Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 19
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—¿¡No sabes nadar!? —preguntó Christian, mirándome como si acabara de confesarle algo terrible.

Su tono me molestó.

Claro que él sabía nadar.

Christian Rosenberg era hijo del honorable director de la Academia Videntia. Su madre, exploradora y de familia adinerada, había recorrido medio mundo en zepelín, y él había crecido escuchando historias sobre océanos, expediciones y ciudades flotantes.

Mi vida había sido muy distinta.

Yo me había criado entre los fogones de Madame Tilde, escondida en aquella buhardilla prestada donde Markus me permitía vivir gratis.

Mientras los demás regresaban a sus casas durante el verano, hacían viajes exóticos o aprendían a pilotar planeadores mecánicos sobre la costa… yo me quedaba en la Academia.

Así que no.

No sabía nadar, obviamente.

—Pues no, claro que no sé —gruñí—. ¿Dónde se supone que iba a aprender?

Bajé la mirada hacia las suelas con clavos que me ofrecía y se las cogí de un tirón, con mala gana.

—Barcinova tiene playas… —dijo él.

—Y también escualos, olas gigantes y agua helada rodeada de arena. No entiendo por qué alguien querría meterse ahí voluntariamente.

Christian suspiró.

—Que yo sepa, no hay escualos. Pero bueno, de todos modos, no tendrás que nadar. Todo está congelado.

Hizo una pausa y me miró, travieso.

—Caminar sí sabes, ¿no?

Le lancé una mirada asesina.

—No importa, Rosenberg. Lo haré igualmente, si he llegado hasta aquí.

Me agaché para ajustar las correas metálicas de las suelas con clavos, tirando de ellas con un poco de rabia.

—Además —murmuré mientras las apretaba demasiado fuerte—, aunque supiera nadar, tampoco me serviría de mucho.

—¿Qué quieres decir?

Levanté lentamente la vista hacia el canal helado.

—Que si el hielo se rompe y caemos ahí abajo… nos congelaremos antes de poder salir.

Christian no respondió. Creo que en ese preciso instante entendió que aquello había dejado de ser una simple aventura divertida.

Me puse en pie con cuidado y los clavos metálicos de las suelas chirriaron contra el hielo. En cuanto intenté dar un paso, di un patinazo. Christian me sujetó del brazo. De no ser por eso, me habría estampado de bruces antes de empezar la caminata.

—Cuidado —dijo riéndose un poco—. No son patines, ¿eh?

—Gracias por la información, no me había dado cuenta.

Por si acaso, no solté su mano. Era mucho más diestro que yo caminando por aquella superficie tan resbaladiza.

Continuamos unos pasos más sobre el canal congelado. Al principio, iba casi de puntillas, y el hielo resistió.

Pero cuando apoyé completamente mi peso, escuché un crujido largo y profundo bajo mis pies.

Cerré los ojos de golpe, imaginando lo peor.

—¡Por todas las chimeneas humeantes de Barcinova! Esto no me gusta nada.

—Rizos, relájate.

—¡No puedo relajarme! Estamos caminando encima de una tumba helada y gigantesca.

—No seas exagerada.

El túnel del subfluvial se extendía delante de nosotros, oscuro y helado. La luz del farol apenas iluminaba unas yardas por delante. Las paredes húmedas reflejaban sombras deformes, y el hielo devolvía un brillo sucio y azulado.

—¿Cómo vas, Ricitos de Oro? —preguntó Christian.

Cuando añadía «de Oro» era porque intentaba tranquilizarme. Lo hacía raramente, y me pareció muy mala señal.

—Con enormes ganas de salir viva de aquí.

Nuestras voces rebotaban por los túneles congelados.

De vez en cuando aparecían estaciones vacías junto al canal: andenes abandonados, relojes detenidos y carteles cubiertos de escarcha.

La siguiente parada apareció unos minutos después:

«Estación Monte del Castillo.»

Las letras metálicas estaban medio cubiertas de escarcha.

—Hay que seguir —dijo Christian—. Una estación más, por lo menos.

Suspiré.

—Fantástico. Me está encantando esta ruta turística infernal.

Tiró de mí y casi me resbalé de nuevo. Lo fulminé con la mirada.

—Venga, Rizos. Ya casi lo tenemos.

Avanzamos unos pasos más.

Cuando Christian habló otra vez, su voz sonó distinta: un poco insegura, menos optimista.

—Oye… quería preguntarte algo.

Sinceramente, me asustó su tono.

Mil opciones distintas pasaron como un flash por mi mente.

—A ver —dije, fingiendo indiferencia, aunque me moría de curiosidad.

—¿No crees que hacemos un buen equipo?

La pregunta me descolocó completamente.

—¡¿Qué?!

Él siguió mirando al frente. No dijo nada más.

—¿Qué se supone que tengo que contestar a eso?

Se giró y clavó en mí sus ojos azules rodeados de pecas.

—Pues la verdad.

Hubo un pequeño silencio.

—Quiero decir… cuando resolvemos cosas juntos —aclaró, y se encogió un poco de hombros—. No sé. Creo que podríamos ser buenos investigadores algún día.

El hielo se quejó bajo nuestros pies.

Yo intenté ignorar ambas cosas.

—Supongo que sí —respondí al final.

—Y cuando seamos Velados, podríamos montar una agencia de investigación juntos.

Eso me hizo levantar la cabeza.

—Christian, tú no vas a terminar montando ninguna agencia.

—¿Ah, no? ¿Has tenido un sueño premonitorio, o qué?

—No. Pero, cuando tu padre se jubile, dirigirás la Academia Videntia. Lo saben hasta los ratones de la despensa.

Él soltó una risa nerviosa.

—Eso suena horrible.

—Pues acostúmbrate, Zanahoria, porque es tu futuro.

—¿Y entonces, tú qué? —preguntó.

Sonaba casi preocupado.

—Yo, qué… ¿qué?

—¿Qué harás cuando pierdas el Don?

Aparté la mirada, porque solo pensar en eso me dolía, y no entendía cómo podía preguntarme algo así.

—Yo nunca he tenido un don como el vuestro, Christian.

Él abrió la boca para responder, a punto de explicar algo. Pero, en ese instante, el hielo crujió violentamente bajo nosotros.

Los dos nos quedamos inmóviles.

El sonido recorrió todo el túnel.

—¿Has oído eso? —susurró Christian, olvidando nuestra conversación.

—Sí —respondí sin respirar apenas—. Y no me gusta nada.

Levantó el farol, buscando con la luz el final del túnel. La siguiente estación estaba ya bastante cerca, pero eso no fue suficiente para tranquilizarme.

—¿Te das cuenta de que, si el hielo cede, ni siquiera sabrán dónde buscarnos?

—Mejor no pensar en eso justo ahora…

—Vale —murmuré—. Escúchame.

Christian me miró.

—Avanza tú primero —le dije—. Ve despacio. Yo esperaré aquí, a unos pasos.

—¿Por qué?

Señalé el suelo.

—Porque ya no hace tanto frío, ¿no lo has notado? Eso significa que el hielo será más fino cuanto más avancemos. Y dos personas, una al lado de otra, suponen más tensión para la placa de agua helada. Es mejor que nos separemos.

Christian tragó saliva.

—¿Estás segura de eso?

—¿Tienes una idea mejor?

No respondió. Solo empezó a avanzar muy lentamente, y yo permanecí quieta.

El hielo volvió a amenazar con quebrarse bajo sus pisadas, pero esta vez aguantó.

Cuando Christian alcanzó una distancia prudente, empecé a seguirlo, paso a paso.

Evité hacer movimientos bruscos.

Por todos los zepelines, evité casi respirar.

Me faltaban cuatro o cinco pasos para llegar al andén y agarrar la mano extendida de Christian cuando noté algo quebrarse debajo de mi pie derecho.

El hielo cedió, y sentí cómo mi pierna se hundía en el agua negra.