Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 14
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Delante de nosotros se abría una especie de almacén oscuro lleno de objetos estrafalarios, animales embalsamados, cuadros en las paredes con retratos de videntes olvidados y hasta un paraguas con una hélice, posiblemente creado para volar (sin éxito, a juzgar por cómo había terminado).

Aparte de eso había estanterías con archivadores. Cientos de ellos.

—Mi padre nunca me ha hablado de este lugar —comentó Christian.

Me acerqué a mirar los archivadores y se me escapó un estornudo

—Esto está lleno de polvo.

—¿Cómo has conseguido encontrar este sitio, Rizos?

Dudé antes de responder.

—Formaba parte de mi sueño premonitorio —dije—. Bueno, más o menos.

—¿El sueño en el que viste a cuatro alumnos congelados en la nieve?

—El sueño tenía dos partes. Pero sí.

—Pues nuestros compañeros no están aquí dentro… —comentó, un poco desanimado.

—No seas tan optimista, que podrías contagiarme, Rosenberg —respondí, un poco ofendida.

—A ver, lo que quiero decir es…

—Que mis visiones no sirven para nada.

—¡No! ¡En absoluto! Pero creo que debemos darle alguna vuelta más a todo esto. Seguro que, si tu sueño nos ha traído hasta aquí, es por algo. Aunque no sea para encontrar a Rolo y los otros.

Esta vez fue Christian el que estornudó.

—Si nos quedamos aquí mucho rato, nos van a encontrar por los estornudos.

Revisé con la vista las estanterías y los objetos polvorientos que las llenaban.

—Esto es solo un trastero gigante lleno de cosas inútiles. No sé qué podría haber aquí.

Había una bicicleta oxidada con patas de araña articuladas; un sombrero de cobre con un conejo mecánico dentro e incluso un busto robótico semicubierto con una tela blanca que, a decir verdad, daba un poco de miedo.

—¡Por todos los engranajes! —murmuró Christian—. Horacio de Pábilo habría llorado de felicidad aquí dentro. Esto me recuerda a los bocetos de su cuaderno.

—Supongo que todo esto está aquí porque no sirve para nada, y no porque alguien esté tratando de esconderlo.

Noté cómo el entusiasmo inicial empezaba a desinflarse dentro de mí. Mi visión solo nos había llevado hasta un viejo almacén abandonado, después de todo.

Christian sacó el conejo mecánico y se probó la chistera.

—¿Qué tal me queda?

Puse los ojos en blanco.

—Te pareces a esos retratos, pero te falta el bigote.

Señalé los cuadros viejos colgados en la pared del fondo. Estaban tan ennegrecidos por el tiempo que apenas podían distinguirse los rostros, pero muchos aparecían con sombrero de copa, pipa y enormes bigotes rizados.

—Ese me recuerda a Superbigotes —comenté.

—Mejor no lo nombres —dijo, quitándoselo.

Me acerqué a mirarlo mejor. Sinceramente, el retrato se parecía un poco al antiguo inspector de policía que había intentado obstaculizar nuestro último caso. ¿A lo mejor eran familia?

—Fíjate, tiene la misma expresión de atontado… —dije, limpiando un poco el cristal.

Al tocarlo, el cuadro se tambaleó y se cayó al suelo.

El cristal se rompió con un estruendo terrible, que retumbó por todo el almacén.

—¡Luna! Si estás intentando que nos pillen, lo estás haciendo genial.

—¡Perdón! El clavo estaba suelto, mira.

Pasé el dedo por el agujero donde había estado el clavo. Era enorme, con una pieza de cobre incrustada en él, de forma extraña

—¿Quién cuelga los cuadros así? —preguntó Christian.

Metí el dedo en el hueco. Era realmente muy peculiar.

—Ni idea. A lo mejor, hace cien años usaban estos chismes para colgar cuadros.

Christian miró el marco roto en el suelo.

—Pues no era un sistema muy bueno.

—Por eso dejaron de usarlo, listillo…

Christian suspiró.

Sin embargo, el mecanismo me había fascinado.

No podía dejar de mirarlo.

Su forma me recordaba a algo.

A algo…

Me pasé la mano por la solapa de la chaqueta, pensando. Toqueteé el broche de escarabajo, que siempre llevaba puesto.

Y, de pronto, me quedé inmóvil.

—Christian… —susurré.

Él levantó la cabeza inmediatamente.

—¿Qué pasa?

No respondí.

Detrás del polvo y las sombras, uno de los retratos estaba ligeramente torcido. Pero no era eso lo extraño. Lo extraño era el símbolo grabado en una esquina del marco.

Un pequeño escarabajo dorado. Igual que el mío.

Sentí cómo se me aceleraba el corazón.

—Christian… creo que esto no es un trastero cualquiera.

Me quité el broche.

Era exactamente igual de grande que el orificio, y tenía la misma forma.

—Que me parta un rayo.

Christian se acercó.

—¿Qué pasa ahora? ¿Vas a hacerte rica vendiendo sistemas decimonónicos para colgar cuadros?

—Calla, Zanahoria, y observa.

Sacudí la cabeza mientras introducía el escarabajo en la ranura de la pared.

El broche encajó a la perfección en el agujero.

Al otro lado de la pared sonó un clac metálico, al mismo tiempo que una puerta de piedra, como la que nos había permitido acceder a ese espacio, se separó de la pared. Un secreto dentro de un secreto.

¿Qué podía haber dentro de esa segunda estancia?