Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 05
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Llevaba la mitad de la noche bailando para olvidarme de todo lo que había ido mal en aquella Vigilia de Saturnalia.

Primero, mis Óculus, que no funcionaban.

Luego, mi madre, que no había llegado a tiempo. Hacía meses que no la veía; incluso sus cartas llegaban cada vez más espaciadas desde que aceptó aquella misteriosa misión en la Amazonia.

Después, la noticia de que todos los vuelos quedarían cancelados hasta nuevo aviso.

Y, por supuesto, Andrea dándome la lata durante media cena por la rosa que le había regalado a Luna.

¿Y ahora qué rayos pasaba?

Las puertas del comedor se habían abierto de golpe.

Frederic Torrest acababa de entrar cubierto de nieve hasta los hombros. Llevaba la gorra en una mano y la expresión tensa. Tan tensa que el ruido y las conversaciones murieron poco a poco a su alrededor.

Incluso la orquesta dejó de tocar.

—Traigo noticias —dijo con voz grave, alzándola para que todos pudiéramos oírlo—. Las comunicaciones aéreas no podrán reanudarse mañana.

Un murmullo incómodo recorrió la sala.

—Por desgracia, acabamos de quedar completamente incomunicados.

Se cancelan todos los zepelines y globo-taxis hasta nuevo aviso y tampoco podremos usar el subfluvial para salir de la Academia.

Los canales se han congelado y las agujas de cambio de vía han quedado inutilizadas.

Además, varias carreteras están bloqueadas y la ciudad no está preparada para una tormenta de esta magnitud.

Algunos alumnos empezaron a protestar. Frederic continuó:

—Los cables de teléfono también han caído en varios distritos de Barcinova. Las noticias llegarán lentas hasta que el temporal mejore.

Alguien soltó un grito. ¿Estábamos también sin teléfonos?

Frederic se inclinó hacia Markus y le susurró algo al oído. Yo estaba demasiado lejos para escuchar las palabras exactas, pero vi claramente cómo Frederic hacía un gesto hacia arriba, como indicando la nieve que no paraba de caer.

Después, Frederic volvió a encasquetarse la gorra y salió del comedor con paso rápido.

Las conversaciones estallaron por todas partes. El ambiente había cambiado por completo: la música se había apagado y el comedor ya no parecía un lugar festivo, sino un grupo de náufragos atrapados en mitad de una tormenta.

Mi padre golpeó suavemente su copa con una cucharilla, y el silencio volvió casi de inmediato.

—Ya habéis oído a Frederic —dijo con calma—. Lo siento mucho, pero mañana nadie podrá regresar a casa.

Varias voces protestaron.

—¡Mi familia me está esperando!

—¡Mi globo-taxi ya estaba pagado!

—¡Esto es absurdo!

Cloterfin dio dos palmadas secas.

—¡Silencio!

Mi padre levantó una mano y ella volvió a callarse.

—Además —continuó Markus—, debido a esta situación excepcional, activaremos el protocolo de cierre de la Academia hasta nuevo aviso.

Aquello hizo que el comedor entero se removiera. Incluso yo me puse recto en la silla.

El protocolo de cierre solo se usaba en simulacros, accidentes graves o emergencias extremas.

—A partir de ahora —continuó mi padre—, ciertas alas quedarán restringidas por la noche. Nadie podrá circular solo después del toque de queda y Frederic reforzará sus patrullas interiores hasta que la situación mejore.

Antes de que Markus terminara de hablar, las luces del comedor parpadearon un par de veces.

De pronto, un estruendo metálico resonó dentro de las paredes.

¡BANG!

Algo explotó en algún lugar de la Academia, y varios alumnos gritaron.

Las lámparas titilaron violentamente. Durante un segundo, todo el comedor quedó a oscuras.

Después, una tubería reventó cerca del techo. Una nube de vapor blanco salió disparada sobre las mesas y un fino polvo de escarcha cayó desde arriba.

El frío entró en la sala de golpe.

Luna se abrazó a sí misma, y alargué por instinto el brazo hacia ella, rodeándola. Se quedó completamente quieta, con terror en el rostro, como si acabara de reconocer algo.

Hasta los autómatas dejaron de moverse.

Mi padre observó el techo unos segundos antes de volver a mirarnos. Cuando habló, lo hizo con voz muy tranquila. Demasiado, dadas las circunstancias.

—Solo ha sido una tubería congelada —dijo—. Las calderas siguen funcionando. No hay motivo para alarmarse.

Mentía. Pude oírlo en su voz y verlo en sus ojos.

—Reduciremos la calefacción y parte de la iluminación para ahorrar combustible hasta que el temporal termine. Mañana, si conseguimos línea, Frederic intentará contactar con el consejo de la ciudad y evaluaremos la situación. Hasta entonces, os pido calma y colaboración.

Luego forzó una pequeña sonrisa.

—Y, por favor, no dejéis las ventanas abiertas esta noche… a menos que queráis despertaros sin cejas.

Algunos rieron nerviosamente, aunque fueron muy pocos.

La fiesta había terminado.

La Vigilia de Saturnalia normalmente duraba hasta altas horas de la madrugada. Era la primera vez que se cortaba así, tan bruscamente.

Nos quedamos todos descolocados.

Subimos hacia los dormitorios en grupos pequeños, mientras la nieve seguía golpeando las ventanas de la Academia.

No me gustaba nada el rumbo que estaba tomando todo esto.