Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 12
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Me despedí de Christian y Frido y entré en la cocina para ayudar a Madame Tilde.

Habría preferido estar con ellos en la biblioteca; a mí también me interesaba saber si existían otros casos documentados en los que las Óculus hubieran fallado solo en ciertos paréntesis temporales, o solo en ciertos casos concretos.

Pero no pude hacerlo. Era el día de Saturnalia, todos los alumnos se habían quedado en la Academia, y Madame Tilde estaba sola para preparar cientos de raciones.

No podía decir que no. A fin de cuentas, yo vivía en la Academia desde que podía recordar. No pagaba absolutamente nada, y ni siquiera tenía el Don de la videncia. Al menos, no el mismo don que los demás.

Si estaba allí, era solo por la buena voluntad de Markus. Lo mínimo que podía hacer era agradecérselo ayudando en lo que pudiese. Y, además, me gustaba trabajar con Madame Tilde, en especial con los postres.

—Encárgate de las tartaletas —me dijo Madame Tilde sin girarse—. Están ahí detrás. Hay que rellenarlas de crema de vainilla, y después adornarlas con arándanos.

—¡A sus órdenes! —respondí, con un saludo militar.

—¡Luna Parker! —me gritó, fingiendo estar ofendida—. ¡Un poco de seriedad! La comida es una cosa muy seria.

—Y los postres, más aún —dije, y no estaba mintiendo en absoluto.

—Antes de empezar con eso, ¿puedes ir a la despensa y traerme otra lata de aceite? Está a punto de terminarse.

—¡Claro! Voy volando.

Abrí la portezuela de la despensa, al fondo de la cocina. Al hacerlo, tuve un repentino déjà vu.

Aquel sueño premonitorio se reactivó dentro de mí.

Sentí frío. Todavía más.

De nuevo, todo regresó al estado helado y en hibernación que había visto mientras dormía.

La visión me atravesó como un relámpago, pero pasó tan rápido como había llegado.

—Ese aceite, ¿podría ser hoy? —gritó Madame Tilde desde los fogones.

—¡Ya voy! —respondí.

Sacudí la cabeza y fui hacia ella a pasos cortos, cargando la pesada lata de aceite con ambas manos. Al verme, ella la levantó con una sola mano, prácticamente sin esfuerzo.

—Tienes que comer más, niña.

Sonreí a medias y fui a buscar la manga pastelera para empezar a rellenar las tartaletas de crema.

Me senté en un taburete y me concentré en la labor, pensando en mi don de premonición. ¿Funcionaba todavía? Por una parte, deseaba que sí. Por otra, no quería que se hiciera realidad lo que había visto en las últimas noches.

Decoré una tartaleta con arándanos, poniéndolos todos en fila. No me gustó nada. Los quité y los volví a poner, esta vez desordenados. El que sobraba, me lo comí. Sí, un poco de caos hacía los postres mucho mejores.

Pensé también en Christian, y en los problemas que estaba teniendo con sus Óculus. ¿El problema estaba en Christian, o en sus gafas? ¿O era algo totalmente externo, que no tenía nada que ver ni con lo uno ni con lo otro?

Estuve un buen rato con los postres, y me comí una décima parte de los arándanos.

Cuando terminé, Madame Tilde me pidió que la ayudase a hacer un recuento de las provisiones que había en la despensa, ya que estábamos incomunicados y no se sabía hasta cuándo tendríamos que aguantar sin recibir una nueva entrega.

Las previsiones no eran muy buenas, y Tilde era muy prudente.

Me dio un cuaderno y una pluma, y me dijo que empezara por los sacos de harina. Me agaché a dibujar una tabla, y justo en ese momento, la visión regresó otra vez.

Me encontraba exactamente en el mismo punto donde, en el sueño, la mesa estaba llena de harina y mi mano borraba el texto escrito sobre ella.

Y justo a mi derecha se alzaba un grueso muro de carga, hecho de ladrillo, que seguramente se hundía hasta los mismísimos cimientos de la Academia.

Observé una línea negra más intensa entre los ladrillos. Había estado en ese lugar cientos de veces, pero nunca me había fijado.

Madame Tilde salió al comedor para comprobar que los alumnos con turno de almuerzo habían puesto la mesa correctamente.

Aproveché el momento, me levanté y me fijé con detenimiento en la pared que tenía delante. Fui palpando la piedra, todavía caliente por su cercanía a los hornos.

Toqué los ladrillos rugosos, hasta que me detuve en un punto del que salía un hilo de aire frío.

Me acerqué más. Había algo ahí. Un agujero diminuto, como una cerradura en miniatura. Acerqué el ojo al orificio y pude ver algo al otro lado.

¿Qué calderas era eso?

¿Había una puerta al otro lado de aquella pared?

Toqué con los nudillos y traté de pensar cuál era la estancia colindante. ¿La lavandería? ¿La biblioteca?

Fuera lo que fuese, solo se me ocurría una persona de confianza capaz de forzar esa puerta, y seguro que estaba a punto de bajar al comedor.