Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 06
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Caí dormida enseguida. Los acontecimientos del día me habían dejado agotada.

De nuevo, el sueño se repitió.

La Academia estaba congelada.

Tuberías heladas explotando dentro de las paredes. Las ventanas estaban llenas de escarcha…

Pasé de largo por la cocina, sabiendo lo que me encontraría allí. No quería volver a encontrarme con la voz de mi último sueño.

Continué hasta el vestíbulo, y allí encontré algo nuevo; algo que no estaba en el sueño anterior.

Unas pisadas frescas, todavía derritiéndose sobre la nieve, conducían hacia una puerta secreta que nunca había estado allí. En la Academia de verdad, ahí solo había un muro lleno de cuadros.

Me acerqué con cuidado y abrí aquella puerta.

Al otro lado, la tormenta rugía con tanta fuerza que los copos me golpearon la cara como pequeñas cuchillas heladas. No reconocí el lugar; no se parecía en nada a los jardines de la Academia. Me recordaba a las calles de Barcinova, pero sin vehículos y sin gente.

A lo lejos había alguien tumbado en la nieve.

No, no era una persona. Eran varias.

Cuatro pares de botas sobresalían entre la nieve acumulada.

Intenté acercarme, pero era difícil con la tormenta.

—¿Hola? —grité, por encima del silbido del viento—. ¿Estáis bien? ¡Os vais a congelar ahí fuera!

Pero ninguno se movió.

Nadie contestaba.

Avancé como pude entre la nieve espesa, hundiéndome casi hasta las rodillas. Cuanto más me acercaba, más reconocía los uniformes de la Academia.

Vi que la nieve les cubría casi medio cuerpo, impidiendo ver sus rostros. Ninguno se movía. Entonces reconocí una mano con un anillo: el sello familiar de los Moritz.

La mano de Andrea.

—¡No!

Intenté correr hacia ellos, pero el viento helado me golpeó con tanta fuerza que apenas podía avanzar.

Y entonces comprendí algo horrible.

Si no encontrábamos pronto a los desaparecidos, morirían congelados.

***

Tenía la frente sudada y las manos temblorosas. Durante unos segundos me quedé sentada en la cama, intentando convencerme de que solo había sido otra pesadilla.

Pero no lo parecía.

Fuera todavía no había amanecido.

Me levanté y crucé el pasillo casi corriendo en dirección a los baños comunes. Necesitaba despejarme.

El frío allí fuera era mucho peor que la noche anterior. Las tuberías golpeaban dentro de las paredes con ruidos secos y metálicos, y la mitad de las luces estaban apagadas para ahorrar combustible.

En las duchas, el agua apenas salía tibia. La caldera central debía de estar funcionando al mínimo.

Tuve suerte de poder ducharme antes de que el agua terminara de enfriarse.

Cuando salí, el baño ya empezaba a llenarse de alumnos adormilados que se preparaban para el desayuno. Todos hablaban de la nieve.

Me sequé el pelo rápidamente con la toalla, me vestí y bajé hacia el comedor con una sensación horrible instalada en el estómago.

Mientras descendía por las escaleras de la Academia, tuve la impresión de que necesitaba comprender el mensaje urgentemente. Mis visiones siempre intentaban advertirme de algo. El problema era que, esta vez, no tenía ni idea de cómo impedirlo.