Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 21
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—¿¡Dónde está mi niña?! —exclamó la señora Moritz, agarrándose al collar de perlas como a un salvavidas.

El enorme salón quedó en silencio. Solo se escuchaba el crepitar del fuego en la chimenea.

La madre de Andrea era tan guapa y elegante como su hija.

Llevaba el pelo rubio recogido en un moño alto y un vestido con corpiño de color berenjena, con bordados de oro en las mangas.

A su espalda, un gigantesco árbol de Saturnalia ocupaba una esquina entera del salón, decorado con pequeñas bolas de cristal, estatuillas de dioses romanos en bronce y velas encendidas.

Un enorme sol chapado en oro, símbolo de las fiestas, presidía la pared más grande, sobre uno de los sofás de piel.

A los Moritz, desde luego, el dinero no les faltaba.

—Cálmate, querida —respondió su marido con gesto severo.

El hombre seguía de pie delante de Christian y de mí, con los hombros tensos.

—Luna, quizás deberías aprovechar la chimenea para secar tu bota… —sugirió Christian.

Asentí. Era buena idea aprovechar el calor de la gigantesca chimenea para quitarme la bota y secar el calcetín empapado.

La señora Moritz alzó una ceja al verme colgar mi calcetín de rayas blancas y negras, ligeramente agujereado en la zona del dedo gordo, sobre su impecable chimenea de mármol.

Pero era demasiado educada para decir nada, y yo había pasado demasiado frío llegando hasta allí toda mojada.

—Creemos que Andrea ha desaparecido —repitió Christian—. Pero no es la única. Hay varios alumnos que no encontramos por ninguna parte.

—¿El hecho de que sean muchos debería tranquilizarnos? —respondió el padre con frialdad—. ¿Es que tu padre es un inepto y no piensa hacer nada?

Christian tragó saliva.

La señora Moritz se dejó caer lentamente en una butaca. Su marido, alto y corpulento, se ajustó el monóculo con gesto impaciente.

—Markus Rosenberg está registrando toda la Academia —respondió Christian con calma—. Nadie entiende qué ha ocurrido.

Mentía a medias, pero no me entrometí. Yo tampoco quería preocuparlos más de la cuenta. Para eso estábamos allí nosotros: para descubrir la verdad antes de que todo empeorara.

—¿Y aún no los han encontrado? —preguntó la madre, pálida—. ¿Cómo es posible? Pensaba que las puertas de la Academia estaban cerradas. ¿Cómo han salido?

—Exacto —intervino el señor Moritz, mirándonos con sospecha—. La ciudad entera está incomunicada. No hay globo-taxis, el subfluvial está congelado y las carreteras están cortadas. ¿Cómo demonios habéis salido vosotros de la Academia?

—Verá, eso no es lo importante… —empezó Christian, poco dispuesto a hablarle de nuestra pequeña infracción.

Pero el señor Moritz parecía cada vez más enfadado.

—Escúchenos bien —intervine yo—. Pensamos que Andrea ha sido secuestrada.

Los dos se quedaron congelados cuando dije eso.

La señora Moritz se llevó la mano al pecho y empezó a hacerse aire con la otra, como si fuera a desmayarse. El padre dio un paso adelante y me señaló con un dedo rígido.

—¿Cómo dices? ¿Qué está pasando en esa Academia? ¿Dónde está mi hija?

Me levanté despacio.

—Escúcheme, señor Moritz. Christian y yo somos compañeros de Andrea. Hemos cruzado media ciudad en plena tormenta porque queremos encontrarla tanto como ustedes. Queremos que aparezca ella y los demás alumnos. Nosotros no somos el problema. Solo estamos intentando ayudar.

La mujer rompió a llorar en silencio.

—Mi pobre niña… ¿Dónde estará con este frío?

El padre cerró los ojos un instante y respiró hondo antes de hablar de nuevo, esta vez con un tono más contenido.

—Nunca quisimos que Andrea entrara en esa Academia. Queríamos que fuera a la universidad y continuara con los negocios familiares. Pero le detectaron el Don y se empeñó tanto que no tuvimos más remedio que aceptar.

—Nuestra niña siempre ha tenido muchísimo carácter… —susurró la señora Moritz con tristeza.

En eso le daba la razón…

—Señor Moritz —dijo Christian—, la Academia Videntia ayuda a resolver casos por toda Paneuropa. Debería sentirse orgulloso de que su hija forme parte de eso, y dedique su esfuerzo a ayudar a la sociedad con su Don.

El hombre volvió a tensarse.

—¿Veis todo esto? —preguntó señalando el enorme salón, las lámparas de cobre y las vitrinas llenas de porcelana carísima—.

Nada de esto nos lo regaló nadie. Mi esposa y yo hemos trabajado toda la vida para construirlo.

¿Por qué ahora mi hija debe arriesgarse para solucionar los problemas de los demás?

Ni Christian ni yo supimos qué responder.

—No estamos aquí para discutir eso —intervine al final—. Solo queremos descubrir qué ha pasado. ¿Se les ocurre adónde podría haber ido Andrea? ¿A casa de algún familiar, quizá? ¿Es posible que… se marchara por voluntad propia?

El señor Moritz me fulminó con la mirada.

Pero yo no podía dejar de pensar en la conversación que había escuchado entre Andrea y Chiara durante la guerra de bolas de nieve. Andrea no quería volver a casa por Saturnalia.

Y ahora, viendo a su padre, entendía perfectamente por qué. Casi sentí empatía por ella.

—¿Cómo te atreves a insinuar que mi hija se ha escapado? —tronó el hombre—. Andrea es una estudiante responsable. Ella no hace esas cosas.

—Por supuesto, señor Moritz —intervino Christian rápidamente, lanzándome una mirada asesina—. Solo era una hipótesis.

El padre se pasó una mano por la barba antes de continuar.

—Mi hija solo puede estar en un sitio: en la Academia. Pero, si vosotros habéis conseguido salir, significa que existe una forma de entrar. Decidme por dónde habéis venido y enviaré a mis hombres inmediatamente. ¡No cejarán hasta que la encuentren!

Negué con la cabeza y señalé la bota todavía húmeda, que había dejado un charco frente a la chimenea.

—El túnel subfluvial ha quedado bloqueado —explicó Christian—. El hielo se rompió detrás de nosotros. Ahora mismo no puede cruzarse, ni navegando, ni a pie.

El señor Moritz soltó un bufido de frustración.

—Entonces, ¿qué podemos hacer?

—Intentemos pensar con calma —respondió Christian—. ¿Notaron algo raro en Andrea las últimas veces que vino a casa?

Los padres intercambiaron una mirada.

—No… —respondió finalmente la madre—. Andrea es una chica seria y estudiosa. Últimamente, incluso colaboraba en algunos casos importantes. Estaba muy orgullosa del trabajo que hacía junto a la policía.

Se levantó y empezó a observar las fotografías colocadas sobre la repisa de la chimenea.

—Mirad… aquí está cuando viajamos a Britannia. Le encantaba posar con las Óculus.

En la fotografía, Andrea sonreía delante del gigantesco Big Ben de Londinia, con pequeños aeróstatos cargados de turistas sobrevolando el cielo.

—Querida, no creo que eso les interese —murmuró el padre.

Pero yo ya me había acercado a las fotos.

En muchas aparecía Andrea en lugares exóticos, casi siempre sosteniendo orgullosa sus Óculus Nova. Sin embargo, una fotografía me llamó especialmente la atención.

Cogí el portarretratos.

En la imagen aparecían Andrea, Markus Rosenberg y el inspector Artimorti delante de la comisaría central de Barcinova. Andrea sostenía una medalla entre las manos.

Detrás del marco, apoyado contra la pared, había también un pequeño trofeo dorado.

—Al contrario, señora Moritz —dije—. Todo esto podría ayudarnos. ¿Qué premio es este?

La mujer sonrió con nostalgia.

—Fue un momento muy bonito. Premiaron a Andrea por ayudar a resolver un caso importante junto a la policía. ¡Estaba muy feliz!

Christian levantó la cabeza de inmediato.

—¿Qué caso?

—¿No lo sabéis?

Negamos con la cabeza.

—Qué raro… Pensábamos que era bastante conocido. Andrea ayudó en una investigación relacionada con corrupción dentro del Ministerio.

La mujer bajó un poco la voz.

—Hubo varios arrestos. Algunos altos cargos.

—Una vergüenza —gruñó el señor Moritz—. Aprovechándose del dinero público mientras los demás trabajamos honradamente… ¡Políticos! Son todos iguales.

Volví a mirar la fotografía.

Algo me resultaba extraño.

La imagen había sido tomada en plena calle, delante de la comisaría… pero no había nadie más alrededor. Ni peatones. Ni curiosos. Ni periodistas inmortalizando el gran momento.

Solo ellos tres.

—¿Y quiénes fueron arrestados? —pregunté.

La señora Moritz negó con la cabeza.

—Eso nunca nos lo explicó. El caso estaba bajo secreto de sumario. Andrea no podía hablar de ello, ni siquiera con nosotros.

Señaló la fotografía.

—Pero ahí podéis verla recibiendo la medalla, de manos del inspector Artimorti. ¿A que iba preciosa? El vestido lo traje expresamente de las Galias para la ceremonia…

Siguió hablando sobre telas de seda asiática y diseñadores galos, pero yo ya casi no la escuchaba.

Nos permitieron echar un vistazo a la habitación de Andrea.

Por supuesto, era todavía más lujosa que su suite en la Academia.

Tenía un enorme tocador lacado en oro, peines de plata maciza, dos armarios más grandes que mi buhardilla y una colección entera de perfumes ordenados por marcas, en orden alfabético.

Cuando terminamos, Christian se despidió mucho más educadamente que yo.

—Gracias por recibirnos, señor y señora Moritz. Volveremos en cuanto sepamos algo.

La señora Moritz insistió en regalarme unos calcetines de lana de Andrea para sustituir los míos. Eran rosas, increíblemente suaves y olían a perfume de violetas. Nunca había tocado nada igual. Casi me dio pena ponérmelos y esconderlos dentro de mis botas viejas.

Antes de marcharnos, comprobamos la dirección de Rolo Larden.

Una vez fuera, de nuevo en mitad de la ventisca, me acerqué a Christian mientras avanzábamos entre los montones de nieve apilados por las aceras. La calle estaba desierta, a excepción de nosotros.

—¿Markus nunca te habló de ese caso de corrupción?

Christian negó con la cabeza.

—Ya sabes cómo es mi padre. Si el caso estaba bajo secreto de sumario, jamás habría hablado de ello.

Solté un gruñido mientras me subía el cuello del abrigo.

—¿No te has fijado en algo raro de la foto?

Christian caminaba un paso por delante de mí, apartando nieve con las botas. Se detuvo y esperó a que lo alcanzara.

—¿A qué te refieres?

—La fotografía fue tomada delante de la comisaría, pero no había nadie alrededor. Nadie. Ni siquiera la familia de Andrea estaba allí para ver cómo le daban el premio.

Christian frunció el ceño.

—Es verdad… Eso es extraño.

—Porque era un caso secreto —dije—. No querían preguntas. Ni periodistas. Ni publicidad. Solo Andrea, Markus y Artimorti. Cuanta menos gente, mejor.

Él asintió lentamente.

—Eso da bastante mala espina.

—Exacto.

Seguimos avanzando bajo la nieve.

—Ahora solo falta llegar a casa de Rolo Larden —murmuré— y comprobar si encontramos algo parecido… y apuesto a que sí. A veces soy genial. ¡Admítelo, Rosenberg!

Christian soltó una risa cansada.

—A partir de ahora voy a llamarte Luna Globo-Taxi Parker.

Alcé una ceja, confundida.

—¿Y eso por qué?

—Porque se te suben los humos y hay que bajarte al mundo real antes de que te estrelles, “querida”.

Al decir “querida” imitó la voz pomposa del señor Moritz, mientras fingía atusarse unos bigotes invisibles.

No pude evitar reírme.

—Qué mal llevamos los logros de los demás, ¿eh, Rosenberg?

—Te equivocas —respondió él—. Estamos aquí para resolver esto juntos. Es como debe ser. Somos un buen equipo, siempre te lo digo.

Lo miré de reojo.

—Bueno… sí tengo que admitir que me salvaste.

Christian abrió los ojos de par en par.

—¡Por fin algo de agradecimiento! Si no llego a sujetarte a tiempo, acabas dentro del subfluvial, convertida en un gironut ultracongelado.

—Bueno, eso también. Pero me refería a lo de secar mis botas en la chimenea de los Moritz. Casi se me congela el pie antes de llegar a la casa, y sinceramente, no se me había ocurrido. Ahora están mucho mejor.

Él sonrió con falsa indignación, pero pude ver el cariño detrás de su expresión.

—Mira —dijo señalando la calle cubierta de nieve—. Dos calles más y giramos a la derecha. Ahí debería estar el edificio de los Larden. Veamos qué nos encontramos al llegar.