Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 08
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—Propongo que empecemos por las habitaciones —dijo Christian.

Lo miré con cara de obviedad.

—Una idea muy innovadora, señor superdetective.

—A ver, tenemos que ir descartando… —se defendió, pasándose la mano por el pelo rojo y revuelto.

Subimos los escalones de dos en dos, hasta los pisos superiores. Quería contarle lo de mis sueños premonitorios, pero había compañeros por todas partes, y no quería que nadie me oyese.

Así que esperé.

—Aurora y Greta ya han mirado en los dormitorios —le dije.

Christian se paró en seco, con los brazos en las caderas.

—¿Y desde cuándo haces caso de lo que dicen Aurora y Greta? —me preguntó extrañado—. Y, sobre todo… ¿desde cuándo te preocupa tanto Andrea Moritz? Pensaba que os declararíais la guerra oficialmente antes de graduaros.

Intenté sonreír, pero no me salió del todo.

Dos chicos de primer nivel pasaron junto a nosotros hablando en voz alta. Al vernos, bajaron el volumen inmediatamente y siguieron escaleras abajo.

Me crucé de brazos.

—Que me caigan mal no significa que quiera que desaparezcan misteriosamente durante una tormenta de nieve —murmuré—. Además, Aurora tiene razón. Algo no encaja.

Christian me observó unos segundos.

—Sí… pero quizá están en algún sitio obvio y todos se están poniendo dramáticos. A lo mejor Andrea, Chiara y Rolo han pillado un virus intestinal terrible y ahora mismo están encerrados en un baño, provocando una peste descomunal, comparable solo a la fábrica de sulfuro del puerto.

Lo miré horrorizada.

—Por todos los engranajes del mundo, Rosenberg. Los chicos sois asquerosos.

Él sonrió un poco. Por desgracia, sus intentos idiotas de hacerme reír siempre funcionaban.

—O imagínate que simplemente se han ido sin que nadie se entere, y que solo lo sabe Frederic.

—Tus teorías tienen muchos agujeros, ¿sabes? ¿Por dónde se supone que iban a salir? ¿Por un pasadizo subterráneo?

Nada más decirlo, me quedé sin aire.

Pensé en mi visión. En la puerta secreta del vestíbulo.

—Recuérdame que luego eche un vistazo a una cosa en la planta baja… —dije.

Llegamos al piso donde dormían Chiara y Andrea.

Yo nunca había entrado en sus habitaciones, pero imaginaba que serían de las más grandes y lujosas de la Academia.

En Videntia, no todos los dormitorios eran iguales: había algunos pequeños, otros compartidos, otros con baño propio…

y luego estaban las habitaciones de superlujo que solo algunos padres podían pagar.

Esas estaban reservadas para gente rica y popular, como Andrea Moritz.

Llegamos hasta la puerta de su habitación, decorada con una corona de Saturnalia elaborada en cobre de primera calidad.

Hasta la puerta era mejor que las demás.

No había entrado nunca, pero podía apostar mi broche de escarabajo a que sería justo lo contrario de mi guarida en la buhardilla: mi habitación era pequeña, oscura e inaccesible…

aunque, para ser sincera, esas tres cosas eran perfectas para mí, y nunca habría preferido estar en plena planta de alumnos, con todo el mundo corriendo por los pasillos y haciendo ruidos sin parar.

Mi buhardilla podía ser humilde, pero era privada, discreta y tranquila.

Y si alguien subía, podía oírlo llegar con mucha antelación.

Christian llamó a la puerta, pero nadie contestó.

Nos miramos.

Volvió a llamar, un poco más fuerte.

Puse la oreja sobre la puerta; dentro reinaba el silencio más absoluto.

—Christian, me apuesto lo que quieras a que Andrea Moritz duerme con antifaz de seda y tapones de diamantes en las orejas.

Hay que ser más contundentes. Usar algo que la haga despertar.

—Cogí aire y grité con toda la fuerza de mis pulmones—.

¡Moritz, abre rápido, acabo de ver a Greta zampándose el último apio del desayuno!

Christian me miró como si estuviera completamente loca. Andrea siguió sin responder.

—Vaya —dije—. Pensé que la idea de quedarse sin apio la aterraría.

Christian empezó a buscar algo en los bolsillos de sus pantalones.

—No me digas que vas a hacer lo que creo que vas a hacer —le dije, observando cómo sacaba un pequeño estuche de cuero del bolsillo.

Él no contestó. Solo lo levantó con una sonrisa de satisfacción. Tenía un pequeño kit de ganzúas de cerrajero.

—¿Vas a forzar la cerradura de Moritz? —le pregunté con un poco de miedo—. Como esté dentro, se nos va a caer el pelo…

—Diremos que fue idea del profesor Voinescu… Prácticas de Detectología, ya sabes.

—No colará.

—Soy el hijo del director. Te aseguro que colará, Rizos.

Puse los ojos en blanco.

—A veces te odio, ¿sabes?

—Pero en el fondo me quieres.

Hice un gesto de vomitar. Christian sacudió la cabeza mientras reía, y se puso manos a la obra.

Forcejeó un rato. Me pareció escuchar pasos por el pasillo, aunque luego giraron hacia otro lado. Aun así, me estaba poniendo nerviosa.

—Venga, espabílate, que puede subir alguien.

—Si sabes hacerlo más rápido, entonces encárgate tú, listilla…

—Sabes que la voz de Voinescu me produce un sopor insufrible y que soy incapaz de prestar atención en sus lecciones.

—Pues entonces calla y aparta de ahí, que me estás tapando la luz.

Me moví un poco y observé sus dedos hurgando en la cerradura de Andrea. Desde luego, su destreza con las cerraduras era admirable. Pero no iba a darle el placer de decírselo.

—Eres muy lento, Zanahoria, ¿seguro que has aprobado esta asignatura?

Él no respondió. La cerradura hizo un clic metálico y la puerta se abrió.

— Et voilà!

Dijo, haciéndose una reverencia a sí mismo.

Ignorándolo, abrí la puerta y pasé.

—Ya era hora…

Él bufó y se guardó las herramientas.

—¿Andrea? —pregunté mientras entraba—. ¿Estás bien?

La habitación estaba en orden y no había nadie. La cama estaba deshecha. Fruncí el ceño.

—¿Andrea? —gritó Christian—. ¡¿Andrea Moritz?!

Nada.

Levanté la mirada y vi que la puerta del lavabo estaba abierta. Me acerqué con cuidado y empujé la puerta.

Ojalá no estuviera sentada en la taza del váter con ese virus intestinal que se había inventado Christian. Andrea nunca me perdonaría que la pillase en un momento tan poco elegante. Su padre me denunciaría, seguro.

Delante de mí se abrió un baño de cuento de hadas. Era casi tan grande como mi buhardilla. Incluso tenía su propia bañera de bronce, con patas de león.

—Guau —dije sin poder evitarlo.

Christian, mientras tanto, estaba abriendo armarios. Miré de reojo: decenas de vestidos, americanas y pantalones. Faldas y botas, sombreros y corsés… aquello parecía una tienda de moda de las Galias.

—Su maleta está aquí —comentó—. Es imposible que haya salido de la Academia sin su equipaje.

Asentí. Sus baúles de cobre aligerado con tachuelas ocupaban la parte superior del armario.

Sobre la mesilla, cuidadosamente colocadas sobre un paño de terciopelo, descansaban sus Óculus Nova.

Sentí un pequeño escalofrío.

Andrea jamás habría salido sin ellas. Ningún vidente en su sano juicio lo habría hecho.

—Sí, desde luego. Esto es cada vez más extraño.

Él asintió, sin atreverse a tocar las gafas de Andrea por respeto.

A continuación, echamos un vistazo en la habitación de Chiara, que estaba en la misma planta. Era un poco menos lujosa, aunque también muy bonita. Nos encontramos una escena muy parecida: su abrigo, sus maletas y sus Óculus seguían todavía allí.

—La puerta estaba cerrada, como si ellas hubieran salido y hubieran cerrado la habitación desde fuera —comentó Christian, cerrando de nuevo la puerta de la habitación de Andrea.

—Escucha. Tengo que contarte algo —le dije en voz baja—. He tenido otra visión, y…

En ese momento pasó por allí Greta, con el rostro descompuesto, y me callé de golpe.

—¡Nada! ¡No las encontramos! —exclamó, mirando solo a Christian.

—¿Alguien ha mirado en la explanada de zepelines? —preguntó Christian.

—Julius Fablous ha salido a echar un vistazo, y dice que no están. Además, el zepelín escolar ha quedado sepultado bajo la nieve.

—¿Has probado en las torres? —propuso Christian.

Greta negó.

—No. Justo ahora iba allí.

—Vale. En un rato nos vemos en el comedor y nos cuentas qué has encontrado. ¡Suerte!

Greta se marchó con pasitos de bailarina, dejando a su paso una estela de perfume.

—Pasemos también por la habitación de Rolo —propuso Christian.

—Vamos.

Bajamos un piso, forzamos otra cerradura y nos encontramos otra escena muy parecida.

Rolo no estaba, y todas sus cosas seguían ahí.

La única diferencia era que su habitación estaba desordenada, maloliente y con ropa sucia tirada por todos los rincones.

Vi un gironut a medio comer sobre su mesilla. Mis ojos recayeron sobre él a la vez que los de Christian, y él asintió: habíamos llegado a la misma conclusión, sin necesidad de hablar.

—¡Rolo nunca habría dejado un gironut a medias! —dijimos a la vez.

—Fíjate —añadió Christian, señalando sus zapatillas en el suelo—. Solo hay una. Es como si hubiera salido corriendo.

—Ya… —respondí, observando el resto de la habitación rápidamente—. Por cierto, aquí huele a rayos —añadí, apretándome la nariz con dos dedos—. Mejor te espero fuera.

Un par de minutos después, Christian salió y volvió a cerrar la puerta

—Qué extraño —comentó—. No están en ninguna parte y nadie los ha visto en toda la mañana. Estamos en cierre total, pero parece que salieron corriendo en algún momento de la noche. ¿Adónde y cómo? Para colmo, son tres personas que ni siquiera se llevan bien entre ellas. ¿Cómo explicas eso?

Me mordí el labio.

No sabía dónde estaban, ni por dónde habían salido.

Pero la visión de esos compañeros tendidos en la nieve, posiblemente congelados, regresó con más fuerza todavía.

Claro que, en mi visión, eran cuatro, no tres.

Quizá era solo una pesadilla. Un error. Un sueño sin importancia…

—¿No querías mirar algo en la planta baja? —preguntó Christian.

Asentí.

Llegamos hasta el vestíbulo y traté de orientarme. El lugar era un poco diferente en mi sueño; más grande y oscuro, y con los cuadros en sitios distintos.

Me apoyé sobre la pared oeste y comencé a palparla con las manos, observándola muy de cerca en busca de muescas o marcas.

—¿Se puede saber por qué le estás dando besitos a la pared?

—Calla, Zanahoria con patas. Déjame trabajar.

Revisé la pared entera, pero no encontré nada.

La puerta de mi visión no estaba ahí.

Suspiré, algo aliviada.

Si la puerta no estaba, y el número de desaparecidos no coincidía, todavía había esperanza de que mi visión fuera errónea.

—Falsa alarma —le dije—. Venga, vamos a ver a Frederic, a ver si sabe algo.

Salimos del vestíbulo y bajamos la escalinata principal. La nieve era tan alta que cubría los últimos escalones y, para colmo, seguía cayendo sin parar.

Me relamí los labios, que habían quedado cubiertos de copitos de nieve. Era una sensación curiosa. Si no hubiera sido todo tan preocupante, me habría parecido bonito, o divertido.

Nos costó caminar por la nieve hasta la caseta del guardia. Era tan profunda que, a cada paso, se te hundía la pierna entera hasta más arriba de la rodilla. Tardamos un buen rato en recorrer una distancia que, normalmente, habríamos salvado en dos minutos.

Frederic Torrest estaba dentro de su caseta, junto al portón de entrada. Se calentaba las manos con un pequeño hornillo de carbón.

Toqué con los nudillos en el cristal.

—¡Frederic! Necesitamos hablar contigo.

Se giró con el ceño fruncido y se levantó a abrirnos la puerta. Cuando salió, tenía mala cara, como si no hubiera dormido.

—¿Qué hacéis aquí? Es peligroso salir, ¿es que no os habéis enterado?

—Frederic, es importante —insistió Christian—. ¿Sabes si alguien ha salido de la Academia desde ayer por la noche? No encontramos a tres compañeros.

Él nos miró, perplejo.

Antes de que dijera nada, yo ya había adivinado la respuesta.