Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 23
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Las calles, cada vez más oscuras, parecían llenas de fantasmas. El viento era el único invitado en aquel escenario espectral y sacudía las altas palmeras, que se veían rarísimas con la nieve pesando sobre sus hojas dobladas y tristes.

Tardamos un buen rato en llegar hasta la Calle de Enrich Zeppelin. Caminar sobre la nieve acumulada era agotador y, en muchas zonas, el suelo estaba completamente helado. Menos mal que llevábamos sobresuelas con pinchos.

Finalmente, llegamos.

Aquella casa me trajo una avalancha de recuerdos.

La última vez que la había visto, las malas hierbas cubrían el jardín y un dóberman peligroso vigilaba la entrada, como un monstruo salido de una pesadilla.

Ahora todo era diferente.

La fachada había sido pintada de nuevo. Las persianas estaban reparadas y, tras las ventanas, brillaba una cálida luz dorada protegida por cortinas nuevas de color burdeos. La antigua casa de Filipo Ulrich seguía siendo un poco rara, pero ya no parecía abandonada.

Una fina columna de humo salía de la chimenea principal.

El jardín estaba enterrado en la nieve, y se intuía que seguía algo salvaje, pero alguien había despejado cuidadosamente un caminito entre la nieve hasta la puerta principal.

Todo el terreno estaba rodeado por una verja baja de hierro negro ornamentado.

Sentí como si la casa hubiera despertado lentamente después de muchos años dormida.

Nos acercamos a la entrada. Al otro lado se escuchaba un gramófono reproduciendo música tranquila de Saturnalia al piano.

Sonreí. No había duda.

—Es ella. Está en casa.

Cuando Elba abrió la puerta, cubierta con un chal, se quedó boquiabierta.

—¿Vosotros? —exclamó—. ¿Qué hacéis aquí en plena nevada?

Bajo el chal llevaba un jersey verde oscuro de cuello alto, adornado con un discreto broche dorado, y una falda larga algo gastada, ajustada a su delgada cintura.

Su pelo castaño estaba recogido en un moño bajo mucho más desordenado que cuando la habíamos visto trabajando en el Ministerio, con algunos mechones escapando alrededor del rostro.

También llevaba sus habituales gafas doradas.

—Sentimos presentarnos así, sin avisar —dije—, pero necesitamos tu ayuda, Elba.

Ella bufó y puso los ojos en blanco.

—No me lo puedo creer. Solo vosotros dos sois capaces de aparecer en mi casa durante la Gran Nevada del siglo. Venga, rápido, entrad, que se sale el calor.

En cuanto cruzamos el umbral, cerró la puerta deprisa para que no entrara el aire frío.

—¿Qué diantres hacéis aquí?

La última vez que habíamos estado en esa casa, estaba abandonada tras la muerte de Filipo Ulrich. Entonces, los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas, como en una casa fantasma. Ahora todo había cambiado.

Los muebles seguían siendo antiguos y oscuros, pero Elba había llenado la casa de pequeñas cosas que la hacían acogedora.

Había plantas en casi todas las esquinas, un ramo de flores secas sobre la mesa del comedor y una lámpara de gas encendida junto a un sillón, donde descansaban un libro abierto, una taza humeante y una tetera cubierta con una funda tejida a ganchillo.

La música suave del gramófono, unida al calor de la pequeña chimenea, había transformado aquella vieja casa fría y tenebrosa en un auténtico hogar.

—Sentaos —nos indicó Elba, señalando los sillones frente al fuego—. Calentaos un poco. Tenéis la nariz tan roja que parecéis dos tomates andantes.

Nos dejamos caer delante de la chimenea, casi tiritando.

—Menos mal que tienes calefacción —murmuró Christian mientras se frotaba las manos—. Casi nos congelamos por el camino.

—Normal. Está a punto de hacerse de noche. No deberíais estar en la calle.

Elba se acomodó en su butaca y cruzó las piernas con elegancia.

—Bueno… decidme qué os trae hasta aquí. Porque supongo que no habéis venido solo para felicitarme por Saturnalia. Estaba muy a gusto con mi libro, mi té y escuchando mi nuevo disco de Los Aeronautas de Cobre.

Sonreí mientras miraba alrededor.

No me sorprendía en absoluto ver a Elba celebrando Saturnalia sola, escuchando música y leyendo junto al fuego. De hecho, parecía perfectamente feliz así.

Me pregunté si algún día acabaría pareciéndome a ella.

Imaginé cómo sería vivir por mi cuenta, rodeada de libros, con una biblioteca gigante, un gramófono propio con mi música preferida y un horno donde preparar todos los dulces que quisiera.

Sin nadie diciéndome a qué hora levantarme o cómo debía comportarme…

Parecía mucho mejor que vivir atrapada con un ogro en una mansión dorada, como la señora Moritz, aunque menos interesante que montar una agencia de investigación con Christian.

Claro que eso nunca pasaría de ser una fantasía, porque…

—Decidme —preguntó Elba, sacándome de mis fantasías—. ¿Cómo estáis? ¿Recibisteis mi postal este verano?

—Sí —respondí—. Por eso sabíamos que te habías mudado aquí. Reconocí la dirección del remitente.

—Muy astuta, señorita Parker.

Le hice una pequeña reverencia teatral y ella sonrió antes de levantarse para buscar unas tazas desparejadas en una vitrina.

Realmente, muy poca gente me enviaba cartas a mí. Era fácil recordarlo.

—Bebed un poco de té antes de convertiros en estatuas de hielo —dijo llenando las tazas, y luego volvió a sentarse—.

Y ahora sí… ¿qué ocurre? Vi que finalmente encerraron a Artimorti.

Me alegré muchísimo. Aunque ya os dije la última vez que nos vimos que Artimorti no era más que la mano ejecutora.

Detrás de él hay personas mucho más poderosas, por desgracia.

Christian y yo intercambiamos una mirada.

—Precisamente por eso estamos aquí —dijo él—. Creemos que hay algo raro ocurriendo otra vez. Y sospechamos que el Ministerio podría estar implicado.

Elba suspiró lentamente y se dejó caer contra el respaldo de la butaca.

—Nada nuevo bajo el sol —murmuró con cansancio—. ¿Qué han hecho esta vez?

—Varios compañeros de la Academia han desaparecido —expliqué—. Y al menos dos de ellos habían participado en operaciones secretas relacionadas con altos cargos del Ministerio.

Elba no respondió inmediatamente.

Se limitó a mirarnos en silencio mientras hablábamos por turnos.

Vi cómo, poco a poco, una expresión extraña aparecía en su rostro.

No parecía sorpresa, más bien, confirmación.

Le contamos todo: lo de las desapariciones, las Óculus fallando, los trofeos en casa de nuestros compañeros, los casos secretos y todo lo que sospechábamos hasta el momento.

Cuando terminamos, Elba siguió callada unos segundos más.

Después, levantó lentamente las manos y empezó a aplaudirnos muy despacio.

—Enhorabuena, novicios —dijo al fin—. Veo que se os da bien caminar por la senda de la verdad.

Christian frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que adivinar algo una vez puede ser suerte. Pero dos veces ya no es suerte.

Nos señaló con una media sonrisa.

—Es talento. Sois muy buenos. Habéis dado en el clavo.

—Elba… —murmuré—. Entonces, ¿tú sabes lo que está pasando?

Ella se levantó despacio y caminó hacia una vieja vitrina llena de archivadores.

—Sí y no. Existe una figura dentro del Ministerio de la que muy poca gente ha oído hablar —dijo sin girarse—. Una figura secreta que lleva años acumulando más poder del que imagináis.

Christian y yo nos miramos.

—¿Una figura secreta? —repetí—. ¿Qué quieres decir exactamente?

Elba abrió uno de los cajones de la vitrina.

—Un departamento secreto, sumamente peligroso. No sabéis dónde os estáis metiendo, chicos… —respondió con voz grave—. Lo llaman… el Custodio.