho más…
Añadió otro tronco a la chimenea, sopló un poco y observó las llamas crecer antes de continuar.
—El verdadero objetivo del Custodio no es solo evitar que se descubran los crímenes. Es controlar los recuerdos de las personas. Eliminar pruebas incómodas, una vez alguien ya ha visto algo…
Noté cómo el aire de la habitación se volvía más pesado.
—¿Controlar recuerdos? —repetí.
—Los ingenieros del Ministerio desarrollaron métodos para borrar ciertos recuerdos de la mente humana. Y, si combinamos eso con la niebla temporal… el Custodio podría volverse invencible.
Christian se puso pálido.
—Entonces… ¿estás diciendo que pueden borrar la memoria de la gente?
—Sí.
La palabra cayó sobre nosotros como un bloque de hielo.
Pensé en Andrea, en Rolo, en Charly y en Chiara, y sentí auténtico miedo, porque una persona capaz de borrar recuerdos podía hacer cualquier cosa. Y ellos habían participado en casos muy delicados.
—Claro. Eso también cuadra con mi visión. La mano que borraba el nombre del Custodio… tiene lógica.
Elba volvió a sentarse lentamente.
Su expresión se había endurecido.
—Y aún hay algo más que deberíais saber.
Christian levantó la cabeza.
—¿Qué?
Elba dudó antes de hablar.
—Esto no te va a gustar, Christian.
Volvió a callarse. Los dos esperamos, hasta que el silencio se volvió insoportable.
—¿Qué es eso que no me va a gustar?
—Tu padre…
Christian se tensó de golpe. Elba sacudió la cabeza.
—¿Qué pasa con mi padre?
Elba bajó la mirada un instante antes de responder.
—Markus Rosenberg estuvo relacionado con el proyecto Custodio en sus inicios.
Christian se levantó bruscamente.
—¡Eso no puede ser!
—Escúchame primero —dijo Elba con calma—. Tu padre no sabía en qué acabaría convirtiéndose el proyecto. Participó porque creía que estaban investigando nuevas formas de ampliar las capacidades de los Videntes.
Christian respiraba cada vez más rápido.
—No. No me lo creo. Él nunca haría algo así.
—Cuando comprendió lo que realmente pretendían hacer… intentó detenerlos.
—¡No!
—Christian…
—¡Mi padre jamás ayudaría a gente así!
Elba sostuvo su mirada sin apartarse.
—Precisamente por eso se enfrentó a ellos.
La habitación quedó en silencio, y Christian bajó lentamente la vista. Me pareció que tenía los ojos vidriosos, como si estuviera a punto de llorar.
Me acerqué a él y le agarré suavemente el brazo.
—Eh, Zanahoria… —murmuré—. Elba acaba de decirte que tu padre intentó detenerlos. Eso es lo importante.
Él no respondió. Si hubiera hablado, seguro que se le habría escapado un sollozo. Y a Christian no le gustaba nada, pero que nada, que lo vieran llorar.
—Markus quería proteger a la gente, a sus alumnos —continuó Elba—. Pero sabía demasiado. Y es posible que el Custodio decidiera actuar contra él antes de que pudiera revelar la verdad.
Christian levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué quieres decir con “actuar contra él”?
Elba tragó saliva.
—Creo que primero intentaron asesinarlo en el parque de atracciones. Y, como eso les salió mal, es posible que después borraran parte de sus recuerdos. Así, ya no podría hacer nada contra ellos, porque no sabría nada de nada.
El silencio fue absoluto.
Y, de pronto, muchas cosas empezaron a encajar: la actitud extraña de Markus, su indiferencia, su forma inexplicable de minimizar las desapariciones… Era justo ese comportamiento tan raro que Christian y yo llevábamos días señalando.
—Por todas las turbinas… —susurré, dándome una palmada en la frente.
Christian volvió a sentarse lentamente, con aspecto de estar completamente destrozado.
—Elba —dije—. Si volviéramos al sótano del Ministerio, donde nos colaste la otra vez… ¿podríamos encontrar alguna forma de detenerlos? ¿Cómo podemos luchar contra alguien que borra el pasado?
Ella levantó un dedo.
—¡El Custodio no lo borra! —afirmó, con el dedo índice alzado—. Solo es niebla. Quizás no me he expresado bien.
Fruncí el ceño.
—Ya, pero es lo mismo, ¿no?
—No. La niebla solo oculta las cosas. Pero los recuerdos no se borran: siguen ahí. Flotando en los espacios por donde pasó un ladrón. En la mente de las personas que lo vieron. Solo que esos recuerdos están escondidos. ¡Pero aún existen!
Parpadeé, confundida.
Entonces vi que Elba estaba sonriendo, esperando a que yo entendiera su acertijo.
—Espera… —murmuré—. ¿Eso significa que esos recuerdos se pueden recuperar?
—Exactamente.
Christian levantó la cabeza poco a poco.
—¿Y cómo?
Elba se acomodó el chal sobre los hombros.
—Yo no puedo ayudaros —admitió—. Pero conozco a alguien que sí podría hacerlo.
Christian y yo intercambiamos una mirada inmediata.
—¿Quién?
Ella sonrió.
—Un antiguo inventor del Ministerio. Un genio.
Se inclinó hacia nosotros.
—Lo expulsaron, se burlaron de él y arruinaron su reputación para que jamás volviera a trabajar en ningún laboratorio de Barcinova.
La sonrisa de Elba se amplió apenas un poco. Christian y yo la miramos fijamente.
Nos quedamos de piedra cuando por fin nos desveló su nombre.