Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 13
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Christian y Frido llegaron tarde a comer.

Todos los abuchearon cuando entraron, como era costumbre. Solo que, esta vez, a ninguno de los dos le hizo gracia, ni levantaron las manos como si fueran héroes.

Di una palmadita sobre su silla vacía, y Christian se escurrió en su sitio con disimulo, lanzándole una mirada de disculpa a su padre. Frido se sentó con otro grupo, en una mesa cercana.

—¿Qué tal ha ido? —le susurré a Christian, mientras él removía su sopa fría.

—Regular —respondió—. No hemos descubierto gran cosa. Pero he encontrado un tratado viejo de un tal Horacio de Pábilo.

Parpadeé.

—Me suena ese nombre. ¿Ese no era un inventor loco que conocía a tu padre?

—Ese mismo.

—Pensaba que solo escribía manuales absurdos para construir tostadoras a vapor y máquinas para pelar mandarinas a turbovelocidad.

—También escribe cosas serias, al parecer.

—¿Y qué decía ese libro que viste?

Christian apartó la sopa de repollo. Nunca le había gustado. Comió un poco de pan y siguió con la boca llena.

—No era exactamente un libro normal. Parecía más bien un cuaderno de notas. Estaba sin terminar.

—¡Guau! ¿Y…?

Por primera vez desde aquella mañana, sonrió un poco. Se tragó el resto del pan antes de responder.

—Había diagramas rarísimos y un montón de páginas arrancadas. Su letra es difícil de entender, pero Frido encontró una parte bastante legible.

—¿Y de qué iba?

Christian bajó todavía más la voz y me miró con cara de complicidad.

—Hablaba de la posible existencia de “zonas ciegas” en las visiones del pasado.

Sentí un escalofrío. Me incorporé, apoyándome sobre la mesa y acercándome más a él.

—¡¿Zonas ciegas?! ¡Eso suena muy parecido a lo que está pasando!

Asintió y me miró a los ojos, bajando la voz todavía más.

—Según Horacio, ciertos recuerdos pueden volverse imposibles de leer si alguien altera demasiadas capas temporales al mismo tiempo.

Lo miré sin entender.

—¿Qué? No entiendo absolutamente nada.

—Ya, bueno, Horacio escribe como un lunático con insolación.

—¿Y entonces qué?

Christian se echó hacia atrás en la silla y recorrió el comedor con la mirada, en busca de algún autómata que le trajera algo sin repollo.

—Creo que lo más importante de todo esto es que alguien ha escrito sobre este fenómeno. Y si pudiéramos encontrarlo, si pudiéramos hablar con él…

Asentí despacio.

—¡Sería muy útil! Lástima que estemos incomunicados.

Durante unos segundos ninguno habló.

Al fondo del comedor, Madame Tilde estaba discutiendo con un autómata que había derramado salsa sobre una bandeja entera de verduras. Todo parecía totalmente normal, pero la nieve que azotaba los ventanales y las cuatro sillas vacías de nuestros compañeros desaparecidos demostraban lo contrario.

—¿Y tú? —me preguntó entonces Christian—. ¿Madame Tilde te ha esclavizado? ¿Has muerto de aburrimiento en la cocina?

Sonreí de oreja a oreja. Estaba deseando contarle lo que había encontrado, porque sabía que lo animaría.

—Te sorprenderías…

—¿Ah, sí?

Bajé la voz y me acerqué a su oído.

—He encontrado una puerta secreta.

Christian se quedó boquiabierto.

—¿En serio? ¿Dónde? ¿A dónde lleva?

—Eso no lo sé. Para descubrirlo te necesitaré a ti y a tu magnífico kit de ganzúas de ladrón.

—Son de investigador , no de ladrón.

—Lo que tú digas.

Terminamos de comer, nerviosos por descubrir lo que se ocultaba detrás de esa cerradura.

Sin embargo, tuvimos que esperar una eternidad, hasta que todos terminaron de comer, los platos estuvieron recogidos y los ayudantes de limpieza del día los lavaron, secaron y guardaron.

Me pareció que habían pasado cien mil horas cuando, por fin, apostados en un rincón oscuro del pasillo, vimos a Madame Tilde desatarse el delantal, colgarlo y salir de la cocina en dirección a la sala de descanso de los profesores.

—Ya era hora… —gruñó Christian, que casi se había quedado dormido esperando, sentado en el suelo y con la espalda contra la pared.

Le di un suave puntapie con la bota.

—Levántate, Zanahoria. Ha llegado la hora de la verdad.

Caminamos con sigilo, evitando llamar la atención. Comprobamos que no había nadie, entramos en la cocina y fui hasta el lugar donde había encontrado aquella cerradura casi invisible.

Le indiqué con el dedo la línea, oscura y hendida, y el lugar donde terminaba en un pequeño agujero entre los ladrillos.

—¿Lo ves? —pregunté.

Christian asintió y trató de mirar a través del hueco.

—Sí. Veo una pequeña palanca… Veamos.

Sacó su kit de ganzúas e introdujo una de las más finas.

—Tenemos un problema. Esta cerradura es mucho más pequeña de lo normal…

Frunció el ceño y acercó todavía más la cara al muro.

—Y, además, parece modificada.

Me crucé de brazos.

—¿Qué significa eso?

Christian deslizó otra ganzúa todavía más fina dentro del agujero.

—Las puertas de mantenimiento de la Academia usan cierres estándares. Esto no. Mira.

Se apartó un poco para dejarme ver.

Entre los ladrillos apenas distinguí una diminuta pieza metálica de cobre ennegrecido.

—¿Qué se supone que estoy mirando? —pregunté sin entender.

Christian bufó.

—¿En serio no escuchas nada en la clase de Voinescu? Alguien añadió esto después —murmuró Christian—. No funciona como las cerraduras normales, y necesitaré algo mucho más fino para abrirla. Por desgracia, esta era mi ganzúa más fina.

Miré a mi alrededor, pensativa.

Junto a una bandeja de bollos dulces enfriándose había varios utensilios de repostería. Entre ellos destacaba un punzón finísimo de cobre que Madame Tilde utilizaba para dibujar líneas de azúcar fundido sobre los postres.

Lo cogí.

—¿Esto serviría?

Christian levantó la vista y una sonrisa iluminó su rostro pecoso.

—Rizos… creo que acabas de salvarnos.

—Claro que sí. Mientras tú estudias cerraduras, yo me dedico a aprender cosas útiles.

—No sé si pinchar pasteles cuenta como formación investigativa…

Introdujo cuidadosamente el punzón en el pequeño mecanismo, y la cerradura hizo un pequeño clic.

Los dos nos quedamos completamente quietos, esperando.

Pero no sucedió nada de nada.

—Buen intento, de todos modos —dijo Christian, devolviéndome el punzón con aire triste.

De pronto escuchamos un ruido sordo al otro lado del muro. Algo metálico y pesado acababa de desbloquearse muy lentamente dentro de la pared.

Empujé suavemente y un trozo de pared se abrió hacia adentro, como una puerta.

—¡Rayos y engranajes! —exclamó Christian.

Un aire gélido y húmedo me acarició el rostro. Necesité un momento para acostumbrar mis ojos a la oscuridad del nuevo espacio.

Pasamos y cerré la puerta detrás de nosotros, para evitar que alguien la viera si entraba en la cocina.

—¿Qué demonios es este lugar? —dijo.

Dudé. Todavía no me había recuperado del asombro.

—No tengo ni la menor idea, Rosenberg, pero esto parece un museo de los horrores…