Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 16
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Ver mi nombre escrito en la letra de mi madre fue como recibir un regalo de Saturnalia.

El mensaje era corto. Tan corto como incomprensible.

Decía lo siguiente:

«Luna,

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Arrugué las cejas y lo volví a leer varias veces.

Al final lo dejé, totalmente decepcionada.

Después de tantos años, la única nota que me había dejado mi madre era… ¿eso? ¿Una secuencia de números y letras sin sentido?

Christian levantó la vista de sus pergaminos.

—¿Qué te pasa, Rizos? ¿Qué has encontrado?

No pude decir nada. Estaba de muy mal humor.

—Esto —se lo acerqué y él lo leyó—. Creo que es un mensaje para mí.

—Mmm… ¿interesante? —dijo, rascándose la barbilla.

—Pensaba que me diría que me quería, o que había sido la persona más importante de su vida… ¡o yo qué sé! No sé, cosas que las madres dejan a sus hijas, ¿no? Tampoco es que tenga experiencia con esas cosas, pero sospecho que no suelen dejarse mensajes así.

Christian cogió el cuaderno y lo miró con más atención.

—Rizos, no te equivoques. No sabemos qué significa este jeroglífico, pero seguramente es más importante de lo que crees. Si no, no estaría en medio de un diario de tu madre, escondido en un archivo secreto… y con tu nombre escrito encima. ¿No te parece?

Respiré hondo y lo miré fijamente.

—De la misma manera que tú esperabas que tu madre apareciera ayer… y te dolió que no viniera… yo esperaba encontrar algo aquí. Una nota. Una frase. Cualquier cosa escrita para mí. ¿Es que no lo entiendes?

Christian bajó la mirada.

El enfado se me desinfló casi al instante, sustituido por algo mucho peor. Una sensación de vacío, porque, en el fondo, Christian tenía razón. Era absurdo esperar que mi madre hubiera escondido un mensaje cariñoso en una agenda escrita muchos años antes de que yo naciera.

Pero aun así, lo había esperado.

Christian dejó el diario a un lado y me rodeó con los brazos. Me abrazó, acunándome un poco, y me dio un suave beso en el pelo.

—Lo entiendo, Rizos —susurró—. Claro que lo entiendo.

Nos quedamos así unos instantes, hasta que empecé a removerme, incómoda.

—Vale… esto ya empieza a volverse demasiado sentimentaloide.

Christian soltó una risilla y se apartó.

—¿Estás mejor?

Yo asentí lentamente.

—Supongo.

Él señaló entonces el cuaderno.

—Deja de mirar eso como si fueras un autómata bloqueado ejecutando siempre los mismos tres comandos. Piensa.

—Me encanta tu manera de animarme.

—Tu madre era una Sibilaria, Luna. Y seguramente también una de las personas más inteligentes que ha pasado por esta Academia, igual que tú. Si dejó algo escondido aquí, no sería una secuencia absurda sin sentido.

Alcé una ceja.

—¿Acabas de hacerme un cumplido indirecto?

—No te acostumbres, Rizos.

Mis ojos se desviaron hacia la mesa del fondo. Christian había extendido allí varios rollos de papel amarillento.

—¿Y ese papiro qué es?

—Eso, precisamente, me estaba preguntando hace un momento —dijo Christian—. Parece un mapa, ¿no crees?

—Son planos —lo corregí, y entonces reconocí la explanada central y el gran comedor—. ¡Los planos de la Academia!

—¡Correcto! Es justo lo que he descubierto, pero no solo eso…

Las líneas estaban trazadas con tinta azul muy descolorida. Los bordes aparecían quebrados y desgastados por el tiempo.

—Parecen los planos originales —continuó—. De cuando construyeron la Academia, hace más de cien años.

—Muy bonitos.

Christian levantó la cabeza, horrorizado.

—¿“Muy bonitos”? Esto es extraordinario .

—Si tú lo dices… —murmuré—. Pero no entiendo para qué queremos unos planos viejos. En el despacho de tu padre hay versiones mucho más modernas. Estos tienen habitaciones que ya ni existen.

Christian alzó un dedo, interrumpiéndome.

—¡Precisamente, listilla!

Christian se detuvo y me miró a los ojos, como si estuviera a punto de desvelar una noticia bomba.

—Escúchame bien, Rizos. Nuestros compañeros desaparecen. Tu visión te lleva a la cocina. La cocina nos lleva a una puerta secreta. Y esa puerta nos trae aquí… hasta esto .

—Vale, Christian. Por todas las turbinas, ¿qué has descubierto? Dilo de una vez.

Él sonrió, travieso. Señaló un punto concreto del plano, al que yo no había prestado atención.

—Aquí, señorita Parker —dijo con tono teatral—, Christian Rosenberg, alumno brillante, investigador excepcional y víctima constante de tus insultos, acaba de descubrir algo muy interesante…

—¡Como no hables ya, voy a ponerte ese plano de sombrero!

—Vale, vale, no te pongas agresiva… Mira…

Seguí la dirección de su dedo, y por fin, lo vi.

Justo donde señalaba Christian había una línea discontinua muy tenue; casi borrada.

Era un pasadizo subterráneo, que salía desde debajo de la Academia y continuaba más allá de los muros exteriores.

Al final del túnel, alguien había dibujado una pequeña flecha.

Y junto a ella, con letra diminuta, podía leerse:

«A Barcinova».