Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 20
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Salvados por una barandilla.

Si no hubiese sido por aquel viejo tubo metálico cubierto de escarcha, probablemente Luna habría desaparecido bajo el hielo.

Y yo detrás.

La temperatura había subido ligeramente conforme nos acercábamos al centro de Barcinova. Lo suficiente para volver el canal más inestable. El hielo seguía pareciendo sólido, pero Luna tenía razón: ya no sonaba igual bajo nuestros pies.

Al llegar a la siguiente estación, subí primero los escalones laterales que utilizaban los operarios del subfluvial. Apenas eran cuatro o cinco peldaños metálicos que llevaban hasta el andén de mantenimiento.

Entonces escuché el crujido y me giré de golpe.

El hielo se estaba rompiendo justo debajo de Luna.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Ella había dejado varios pasos de distancia entre los dos para repartir el peso, pero no sirvió de nada. La placa cedió justo bajo sus pies.

Luna perdió el equilibrio y cayó hacia atrás.

Bajé un escalón de golpe, me agarré a la barandilla con una mano y me lancé hacia ella sin pensar.

Durante un segundo horrible, vi auténtico pánico en sus ojos.

Después nuestras manos se encontraron.

La agarré con fuerza.

El agua negra y fría ya le cubría la mitad de una pierna cuando tiré hacia mí con todas mis fuerzas.

El hielo volvió a crujir y pensé que nos hundiríamos los dos.

Luna consiguió sacar la pierna y dio un salto torpe hacia delante. Los dos acabamos desplomados sobre el andén helado.

Nos quedamos unos segundos sin movernos, jadeando.

—¿Estás bien? —pregunté enseguida.

Ella asintió demasiado rápido.

—Sí. Claro. De maravilla.

Mentía fatal.

Se incorporó antes de que pudiera ayudarla y se limpió la nieve de los pantalones con brusquedad, como si enfadarse fuera más fácil que admitir el susto.

Detrás de nosotros, una grieta enorme atravesaba ahora el canal congelado.

Ya no podíamos volver por allí.

—Luna… tienes el pie empapado.

—No es nada.

—Sí que lo es.

Me agaché antes de que protestara y le desabroché las correas de la bota metálica.

—Christian, estoy bien.

—Te va a pillar una hipotermia, mojada y con estas temperaturas…

—¿Desde cuándo eres médico experto, Zanahoria Rosenberg?

Suspiré. Podía ser muy, muy cabezota.

Le quité la bota y comprobé que el calcetín estaba completamente empapado; el frío empezaría a hacer daño enseguida.

Saqué un paño impermeable de la mochila y se lo tendí.

—Envuélvete el pie con esto. Aguantará un rato.

Ella lo observó sorprendida.

—No me acordaba de que fueras tan apañado.

—Tengo talentos ocultos.

—Muy, muy ocultos, por lo visto.

Aun así, obedeció.

Cuando terminó de ajustarse la bota otra vez, los dos miramos el agujero del hielo en silencio.

—Bueno —murmuró Luna—. Ahora sí que no podremos volver por aquí.

—Genial. Estamos atrapados en mitad de Barcinova durante la peor nevada del siglo.

Ella levantó una ceja.

—Podría ser peor.

—No. Créeme. No podría.

Subimos las últimas escaleras y salimos al exterior.

Y entonces vimos la ciudad.

Barcinova había desaparecido bajo la nieve.

Las calles estaban vacías. Las farolas de hierro forjado apenas sobresalían entre montañas blancas y las fachadas parecían enterradas bajo hielo y escarcha. El viento arrastraba copos blancos por las avenidas desiertas.

No había carruajes, ni coches ni peatones.

Ni un solo zepelín cruzaba el cielo. Habían desaparecido hasta los globo-taxis.

Solo había silencio: un silencio enorme y antinatural.

Luna se quedó quieta a mi lado.

—Esto parece una ciudad fantasma… —susurró.