10
—¡Silencio, por favor!
La voz de Markus resonó por todo el comedor.
Los alumnos fueron callándose poco a poco, aunque un murmullo nervioso siguió extendiéndose por las mesas.
Yo no podía dejar de mirar los cuatro asientos vacíos.
Andrea.
Chiara.
Rolo.
Y ahora también Charly.
Cuatro, exactamente igual que en mi visión.
Sentí un escalofrío horrible.
Markus desplegó una lista sobre la mesa de profesores.
—Debido al protocolo de cierre total, vamos a realizar un recuento extraordinario. Quiero que respondáis en voz alta cuando escuchéis vuestro nombre.
Cloterfin permanecía a su lado, rígida como un palo de escoba, con su cara de pez globo más amarga que nunca. Tenía las manos cruzadas detrás de la espalda y la mandíbula apretada.
El recuento empezó, y pronto llegaron a uno de los desaparecidos.
—¿Charly Agape?
Silencio.
Markus alzó la vista un instante, pero luego siguió con normalidad, uno por uno.
—¿Julius Fablous?
—Presente, señor director.
—¿Jun Haoran?
—¡Presente!
Pronto hubo más nombres que faltaban.
—¿Rolo Larden?
Frido bajó lentamente la mirada.
—¿Andrea Moritz?
Silencio de nuevo. Aurora y Greta se removieron, nerviosas.
—¿Chiara Moschettone?
El comedor entero quedó en silencio.
Markus levantó la vista de la lista.
Lo miré, esperanzada, pensando que por fin reaccionaría. Que haría algo, activaría alarmas, organizaría la búsqueda del siglo.
Pero nada de eso sucedió.
—Bien —dijo con calma—. Probablemente los alumnos ausentes se encuentren en algún punto de la Academia. El edificio es grande y, con las festividades, muchos horarios se han desordenado.
Varias personas empezaron a protestar al mismo tiempo.
—¡Pero llevan desaparecidos toda la mañana! —exclamó Aurora.
—¡Y Charly nunca falta al desayuno! —añadió Frido.
—¡Rolo menos aún! —solté yo antes de poder contenerme.
Cloterfin dio una palmada seca.
—¡Basta! Esto no es una novela de detectives barata, damas y caballeros. La Academia Videntia tiene sótanos, talleres, torres y laboratorios. Seguro que aparecerán antes de la comida. En caso contrario, activaremos el protocolo 304.
—¿Alguien sabe qué tuercas es eso del 304? —susurré en el oído de Christian.
Este negó con la cabeza.
—Ni idea, pero, de todos modos, no van a hacerlo. No van a hacer nada, Luna. No llevan suficiente tiempo desaparecidos.
Me sentía cada vez peor. Tenía que contarle lo de mi visión, pero siempre había alguien delante que me lo impedía.
Cuando terminaron de pasar lista, la gente comenzó a dispersarse.
—Vamos a hablar con mi padre —dijo Christian, y Frido se nos sumó.
Nos acercamos a su mesa, al fondo del comedor. Cuchicheaba con Cloterfin y Frederic. Al vernos llegar, se callaron de golpe.
—Padre… —empezó Christian—. Andrea y Chiara dejaron sus Óculus en la habitación.
Cloterfin lo miró con sus ojos saltones.
—¿Y tú cómo sabes eso, Rosenberg?
Le di un suave pellizco. No podíamos confesar que nos habíamos colado en tres habitaciones sin permiso.
—Yo… Me lo dijo Aurora —dijo Christian rápidamente.
Markus tardó un segundo en responder.
—Entonces no hay duda. Aparecerán pronto para recuperarlas —dijo—. Ningún Vidente iría muy lejos sin sus Óculus.
—Y Rolo dejó un gironut a medias —solté sin poder contenerme.
Varias personas, que cotilleaban por detrás de nosotros, soltaron una risita al oír eso.
—Ya basta —dijo con voz cansada—. Los profesores revisaremos la Academia. Mientras tanto, todos continuaréis con las actividades habituales de Saturnalia.
—¿Podríamos hablar un momento en tu despacho, padre? —dijo Christian.
Markus miró al resto de profesores y sacudió la cabeza.
—Ahora no, hijo. Tengo asuntos importantes que atender. Ven después del almuerzo.
Suspiré.
Estaba claro que no conseguiríamos nada antes de la hora de la comida.
Miré a Christian y él me devolvió la mirada. Los dos sabíamos lo mismo: nada de aquello era normal, por mucho que todos fingiesen lo contrario.