Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 18
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Saqué el plano que habíamos encontrado en los Archivos Prohibidos y seguimos las indicaciones hasta los niveles inferiores de la Academia.

Cuanto más bajábamos, más frío hacía.

Las tuberías de cobre recorrían los techos bajos, soltando pequeños silbidos de vapor, y las paredes de piedra rezumaban gotitas de agua verdosa. La mayoría de lámparas de gas estaban apagadas, pero por suerte, Christian se había traído un farolillo de gas.

Saqué una llave del bolsillo, sustraída de un clavo en la pared de la cocina donde Madame Tilde guardaba las llaves de la despensa.

—No me des las gracias —le dije a Christian—. Pero si no fuera por esta llave, de poco servirían tus planos.

—¿Sabes? Mi padre siempre decía que la bodega no era lugar para los alumnos —comentó Christian mientras yo desbloqueaba la puerta de barrotes metálicos—. Yo pensaba que lo decía por el alcohol.

—Pero resulta que es por la peste insoportable… —murmuré.

Entramos. La verdad era que aquello olía horrible: a una mezcla entre moho y uvas podridas, tan fuerte que te picaba la garganta.

Seguimos el plano por un laberinto de pasillos estrechos abiertos entre montañas de barriles de madera y botellas cubiertas de polvo. El aire estaba cargado de humedad, vino picado y un fuerte olor a vinagre.

—Espero que este dibujo no sea una broma —susurré—. Porque como nos perdamos aquí abajo, los sucesores de Madame Tilde terminarán encontrando nuestros esqueletos dentro de cien años.

Christian sonrió.

—Tranquila. Si morimos, pasaremos a la historia como grandes héroes que trataron de salir de la Academia durante la Gran Nevada.

—O como Grandes Idiotas que se metieron donde no debían…

Christian chasqueó la lengua y seguimos avanzando por la bodega oscura, entre estanterías polvorientas y sonidos inquietantes de goteos y ratones que arañaban en alguna parte.

Entonces Christian se detuvo de golpe.

Su expresión se había vuelto completamente seria.

—Luna… mira eso.

Bajé el farol y lo vi inmediatamente.

En el suelo había pisadas de varias personas.

Se veían claramente, sobre una gruesa capa de polvo. Unas eran bastante grandes, posiblemente de alguien muy alto; otras un poco más pequeñas. Podrían haber sido de nuestros compañeros.

—Son recientes —dijo—. Fíjate en el polvo de alrededor.

Sentí un escalofrío recorrerme toda la espalda.

—Puede que no estemos solos —susurré.

Nos quedamos callados. ¿Y si había alguien más ahí dentro? La luz del farolillo de Christian apenas iluminaba a nuestro alrededor. Cualquier cosa podía estar acechando en la oscuridad, sin que la viéramos.

Noté que las huellas continuaban hacia el interior de la bodega, y eso podía significar dos cosas:

La primera: íbamos por el camino correcto.

La segunda: alguien había pasado por allí antes que nosotros, y hacía poco de eso.

Christian me miró.

—¿Quieres que lo dejemos? ¿Volvemos arriba?

Negué antes incluso de pensarlo.

—Ni lo sueñes.

Atravesamos una puerta arqueada y entramos en una sala enorme, que seguramente era la bodega principal.

Filas interminables de botellas cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo. Algunas estaban tan llenas de polvo y telarañas que no se distinguían de la piedra de los muros.

El olor allí dentro era todavía más fuerte y asqueroso; tuve que taparme la nariz.

—¿La gente bebe esto voluntariamente?

Christian se encogió de hombros.

—Nunca he entendido qué le ven al vino. Huele a fruta podrida.

Las huellas terminaban justo delante de una pared repleta de botellas viejas.

Christian desplegó el plano sobre un barril.

—Estamos aquí —murmuró señalando un punto concreto—. Y el túnel continúa justo al otro lado.

Miré la pared con una ceja levantada.

Ahí no había nada: solo barricas de madera vieja, botellas y telarañas.

—Genial —dije—. Ahora solo tenemos que atravesar una pared.

Cada vez parecía más probable que esos túneles nunca hubieran sido construidos.

—Ya veremos —replicó Christian, y empezó a revisar los muros en busca de puertas ocultas.

Yo, sin embargo, me alejé unos pasos y traté de conseguir una visión más amplia, con la ayuda del farol.

Si alguien había pasado recientemente, tenía que haber dejado alguna marca. Debía de haber un objeto movido, marcas en el polvo, cualquier cosa.

Recorrí lentamente la pared con el farol, y entonces lo vi.

Una botella situada a la altura de mis ojos estaba más limpia que las demás. No solo eso: alrededor del cristal había marcas recientes de dedos. Como si alguien la hubiera tocado usando guantes.

Sonreí despacio.

—Oye, Zanahoria… creo que he encontrado algo.

Christian levantó la cabeza.

Agarré la botella e intenté tirar de ella para sacarla del estante, pero no se movió.

Fruncí el ceño y tiré de nuevo.

Entonces entendí el mecanismo. No era una botella normal: era una palanca.

La empujé hacia arriba y un clic metálico resonó dentro de la pared.

Los dos nos quedamos inmóviles.

Luego, lentamente, una sección entera de la estantería se separó de la pared con un chirrido profundo.

Un aire gélido salió disparado desde el interior.

Christian se quedó boquiabierto.

—Rizos… eso no ha estado nada mal.

—Las cartas de admiradores solo las abro los jueves, Rosenberg, así que espera tu turno.

Sacudió la cabeza, fingiendo estar ofendido.

Tiramos entre los dos de la estructura de madera hasta abrir el acceso por completo.

Detrás apareció un túnel estrecho excavado en la piedra. El suelo estaba lleno de pisadas en el polvo, que continuaban hacia la oscuridad del túnel.

Nos miramos en silencio.

Ya no había dudas.

El pasadizo secreto existía, y nuestros compañeros habían pasado por allí.

—¿Segura? —preguntó Christian.

Asentí.

No estaba segura de nada, pero tampoco pensaba echarme atrás a esas alturas.

Entramos en el túnel, dejando la puerta entreabierta a nuestras espaldas.

Caminamos durante muchísimo tiempo, sintiendo cómo el pasadizo descendía suavemente. Poco a poco íbamos adentrándonos en las tripas de la ciudad.

Finalmente vimos una puerta metálica al fondo.

Christian se acercó primero.

Apagó el farol un segundo y observó por la rendija.

—No veo a nadie —susurró.

La abrió lentamente.

Al otro lado nos recibió un espacio gigantesco y completamente vacío.

Tardé apenas un segundo en reconocerlo.

—Por todas las chimeneas… —murmuré—. ¡Estamos en la estación subfluvial Academia!

La estación estaba desierta, oscura y silenciosa.

A decir verdad, daba muchísimo más miedo vacía que llena de gente.

Agarré a Christian del brazo.

—Espera. Tus Óculus.

Él parpadeó.

—¿Qué?

—Si nuestros compañeros han pasado por aquí, deberías poder verlos. Deberíamos averiguar cuántos eran y hacia dónde fueron.

Christian asintió inmediatamente y se colocó las Óculus Nova.

Los engranajes comenzaron a girar. Las lentes verdes, amarillas y azules rodaron rápidamente frente a sus ojos.

Al principio, pensé que funcionaría.

Pero luego, las lentes empezaron a girar más rápido, igual que había sucedido frente al dormitorio de Andrea.

Christian tensó la mandíbula.

Tras unos segundos, los engranajes se ralentizaron y se detuvieron, y Christian se quitó las Óculus lentamente.

No necesité preguntarle nada; su cara ya lo decía todo.

—¿Otra vez lo mismo? —susurré.

Asintió.

—No se ve nada. Solo niebla.

Noté una punzada de miedo en el estómago.

—¡Esto es frustrante!

—Lo sé —respondió casi desesperado—. Veo la estación días atrás. Veo a alumnos entrando y saliendo antes de la tormenta. Incluso nos veo a nosotros pasando hace unos minutos.

Tragó saliva.

—Pero hay un vacío justo en medio. Como si alguien hubiera arrancado una parte entera del pasado.

El silencio que siguió fue horrible.

Porque ninguno de los dos sabía cómo era posible algo así.

Christian guardó lentamente las Óculus en su funda.

—Tenemos que continuar —dije al final—. Óculus o no, es la única forma de descubrir qué les ha pasado.

Él asintió y caminamos hacia el andén.

La estación subfluvial Academia se extendía bajo tierra como una catedral industrial abandonada.

Grandes arcos de hierro sostenían el techo, cubierto de azulejos decorativos en tonos blancos, azules y amarillos.

A ambos lados del andén había carteles metálicos y antiguas lámparas de emergencia que lanzaban una luz débil y amarillenta sobre las vías acuáticas.

Porque el subfluvial no funcionaba con raíles, sino con canales llenos de agua.

Normalmente, una enorme barcaza mecánica recorría los canales subterráneos de Barcinova, empujada por turbinas hidráulicas y cadenas sumergidas.

Pero ahora todo aquello parecía muerto. El tráfico había quedado interrumpido debido a la Gran Nevada, y el canal estaba completamente congelado.

Una gruesa capa de hielo cubría el agua negra del subfluvial y reflejaba las luces amarillas de la estación como un espejo roto.

Christian abrió la mochila y sacó dos pares de plantillas con clavos metálicos.

—Tuviste una buena idea con lo del calzado de nieve —dijo—. Me temo que la única forma de seguir es caminar por encima del hielo.

Me tendió un par de suelas con pinchos, pero yo no las cogí.

Sentí que se me secaba la garganta.

Porque yo tenía un pequeño problema; uno muy importante y peligroso…

Quizá, Christian no lo sabía, pero yo nunca había aprendido a nadar.