22
Los Larden vivían en el tercer piso de un edificio antiguo sin ascensor. Comprobamos el apellido junto a la puerta principal y llamamos por el tubófono.
Igual que los padres de Andrea, se sorprendieron muchísimo al recibir visita en plena nevada. Y más aún al descubrir que éramos alumnos de la Academia… y que veníamos sin su hijo.
Cuando subimos, nos encontramos un apartamento pequeño y acogedor. Nada que ver con la mansión de los Moritz.
La casa de los Larden era humilde, pero cálida.
El papel de las paredes estaba un poco desgastado y los muebles parecían antiguos, aunque muy limpios y cuidados.
Solo había una estancia realmente caliente: el salón, donde una chimenea crepitaba alegremente con madera seca.
El resto se notaba tan frío como los pasillos de la Academia, y los padres de Rolo iban bastante abrigados, a pesar de estar dentro de casa.
Dos perros pequeños y escandalosos empezaron a ladrar y a enredarse entre nuestras piernas en cuanto la señora Larden abrió la puerta.
—¡Pimienta! ¡Tuerca! ¡Quietos!
Los apartó como pudo mientras nos hacía pasar.
La señora Larden tenía el pelo oscuro y rizado, recogido deprisa en una coleta medio deshecha. Llevaba un delantal lleno de harina y una gruesa chaqueta de lana tejida a mano, llena de bolitas.
Le explicamos que no encontrábamos a Rolo, y apareció en su rostro exactamente la misma expresión de angustia que había visto antes en la madre de Andrea.
El padre de Rolo, sin embargo, no se parecía en nada al señor Moritz. En cuanto vio a su esposa alterarse, se acercó inmediatamente a ella y la abrazó con ternura.
—No te preocupes, cariño —murmuró, acariciándole suavemente el pelo encrespado—. Seguro que se ha escondido en alguna parte. Ya sabes cómo es Rolo…
Luego se separó un poco, aunque sin soltarle la mano. Vi cómo se la apretaba discretamente antes de girarse hacia nosotros.
—¿Qué ha pasado, chicos? —preguntó preocupado—. ¿Cómo es posible que Rolo haya desaparecido?
—No lo sabemos… —respondí—. Pero creemos que alguien podría habérselos llevado.
Me costó decirlo en voz alta.
Pero era lo que mi intuición llevaba horas gritándome. Había visto a mis compañeros en el sueño. Y también aquellas pisadas en los túneles subterráneos.
—Pero eso es imposible —replicó el señor Larden—. La ciudad está bloqueada por la nieve. ¿Cómo podría alguien entrar o salir? ¿Y cómo habéis llegado vosotros hasta aquí?
Durante varios minutos nos bombardearon a preguntas. Fuimos respondiendo todo lo que sabíamos… o todo lo que podíamos contar sin mencionar pasadizos secretos, visiones premonitorias ni nuestra escapada ilegal de la Academia.
Finalmente, Christian tomó la iniciativa.
—Señora Larden… ¿recuerda algún caso importante en el que participara Rolo últimamente?
Los dos padres se miraron, confundidos.
—Pues… la verdad es que no mucho —admitió ella—. Cuando Rolo vuelve a casa suele ayudarme en la cocina o montar maquetas de trenes con su padre. No le gusta hablar demasiado de la Academia.
—Dice que ya pasa allí demasiadas horas —añadió el señor Larden con una sonrisa triste.
—¿Y no recibió algún premio hace poco? —pregunté.
El rostro del padre se iluminó un poco.
—¡Sí! Eso sí. Nos sorprendió muchísimo. Ya sabéis que a Rolo estudiar no le entusiasma demasiado… pero investigar sí. Markus Rosenberg lo eligió para colaborar en una operación especial.
La señora Larden suspiró.
—Aunque nunca nos explicó exactamente de qué se trataba.
—Venid —dijo, decidido—. Os lo enseñaré.
Nos condujo hasta la habitación de Rolo. La estancia estaba bastante ordenada, comparada con su habitación en la Academia. Sospechosamente ordenada, en mi opinión. Tuve la impresión de que sus padres habían recogido un poco.
Había maquetas de locomotoras por todas partes, raíles montados sobre tablas de madera y pósteres de planos ferroviarios y estaciones colgados en las paredes.
Encima de una estantería, entre dos trenes mecánicos, vi inmediatamente el trofeo.
Era dorado y exactamente igual al de Andrea, pero con el nombre de Rolo inscrito en la placa.
Sentí un escalofrío.
Christian también lo reconoció al instante.
—Ese premio… —murmuró—. ¿Tiene relación con el caso del Ministerio?
—Sí —respondió el padre—. Fue hace unos meses…
—En primavera —añadió la madre—. Poco después de su cumpleaños.
Christian intercambió una rápida mirada conmigo.
—¿Y qué hizo exactamente Rolo? ¿Por qué lo premiaron?
—No lo sabemos del todo —admitió el señor Larden—. Solo dijeron que había ayudado a resolver un asunto importante relacionado con corrupción dentro del Ministerio. Todo era alto secreto.
La señora Larden bajó la mirada.
—A mí nunca me gustó aquello.
Su marido suspiró.
—Ya hemos hablado de eso muchas veces, cariño.
—Pero sigo pensando igual —replicó ella—. Rolo es solo un adolescente, y es muy inocente para su edad. No debería verse involucrado en cosas tan peligrosas.
—Pero Rolo tiene un Don —respondió el padre con calma—. Y le gusta usarlo para ayudar. Es un buen chico.
—¡Pues ahora ha desaparecido! —contestó ella, al borde de las lágrimas—. ¿De verdad piensas que eso no puede tener relación? Desde el principio tuve un mal presentimiento.
Christian y yo nos quedamos en silencio. La señora Larden había dicho en voz alta exactamente lo que nosotros empezábamos a sospechar.
Nos costó muchísimo despedirnos de los Larden, porque querían hablar de Rolo sin parar. Nos preguntaron si comía bien, si seguía llegando tarde a clase, si tenía suficientes amigos, si se metía en problemas, si parecía feliz últimamente…
Se notaba que lo echaban terriblemente de menos.
Y mientras escuchaba a sus padres hablar de él, una idea horrible empezó a abrirse paso en mi cabeza: nosotros éramos los únicos que todavía podíamos encontrarlo, antes de que fuera demasiado tarde.
Antes de irnos, los señores Larden insistieron en que comiéramos un trozo de su tarta casera (que, por cierto, estaba deliciosa). Después, nos despedimos y bajamos las escaleras en silencio. Christian no habló hasta que llegamos al portal.
—Dos alumnos distintos, pero los dos han recibido el mismo premio. Y los dos relacionados con casos confidenciales del Ministerio.
La nieve golpeaba los cristales de la entrada como puñados de sal.
—Y ahora ambos han desaparecido —murmuré.
Christian asintió lentamente.
—No puede ser casualidad. Apuesto a que Chiara y Charly también estaban metidos en ese caso.
—El Ministerio está detrás. No hay duda.
—Sí, pero no podemos ir hasta el Ministerio en plena nevada. Y tampoco creo que nos dejasen entrar, de todos modos.
Caminamos calle abajo, abriéndonos paso entre la nieve acumulada.
Las farolas de gas empezaban a encenderse una a una, proyectando una luz amarillenta sobre la tormenta.
Entonces me detuve en seco.
—¡Elba Ulrich! —exclamé.
Christian se giró hacia mí.
—¿Qué pasa con Elba Ulrich?
—¿Es que no te acuerdas de ella? Trabajaba para el Ministerio. Nos ayudó en el caso de Eteria Park. Si alguien sabe qué tipo de operaciones secretas eran esas, es ella. Y, probablemente, es la única persona que estaría dispuesta a contárnoslo.
Christian frunció el ceño.
—Sí, pero vive al otro lado de Barcinova, y en unas horas anochecerá.
Negué con la cabeza.
—¡No, Christian, ya no vive ahí!
Él me miró extrañado.
—¿Cómo que ya no?
—¿No te acuerdas? La casa de su padre volvió a pertenecerle después de lo de Artimorti. Recuperó su herencia y se ha mudado allí, porque es mucho más grande que la que tenía alquilada en el barrio de los Ministerios.
Christian abrió mucho los ojos.
—La casa de la calle Enrich Zeppelin… ¡Claro!
Asentí.
Y, de pronto, los dos pensamos exactamente lo mismo. La antigua casa de Filipo Ulrich no distaba mucho de la de Rolo. Y, vista la situación, una empleada del Ministerio parecía nuestra única oportunidad de encontrar respuestas antes de que el caso se nos escapara de las manos.