11
La búsqueda “oficial” duró exactamente veintitrés minutos.
Veintitrés .
Cloterfin envió a dos profesores a revisar la biblioteca y los talleres inferiores. Otro grupo subió a las torres. Frederic patrulló el patio central por enésima vez.
Y ya.
Nadie parecía realmente preocupado. Bueno, algunos alumnos sí. Aurora estaba blanca. Greta fingía tranquilidad, pero no dejaba de morderse las uñas. Frido caminaba arriba y abajo ajustándose las gafas cada treinta segundos.
Y Luna estaba rarísima, pero no conseguía que me dijera por qué.
En cambio, los adultos… Era como si algo no terminara de encajar en sus cabezas, y la gravedad de la situación se les escapaba sin motivo.
Agarré a Luna del brazo y la aparté hacia un rincón del pasillo principal.
—Vale —murmuré—. Ahora sí. ¿Qué demonios te pasa?
Ella miró alrededor, como asegurándose de que nadie nos oía. Me hizo una seña para que la siguiese a un lugar al fondo, donde las luces de gas no funcionaban y en ese momento no había nadie.
—He vuelto a tener una visión —anunció una vez allí.
—Oh-oh —dije—. ¿Otra? ¿Cómo la del accidente de Eteria Park?
Asintió.
—Vi la Academia congelada. Y había cuatro personas tendidas sobre la nieve. Creo que estaban…
El color desapareció de su cara. No terminó la frase.
—Luna… ¿estaban qué?
Negó, como si no quisiera explicarme esa parte.
—¡No importa! Estaban en la nieve, sin abrigos. Casi cubiertos completamente. Hacía mucho frío.
Tragué saliva.
—¿Quiénes eran?
—No pude verlos bien. Solo reconocí una mano llena de anillos. Estoy casi segura de que era la de Andrea.
Asentí de nuevo.
—¿Y recuerdas en qué parte de la Academia estaban?
Negó con la cabeza.
—No. En realidad, nunca he visto ese lugar por aquí. Parecía una calle cualquiera de Barcinova. Nada que ver con los jardines de la Academia. Se llegaba a través de una puerta secreta en el vestíbulo.
—Ah. Ahora entiendo por qué estabas abrazando la pared antes…
Puso los ojos en blanco.
—¡No estaba abrazando la pared, hortaliza sin cerebro! —Suspiró—. Pero, de todos modos, no encontré nada en el vestíbulo. Esa puerta no existe, así que es posible que mi visión sea falsa, o al menos, que tenga errores.
—Ya, pero viste a Andrea.
—Técnicamente, vi su anillo, no a ella. Podría ser otra persona que lo llevase puesto.
Me pasé la mano por el pelo, pensando.
—Ven conmigo. Se me ocurre algo.
Tiré de ella hacia las escaleras.
—¿A dónde vamos?
—Ahora mismo lo verás. Quiero probar una cosa.
La llevé hacia los dormitorios de las plantas superiores. Por las escaleras nos encontramos con Frido, que subía los escalones mirando al suelo con aire decaído.
—Esta búsqueda es ridícula —se quejó, sacudiendo la cabeza—. No se lo toman en serio.
—Lo sé —dije, observando que llevaba consigo la bolsa con sus Óculus—. Justo íbamos a comprobar algo en el pasillo de los dormitorios. ¿Vienes?
Frido asintió sin preguntar nada más. Se le notaba un poco abatido.
Llegamos al piso donde se encontraban los dormitorios de Andrea y Chiara. Me detuve frente al primer dormitorio y saqué mis propias Óculus de la mochila.
—Si estuvieron aquí esta mañana, deberíamos poder reconstruir algo…
Luna se retorció las manos, intrigada. Empezaba a entender mi plan.
—Buena idea…
Me coloqué las Óculus y respiré hondo.
Las lentes empezaron a girar delante de mis ojos con su habitual zumbido mecánico. Los pequeños engranajes vibraron junto a mis sienes y la realidad comenzó a difuminarse lentamente.
Fui girando las lentes, buscando el momento exacto en el tiempo.
Intenté calibrarlas para ver qué había pasado frente a la puerta de Andrea esa noche.
Fui probando, hasta enfocar algunos colores.
Después sombras. Empecé por buscar el momento en que Luna y yo nos colábamos en la habitación de Andrea.
Vi cómo salíamos y cerrábamos la puerta.
Retrocedí un poco más…
Y un poco más…
La visión se llenó con una especie de niebla gris que lo tapaba todo.
Fruncí el ceño.
Era la segunda vez que me pasaba.
Giré los cristales, frustrado.
Las Óculus reajustaron automáticamente las lentes. Los cristales, incapaces de enfocar, descendieron un nivel más atrás en el tiempo.
Nada.
Otra vez aquella masa gris y espesa.
Sentí un pinchazo incómodo detrás de los ojos.
Las lentes volvieron a cambiar.
Y entonces ocurrió algo todavía peor.
La imagen saltó varias décadas hacia atrás sin mi permiso, sin que yo hiciera nada.
De pronto el pasillo estaba lleno de alumnos con ropas de otra época.
Llevaban el uniforme de la Academia, pero era una versión antigua, con corsés de varillas y faldas amplias para las chicas, y chaquetas entalladas de cuello alto y pajarita para los chicos.
Llevaban maletines de cuero, y no pude reconocer a nadie.
Se me escapó un grito, porque vi a mi padre atravesar el corredor.
Era mucho más joven, y tenía muy poca barba. La poca que tenía era oscura. No tendría más de dieciocho años.
Me quedé paralizado.
Por un lado, quise sonreír al verlo.
Por otro, mi preocupación crecía cada vez más: las Óculus jamás habían fallado así.
Ni siquiera durante mis primeras prácticas de videncia había cometido errores tan graves.
Intenté forzar a las lentes a regresar al pasado cercano.
Los engranajes empezaron a girar más deprisa. Tanto, que sentí presión en la cabeza.
Todo temblaba, y la imagen se rompió en mil pedazos.
Me encontré suspendido sobre un bosque enorme, con un enorme vacío bajo los pies.
Había viajado a cientos de años antes, cuando la Academia y sus torres no existían todavía. Solo árboles en la colina, y una ciudad mucho más pequeña a lo lejos.
El vacío bajo mis pies me hizo perder el equilibrio y grité con toda la fuerza de mis pulmones, sintiendo que caía.
Me arranqué las Óculus de golpe.
La mano de Luna se apoyó en mi hombro.
—¡Christian! ¿Estás bien?
Tardé unos segundos en recuperar el ritmo normal de la respiración.
—No funcionan —murmuré, dando un manotazo sobre el suelo.
—¿Qué has visto? ¿Por qué gritabas?
Frido estaba detrás de ella, sin decir nada.
Genial. Ahora él también sabría lo de mi problema con las Óculus.
Tampoco iba a poder esconderlo demasiado, de todos modos. Como mucho, hasta los exámenes de primavera.
Les expliqué lo de las imágenes entrecortadas, y cómo habían saltado en el tiempo por sí solas, impidiéndome ver el pasado reciente.
Frido escuchó todo sin interrumpirme, aunque tanto él como Luna se iban poniendo cada vez más pálidos.
—Eso no tiene sentido —dijo Frido, pasándose los dedos por el pelo—. Las Óculus no hacen eso.
—Ya —asintió Luna muy convencida.
—No, Luna, no sé si lo entiendes. Las Óculus pueden fallar… pero no así. No saltan décadas aleatoriamente. A veces no ves nada, si no sabes usarlas. Pero eso no ocurre.
Luna cruzó los brazos.
—Prueba tú, Frido. A ver qué pasa.
Frido dudó.
Luego asintió y sacó sus Óculus de la mochila. Abrió lentamente la funda, como si dudase.
No sé si tenía miedo a hacer el ridículo, como yo, o miedo de descubrir la verdad.
Se colocó las gafas por encima de las de ver, y el mecanismo arrancó.
Durante unos segundos permaneció completamente quieto.
Las lentes empezaron a girar demasiado rápido, igual que me había pasado a mí.
Frido tomó aire bruscamente.
—¡No…!
Se quitó las Óculus de golpe.
Tenía la frente sudada.
—¿También has visto niebla? —preguntó Luna.
Frido tardó en responder.
—Sí. Y me he caído. Lo mismo que Christian. El edificio no estaba. Me llevó a cientos de años atrás sin que yo moviera nada.
Se hizo silencio entre los tres.
De pronto, sentí un enorme alivio.
A Frido le había ocurrido lo mismo. O bien ambos estábamos perdiendo facultades, o existía un fallo en nuestras gafas, o en el entorno, que afectaba a todo el mundo por igual.
Esa segunda opción me parecía muy alentadora.
—¿Qué puede significar eso? —preguntó Luna.
Frido observó sus Óculus como si acabaran de volverse peligrosas.
—Es como si alguien hubiera… interferido.
Asentí.
—Pensé que era solo yo. Pero sí, viendo lo sucedido, creo que tienes razón.
Luna levantó la vista inmediatamente.
—¿Pensáis que alguien ha tapado el pasado?
—No sé si eso es posible —murmuró Frido—. Pero algo está creando interferencias.
—¿Y ahora qué? ¿Se lo decimos a Markus? —preguntó Luna, sonando poco convencida.
Los tres nos miramos; ninguno respondió.
Mi padre se estaba comportando de una manera muy rara últimamente.
—Os dais cuenta de lo que esto significa, ¿verdad? —dijo Luna preocupada—. Si los criminales pueden esconder el pasado de los Videntes… la Academia misma perdería su razón de existir. Vuestro Don ya no serviría para nada…
Tragué saliva, consternado.
No me había parado a pensar en eso.
Justo entonces, una voz severa resonó desde abajo, por la escalera:
—¡Señorita Luna Parker!
Madame Tilde apareció, dando zancadas. Se detuvo a coger aire después de subir varios pisos, con las manos en la cintura, sobre el delantal blanco.
—¡Llevo un buen rato buscándote! ¿Piensas ayudarme con la comida o pretendes que prepare sola el almuerzo de Saturnalia para cientos de alumnos, y casi sin carbón?
Luna abrió la boca, la cerró, y finalmente suspiró. Nos miró.
—Lo siento. Tengo que irme.
Tilde, al ver que su discurso había funcionado, se dio la vuelta y siguió refunfuñando escalera abajo.
Tomé del brazo a Luna, que ya se marchaba.
—Luna, espera —le dije—. Voy a la biblioteca. Necesito buscar información sobre fallos en las Óculus. Ver si esto es algo nuevo, o ya ha sucedido antes.
Ella asintió.
—Suerte —dijo, y luego enarcó una ceja—. Y, por cierto, intenta comer algo, Zanahoria. Estás más pálido que si hubieras visto un fantasma.
No contesté. En cierto modo, era exactamente lo que acababa de ocurrirme.