15
Al otro lado había una segunda estancia.
De unas proporciones mucho más reducidas, pero igualmente llena de polvo y aún más oscura.
Christian empujó hasta que la puerta estuvo abierta de par en par.
El espacio era solo un poco más grande que el cuarto de baño de Andrea Moritz. Solo cabían tres vitrinas… y dos personas apretujadas.
Nos miramos a la cara, intrigados. En los ojos azules de Christian pude ver que, a pesar de todo lo malo que nos amenazaba, aquel día de Saturnalia le parecía cada vez más interesante.
Observé las vitrinas. Igual que las del otro espacio, estaban llenas de libros y archivadores. La mayoría estaban rotulados con la palabra «Academia» seguida de un año. Fui pasando el dedo por los lomos polvorientos; estaban más o menos ordenados cronológicamente.
Intercalados entre ellos encontré dos archivadores distintos.
En uno ponía:
«Custodio – CONFIDENCIAL»
Sonaba intrigante, pero el otro todavía más. Al verlo, me quedé petrificada.
«Altea Parker, Sibilaria – CONFIDENCIAL»
¡Era el nombre de mi madre!
Toda una vida sin saber prácticamente nada de ella, echándola de menos, preguntándome cómo sería… y, ahora me encontraba con su nombre en el lugar menos esperado.
No esperé ni un segundo. Abrí la vitrina y saqué el archivador tan deprisa que casi se deshizo entre mis manos. Cristian se asomó por detrás de mí, pero no dijo nada. Solo me observó, respetuoso.
El archivador y su contenido estaban en muy mal estado. Dentro encontré un cuaderno, con un escarabajo grabado en oro sobre la portada, rodeado por una media luna.
También había algunas cartas y papeles arrugados, la mayoría dañados por la humedad. La tinta se había corrido, como si durante años hubiera goteado agua desde el techo, y muchas frases resultaban imposibles de leer.
Pero estaba ahí.
Era la letra de mi madre. Estaba segura.
Nunca la había visto antes.
En realidad, sabía poquísimo sobre mis padres, aparte de lo que Markus Rosenberg me había contado a lo largo de los años. Sabía que habían sido sus amigos y que murieron cuando yo era pequeña. Poco más.
—No me lo puedo creer… —susurró Christian—. ¿De verdad son cosas de tu madre?
Asentí, confundida.
—Eso parece, pero… ¿por qué Markus nunca me habló de todo esto?
Christian pasó lentamente los dedos por el cuero húmedo y ligeramente mohoso del archivador.
—A lo mejor ni siquiera sabía que estaba aquí.
Negué con la cabeza al instante.
—Tu padre conoce esta Academia mejor que nadie.
Aquello no era un simple montón de papeles olvidados. Era la historia de mi familia. La historia de mi don, el don de las Sibilarias.
Y alguien lo había escondido todo deliberadamente.
Christian apoyó una mano sobre mi hombro.
—Seguramente pensó que aún no estabas preparada.
Lo aparté de un pequeño empujón, descargando contra él parte de la rabia que sentía hacia Markus.
¿Cómo podía haberme ocultado aquello?
No me quedaba nada de mi madre. Nada. Ni siquiera un maldito recuerdo.
Solo tenía ese broche de escarabajo que llevaba al cuello… y el pequeño lunar con forma de luna en mi cuello, igual que el suyo, según Markus.
Nada más.
Entonces, una fotografía cayó de la carpeta.
La recogí rápidamente.
Mis padres aparecían sonrientes frente a la Academia Videntia, el día de su graduación.
Mi madre llevaba el pelo oscuro recogido bajo un sombrero de ala corta, y mi padre, más alto que ella, sostenía unas Óculus antiguas bajo el brazo.
Ambos sonreían a cámara como si el futuro entero les perteneciera.
Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Se me hizo un nudo en la garganta. Abracé la fotografía contra el pecho, emocionada.
Debajo de la fotografía había un pequeño cuaderno de tapas blandas, casi deshecho por el tiempo.
Lo acerqué a la nariz.
Durante un instante absurdo pensé que quizá todavía conservaría el perfume de mi madre, tal vez algún olor olvidado, que despertaría recuerdos escondidos en mi memoria.
Pero no olía a nada. O, mejor dicho, olía a humedad, a polvo y a papel viejo.
Lo abrí despacio.
No era exactamente un diario. Más bien una agenda escolar en la que había anotado fechas de exámenes, horarios, recordatorios, deberes… En general, eran solo anotaciones rápidas, escritas deprisa. Nada profundo. Nada memorable.
Pensé que era extraño y entrañable a la vez. Lo poco que todavía podía leerse mostraba a una chica mucho más normal de lo que yo había imaginado.
—Ahora recuerdo algo, Luna… —dijo Christian y se detuvo en seco.
Levanté la vista, bajando el diario.
—¿Qué?
—Una vez, hace mucho tiempo, escuché hablar a mis padres sobre un lugar llamado los Archivos Prohibidos. Yo debía de tener siete u ocho años. Pensaban que estaba dormido.
Fruncí el ceño.
—¿Archivos Prohibidos?
Christian asintió mientras observaba las vitrinas.
—Decían que era un lugar al que casi nadie podía acceder. Solo algunos miembros del Consejo Virthus y ciertos directores autorizados del Ministerio. No sé ni siquiera si mi padre podía entrar realmente. Sonaba más a leyenda que a otra cosa. Algo de lo que la gente habla, pero que nadie ha visto.
Miré alrededor otra vez.
Las vitrinas.
Los documentos ocultos…
Todos aquellos secretos empezaban a parecer demasiado grandes para nosotros.
—Tu madre —continuó Christian señalando el archivador— era una de las pocas personas capaces de desafiar el sistema con su don.
La gente piensa que solo es posible ver el pasado, y para eso hace falta un artilugio especial.
Alguien capaz de predecir el futuro, y más aún, alguien capaz de hacerlo sin máquinas ni aparatos…
podría resultar realmente peligrosa para alguien interesado en hacer el mal.
A lo mejor, no es casualidad que todo esto esté escondido detrás de una pared secreta.
Luego señaló el otro archivador.
—Y eso del Custodio… no sé qué significa, pero tampoco suena precisamente tranquilizador.
Sentí un escalofrío.
—Suena a alguien que vigila a los demás.
—O alguien que custodia secretos —murmuró Christian.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
—Si el Ministerio descubriera este lugar… —añadió finalmente— seguramente intentaría hacerlo desaparecer. Ya viste lo que ocurrió el año pasado cuando mi padre se enfrentó a ellos.
—Intentaron asesinarlo.
Christian asintió lentamente.
Markus seguía vivo gracias a nosotros.
Gracias a aquella visión que yo había tenido. Había presentido que alguien provocaría un accidente en un parque de atracciones e intentaría matarlo. Pero llegamos a tiempo.
Bajé la mirada hacia el cuaderno de mi madre y empecé a pasar páginas cada vez más deprisa, buscando algo más personal.
Algo sobre su don.
Algo sobre mí.
Aunque era absurdo pensar que pudiera mencionarme, porque aquellas fechas pertenecían a mucho antes de que yo naciera, cuando ella aún estudiaba en la Academia.
Mientras tanto, Christian abrió otra vitrina y sacó varios rollos de papel amarillento, casi del color del papiro.
No me fijé mucho en lo que hacía. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía respirar mientras hojeaba la agenda de mi madre.
Entonces llegué a dos páginas del cuaderno que parecían distintas del resto.
El papel era más blanco y nuevo. Estaban encoladas al resto, como si alguien hubiera añadido aquello mucho después. La humedad las había pegado la una a la otra.
Me apoyé en la vitrina y, con muchísimo cuidado, intenté separarlas.
Y entonces lo vi.
Oculto entre las páginas del cuaderno, había un mensaje.
Un mensaje de mi madre.
Un mensaje… para mí.
Conteniendo la respiración, empecé a leer.