Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 09
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Frederic Torrest nos miró desde la puerta abierta de su caseta.

Tenía ojeras profundas. Su abrigo, colgado en el respaldo de la silla, chorreaba nieve derretida, como si hubiera pasado la noche patrullando los terrenos de la Academia.

—¿Tres alumnos? —repitió lentamente.

Christian asintió.

—Sí. Andrea Moritz, Chiara Moschettone y Rolo Larden. Nadie los encuentra. ¿Sabes algo?

Frederic se quedó completamente quieto. Nos miró casi con rabia. A lo mejor sentía que estábamos cuestionando su trabajo, o metiéndonos con él.

—No. Nadie ha salido de la Academia desde anoche. Es imposible.

Sus ojos fueron hacia la tormenta blanca que azotaba Barcinova desde el día anterior.

—Ya, pero no están en el edificio, y pensábamos que… —dijo Christian.

—Pensáis mal —respondió Frederic con los dientes apretados y los labios apenas abiertos—. Si crees que tú, Christian Rosenberg, vas a hacerme quedar mal delante de tu padre, te has equivocado de persona. Yo cumplo las normas y las hago respetar. Y hago mi trabajo a conciencia.

No me gustó cómo nos habló. Frederic era estricto, pero no solía ser tan agresivo. Nunca lo había visto hablarle así a nadie, y menos, al hijo del director.

—No queremos demostrar nada, Frederic, solo estamos buscando a nuestros compañeros —respondió Christian con voz tranquila.

—Pues búscalos en la Academia. Esta puerta no la ha cruzado nadie desde ayer. ¿Está claro?

Asentimos y nos marchamos, algo decaídos.

Al entrar en la Academia, seguía haciendo frío. Se echaba de menos la calefacción.

—Menudo carácter. No sé qué mosca le ha picado esta mañana —murmuró Christian, frotándose los brazos para entrar en calor. Miró su reloj de cadena—. En fin, esperemos al recuento. Son casi las diez.

El vestíbulo se había llenado de gente. Todos se dirigían al comedor, donde Markus pasaría lista para comprobar que todo estaba en orden.

Frido Northrup se nos acercó corriendo, con el pelo rubio revuelto.

—Christian. Luna. Estoy buscando a…

—Sí. A Rolo, Andrea y Chiara —dijo Christian—. Ya lo sabemos.

Frido nos miró extrañado y se recolocó las gafas doradas.

—¿Qué? No. Estoy buscando a Charly. Se ha esfumado.

Tragué saliva, conmocionada.

¿Charly también?

Ahora sí, eran cuatro.

—Y eso no es todo —siguió Frido—. He hablado con el director. También con los profesores Grimbert, Barros y Aristegui. ¿Y sabéis lo más gracioso? Que ninguno parecía preocupado en absoluto.

Los dos asentimos a la vez.

En ese momento, sonó una campana desde el comedor.

—Van a pasar lista —dijo Christian—. Vamos. A ver si se presentan.