07
A la mañana siguiente, como siempre, subí a despertar a Luna.
Solía dormirse y llegar tarde a desayunar.
Era nuestro pequeño ritual: bajábamos juntos y así evitábamos que se quedase sin nada (y que mi padre le echase la bronca por llegar la última).
Sin embargo, me sorprendió no encontrarla en su buhardilla.
Era increíble. Por primera vez en cien años, había bajado a desayunar antes que yo.
Eso sí que era un acontecimiento histórico, y no la nevada.
Cuando la vi, sentada en una esquina de la mesa, tenía el pelo mojado, seguramente recién lavado.
Tenía también cara de frío, lo cual no me sorprendió.
Desde la noche anterior la calefacción estaba prácticamente apagada, y no me habría extrañado encontrarme un pingüino por los pasillos de la Academia.
Algunas tuberías golpeaban dentro de las paredes como si algo estuviera atrapado en ellas.
Incluso había escarcha en la parte interior de algunos cristales del comedor.
—Eh, Rosenberg —me saludó con poca energía, y al hablar le salió vaho por la boca.
Le lancé mi chaqueta para que se calentase un poco.
—¿Has oído hablar de los ventiladores de pelo, Rizos? —le dije, apretando sus bucles y comprobando que estaban empapados.
Muy apropiado para una Academia que pronto estaría bajo cero.
—Muy gracioso. Había mucha cola para usar los del baño común, y no tenía ganas de esperar tanto.
—Pues pareces un témpano de hielo descongelándose… ¿has dormido también con la ventana abierta, para ir habituándote?
Puso los ojos en blanco.
—Y tú, ¿has dormido con tu peluche en forma de locomotora?
Vale. Hagamos un inciso. Era posible que me gustasen los peluches. Existía la posibilidad de que a veces, SOLO A VECES , durmiera abrazado a uno.
Pero solo porque había sido un regalo de mi madre, y la veía poco.
Y, además, no tenía forma de locomotora, sino de zepelín.
—Veo que te has levantado en plena forma, ¿eh? —le dije, sacudiendo la cabeza.
Me acomodé en mi sitio, notando que nuestra mesa estaba inusualmente vacía aquella mañana, y ni siquiera era tan temprano.
Por todas las calderas, si Luna ya estaba levantada, no podía ser muy temprano.
Aurora Rauss, la chica con cara de vampiresa, se nos acercó con aspecto de estar muy alterada. Eso era rarísimo en ella, la reina de la calma y la compostura.
—Christian, ¿no habrás visto a Chiara y Andrea? Habíamos quedado para hacer gimnasia antes de desayunar, pero no se han presentado, y no las encuentro por ninguna parte.
—Ni idea, Aurora. Acabo de bajar.
Me pareció que Luna, a mi lado, se tensaba un poco. Pero no dijo nada.
—Siempre se sientan aquí, a tu lado —insistió Aurora—. ¿De verdad no las habéis visto? Estoy muy preocupada. No es normal en ellas llegar tarde y no avisar. Llevo más de una hora buscando: ¡he mirado en sus dormitorios, en la enfermería, en la biblioteca y hasta en las duchas!
—En las duchas seguro que no, porque se ha acabado el agua caliente —gruñó Luna, con su pelo aún empapado—. Y no me preguntéis cómo lo sé.
—A lo mejor, Greta sabe dónde están —dije, señalando a la rubia.
—Dice que no —replicó Aurora, apartándose un mechón negro de la cara pálida—. En serio, he buscado por todas partes. Esto es muy raro.
La cara de Luna se volvía cada vez más sombría. ¿Desde cuándo le preocupaban los problemas de Andrea? Que yo supiera, se llevaban fatal.
—Estarán en el patio, tirándose bolas de nieve —dijo Jun Haoran, que pasaba por allí.
A pesar de ser un cerebrito para la tecnología, para las cosas más mundanas era bastante ingenuo. ¿Andrea Moritz y Chiara Moschettone tirándose bolas de nieve? Eso era más improbable que tener autómatas capaces de hacernos los deberes…
—No están en el patio —aseguró Aurora—. Además, es imposible, con la que está cayendo.
—¿Habrán desayunado antes? —dije—. Con las fiestas, los horarios son más flexibles. No todos bajan a la misma hora.
—Yo llevo aquí media hora y no las he visto —anunció Luna, con voz agotada.
La miré extrañado.
—¡¿Tú llevas aquí media hora?! —repetí, incrédulo, y fingí medirle la fiebre con mi mano en su frente—. ¿Te encuentras bien, Parker?
Sacudió la cabeza con gesto irónico, pero algo en sus ojos me dijo que no, no estaba del todo bien, y seguramente por eso se había levantado tan pronto.
Al escuchar la conversación, Sarah Lindt se unió.
—Recuerdo que Andrea dijo ayer que sus padres le mandarían un globo-taxi privado.
Jun se cruzó de brazos y sacudió la cabeza.
—Sí, pero ya oísteis lo que dijeron Frederic y Markus. Todas las comunicaciones están cortadas. Las puertas de la Academia están cerradas a cal y canto.
—Bueno, por aire no se han ido, pero, ¿puede que hayan venido sus padres a buscarla con su coche privado a vapor? —aventuró Luna, aunque poco convencida.
Torcí la nariz.
—Lo dudo mucho. La subida hasta la Academia es muy empinada, y la carretera está sin despejar. A no ser que tengan un tanque…
—Con el cobre que tiene la familia de Andrea, no me extrañaría —comentó Sarah.
—No. Es imposible —insistió Aurora, cruzándose de brazos—. Nadie puede salir ni entrar. Ya lo sabéis.
—Ya —estuve de acuerdo—. Puede tener todo el cobre del mundo, pero supongo que necesitarías un vehículo especial o un quitanieves a vapor para subir esa cuesta. Y seamos sinceros, ¿quién tiene un quitanieves en el garaje de casa, en Barcinova, donde nieva una vez cada cuarenta años?
Todos se callaron.
Miré a mi alrededor, contando las sillas vacías.
—Tampoco está Rolo —dije, señalando su sitio desocupado—. Y la pizarra con su decreto está vacía.
—Estaba deseando anunciar su decreto de Saturnalia durante el desayuno —comentó Luna, sonando cada vez más preocupada—. Esto es rarísimo.
—¡Sí! —dijo Sarah—. Lo normal sería que estuviera ahora mismo subido a una mesa, celebrando que es el Rey de las fiestas y dando órdenes ridículas a diestro y siniestro.
—Yo tampoco lo he visto en toda la mañana —confirmó Jun—. Aunque puede que esté con Charly, haciendo otras cosas.
—Rolo NUNCA se perdería un desayuno —dijo Luna—. Y menos aún, su gran día de protagonismo como Rey de Saturnalia.
—¡Ya os lo he dicho! —exclamó Aurora, perdiendo la paciencia—. Algo raro pasa. Es imposible salir de aquí, y, sin embargo, se han esfumado. ¿Cómo puede ser?
Justo momento entró un autómata, y se detuvo frente a nuestra mesa. De su interior surgió la voz de mi padre, grabada, y anunció:
—Debido al protocolo de cierre total, todos los alumnos deberán presentarse en el recuento a las diez —dijo con voz metálica—. Ausencias no justificadas activarán protocolo interno 304.
Fruncí el ceño. No supe si 304 era un protocolo de búsqueda o un castigo tan grave que se te caía el pelo, pero sonaba mal de todos modos.
El autómata se dio la vuelta y siguió su camino, dispuesto a repetir el mensaje en cada una de las mesas.
Miré el gran reloj de cobre del comedor: las nueve y diecisiete. Faltaban menos de cuarenta y cinco minutos para el recuento obligatorio.
Sentí un pequeño nudo en el estómago, pero nada comparado con la cara de Luna, que parecía haber visto un fantasma.
—Eh —le dije, dándole un golpecito con el hombro—. Seguro que aparecen antes del recuento.
No pareció convencida.
Aurora habló otra vez.
—Sus abrigos siguen en la habitación. ¡Incluso sus Óculus! No se habrían marchado sin ellas.
Todos nos giramos hacia ella.
Ningún vidente abandonaba jamás sus Óculus.
Nunca.
Luna me miró, completamente seria.
—Desayuna rápido, Zanahoria —ordenó—. Creo que nos enfrentamos a un problema de verdad. Y tengo algo que contarte.