Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 04
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La noticia de Frederic cayó como un mazazo sobre la Academia, dejándonos a todos en silencio por un instante.

Pero después, como si alguien hubiera apretado un botón, todo el mundo empezó a hablar a la vez y se formó una algarabía insoportable.

—¿Qué significa aislados ? —preguntó Greta Manzini, horrorizada—. He pedido un tocador mecánico de regalo. ¡Edición Galia! ¡Necesito volver a casa YA para estrenarlo!

—¿Entonces, se cancela la fiesta de Saturnalia? —exclamó la pequeña Sarah Lindt, intentando auparse para ver algo entre el mar de cabezas más altas que ella.

Los profesores se reunieron en corrillos junto a las escaleras, cuchicheando entre ellos.

Cloterfin se plantó con los brazos cruzados delante de la puerta principal.

—¡Basta, que nadie se alarme! —gritó, y dio un par de palmadas—. ¡Silencio! ¿Me oís? ¡Callaos de una vez!

Mientras lo decía, con su voz chirriante, puso una cara que habría alarmado hasta a un autómata repartidor de gironuts.

Markus, con pasos lentos y seguros, se situó junto a Cloterfin y carraspeó suavemente. Levantó una mano. Esperó.

Se hizo el silencio de inmediato.

Era el efecto que siempre tenía la presencia de Markus. Totalmente opuesto al caos histérico de Cloterfin.

—La Vigilia de Saturnalia se celebrará como estaba previsto —anunció—. Esto es solo temporal. Además, recuerden que estamos en la Academia Videntia, damas y caballeros. Tenemos calderas, provisiones, buenos muros y suficiente comida para sobrevivir varios inviernos.

—Eso será si Rolo no se zampa todas las provisiones en dos horas y morimos de hambre… —bromeó Charly—. ¡Ouch!

Frido, su mejor amigo y bastante más sensato que él, le dio un coscorrón a Charly para que se callase. Pero a Rolo, que lo había oído, no le importó la broma. Levantó ambos pulgares por delante de su rostro redondo y sonrosado.

—¡Eso espero, Charly! No me gustaría tener que comerte a ti cuando se nos acaben.

Algunos rieron, pero yo no le encontré la gracia.

Todo esto empezaba a parecerse peligrosamente a mi visión, y no me gustaba nada pensar en lo que podía venir después.

—Se espera que el tráfico aéreo se reanude en breve, en cuanto deje de nevar. Mañana podréis regresar todos a casa, tal y como estaba previsto —dijo Markus, calmando los ánimos de todo el mundo—. Y ahora, ¡todos a prepararse para la cena!

***

Aquella tarde, todos en la Academia decidieron comportarse como si quedarse aislados bajo una tormenta de nieve fuera parte del programa festivo.

Los profesores sacaron sus trajes de gala. Los alumnos corrieron escaleras arriba para arreglarse, ponerse ramas de acebo en el ojal y fingir que no pasaba absolutamente nada.

Subí a mi buhardilla a cambiarme y observé la nieve, que seguía cayendo. El patio central de la Academia estaba totalmente blanco, y el árbol de Saturnalia se veía un poco torcido, como si sus ramas estuvieran a punto de ceder bajo el peso de tanta nieve.

Me dije que esa nevada cada vez era menos bonita.

Intenté no pensar en ello y me puse mi mejor conjunto: camisa blanca, chaqueta con remates en tonos dorados y pantalones ajustados a juego.

Dejé el escarabajo de mi madre por fuera, sobre el pecho.

Mis rizos, por supuesto, eran una criatura independiente con voluntad propia, así que desistí de peinarlos, porque solo se volvían más y más voluminosos.

Cuando abrí la puerta, Christian estaba al otro lado, con los nudillos dispuestos a llamar. Casi nos dimos un cabezazo.

—¡Por todas las calderas! —solté—. ¿Es que quieres matarme del susto?

Christian llevaba el traje de gala de vidente: chaleco oscuro, botones de cobre y camisa negra impecable. Un reloj de cadena antiguo cruzaba su chaleco, dándole un aire muy elegante.

Sonrió al verme. Sus pecas daban la sensación de que Madame Tilde le hubiera esparcido canela por la cara.

Eran graciosas.

Vale, admitámoslo: tenía buen aspecto.

Sacó algo de detrás de la espalda.

Una rosa negra, secada lentamente boca abajo, con un lazo rojo en el tallo.

—Esto es para ti, Parker.

Lo miré.

Luego miré la rosa.

—¿La has robado de un jarrón?

—No preguntes.

—¡¿La has estado secando para mí desde la primavera pasada?!

—Parker, no te pases. ¿Por quién me tomas?

Enarqué una ceja.

Era muy difícil conseguir esas rosas negras, que solo crecían en un rosal concreto del invernadero y florecían durante un tiempo muy corto. Si alguien quisiera guardar una para Saturnalia, debería planificarlo con mucho tiempo… Lo cual no tenía mucho sentido.

Pero decidí no darle más vueltas.

Noté que Christian se había puesto un poco rojo.

—Es para darte las gracias por antes. Gracias por escucharme, Rizos.

No supe qué decir.

Cogí la rosa y me encogí de hombros, intentando que no se notara que me había gustado el detalle.

—No es demasiado fea.

—Acéptala, Rizos, y no te acostumbres. Saturnalia no es todos los días.

Luego me ofreció el brazo, exageradamente solemne.

—¿Bajamos?

—Te cojo solo para que no te caigas.

—Qué amable.

Bajamos juntos.

Al llegar, el comedor de la Academia estaba irreconocible.

Las mesas largas estaban cubiertas con manteles color verde pino, vajilla roja de fiesta y pequeñas lámparas de gas encerradas en esferas de cristal.

Del techo colgaban guirnaldas de ramas, cintas doradas y engranajes de bronce que reflejaban la luz.

En la pared del fondo, sobre la mesa de profesores, el lema de la Academia parecía más solemne que nunca:

«Miramos al pasado para cambiar el mañana.»

Me estremecí al leerlo, recordando las gafas averiadas de Christian. O el pasado estaba escondiéndose, o mi mejor amigo se estaba convirtiendo en un Velado antes de tiempo.

Y el mañana no me gustaba nada, al menos no hasta que se descongelase la nieve y pudiéramos salir de la Academia de nuevo.

Nos sentamos en nuestros lugares de siempre. Christian dejó la funda de las Óculus bajo la silla, como si no quisiera ni mirarlas.

Los autómatas empezaron a desfilar con bandejas.

Entrantes, verduras asadas, arroces, carne con hierbas, puré de queso, pescado especiado y jarras de mosto caliente.

Rolo comía con la concentración de un estudioso ante un manuscrito antiguo.

Andrea cortaba su comida en trozos tan pequeños que parecía estar diseccionándola.

Greta y Aurora murmuraban entre ellas, probablemente sobre mi pelo, mi broche de escarabajo anticuado o la falta de elegancia y estilo de la mayoría de alumnos, conmigo encabezando la lista, por supuesto.

—¿Y esa flor? —preguntó Andrea, señalando la rosa negra.

Solté el tenedor y este tintineó muy fuerte sobre el plato.

—Es una flor. ¿Nunca has visto una? Su función biológica principal es producir semillas…

—No te hagas la listilla, Luna. ¿De dónde la has sacado? Esas rosas son rarísimas y muy difíciles de conseguir.

—¿Y a ti qué te importa? —respondí, protegiéndola con la mano por si trataba de arrancármela del ojal.

Christian suspiró y se llevó una mano a la frente.

—Se la he dado yo, ¿algún problema?

Andrea se quedó boquiabierta.

No era un secreto de estado que Andrea estaba colada por Christian, igual que Greta.

—Qué detalleeee —canturreó—. Una flor para una florecitaaaa…

Varios alumnos silbaron.

Yo deseé hundirme debajo de la mesa y vivir allí para siempre, entre migas de pan y puntas de zapato.

—A mí nunca me has regalado una rosa negra —añadió Andrea compungida—. ¿Es que te caigo mal?

—Pues claro que no, Andrea, pero tu padre tiene una plantación entera detrás de vuestra casa. ¿Para qué quieres otra más?

Rolo soltó una carcajada con la boca llena y casi escupió arroz.

—¡Buen gancho de izquierda, Rosenberg!

Andrea torció el labio y fingió que le daba igual. Yo observé la rosa y no entendí del todo por qué aquella planta negra y reseca se había vuelto tan importante de repente.

Por suerte, una campanilla metálica interrumpió la conversación de nuestra mesa, que solo podía empeorar.

Markus se levantó en el estrado con una copa de refresco de miel en la mano. El comedor se fue callando poco a poco hasta quedar en silencio.

—Alumnos, profesores, amigos de la Academia Videntia —dijo—.

Esta noche celebramos la Vigilia de Saturnalia.

Una noche para recordar que incluso en los días más fríos, la luz vuelve.

Incluso cuando el cielo se oscurece, el fuego permanece, y el Astro Rey vuelve a iluminar nuestro camino tras la noche más larga y oscura.

Su mirada pasó sobre nosotros, uno a uno.

Durante un segundo se detuvo en Christian.

Luego en mí.

—Brindemos por quienes están aquí, por quienes están lejos y por quienes nos enseñaron a mirar más allá de lo evidente.

Todos levantamos las copas.

—Feliz Saturnalia —dijo Markus.

—¡Feliz Saturnalia! —respondió el comedor entero.

Bebimos.

El refresco de miel estaba frío, espumoso e increíblemente dulce. Me hizo cosquillas en la garganta, pero también aumentó la sensación de frío interior que llevaba a cuestas desde la mañana.

Entonces llegaron los postres.

Los magníficos, explosivos, superdeliciosantes postres de Madame Tilde, que, por cierto, yo le había ayudado a preparar.

La cocinera entró al frente de la procesión, orgullosa como una generala y empujando un carrito con el roscón de Saturnalia más grande.

Detrás de ella, los alumnos con turno de cocina empujaban carros cargados de frutas confitadas, natillas, pasteles de almendra y montañas de galletas.

Había tantos que habría sido imposible repartirlos solo con autómatas.

Markus explicó la tradición a los alumnos de primer curso, aunque todos la conocíamos de memoria.

—En uno de los roscones se esconde el racimo dorado de Saturnalia. Quien lo encuentre será proclamado Rey o Reina durante las fiestas. Durante un día, podrá llevar la corona, presidir el desayuno y dictar un decreto razonable.

—¡Razonable! —repitió Cloterfin desde la mesa de profesores, apuntando la palabra con un dedo.

Rolo levantó la mano.

—¿“Postre doble para todos” cuenta como razonable?

—Depende de a quién preguntes… —dije, mirando a Andrea de reojo.

—Por mí, bien —dijo Charly, relamiéndose mientras se hacía con una mousse de chocolate de algarroba.

—El decreto se proclamará mañana, a primera hora durante el desayuno, y el Rey de Saturnalia lo escribirá de su puño y letra en esta pizarra.

Cloterfin señaló una pizarra negra situada sobre un trípode, junto a la mesa presidencial que solían usar los profesores.

Después, Madame Tilde cortó el roscón y, junto a sus ayudantes, lo repartieron entre todos los presentes.

Miré mi trozo. Estaba tierno, brillante de azúcar glaseado y cubierto de fruta confitada roja y verde. Yo misma había escondido el racimo de oro en uno de aquellos roscones gigantescos, pero obviamente, no tenía ni idea de dónde podía estar. Durante un segundo, imaginé que me tocaba a mí.

Luna Parker, Reina de Saturnalia.

Sonaba bien, aunque un poco peligroso.

Si me nombraban reina, podría inventarme alguna norma absurda y todos tendrían que cumplirla.

Podría, por ejemplo, dictaminar que todo aquel que tuviera el pelo rojo hiciera mis deberes durante un año entero…

Bueno, seguramente eso no entraría dentro de las peticiones “razonables” según el criterio de Cloterfin.

Di un bocado, con cuidado por si la uva dorada estaba dentro. El roscón se deshizo en mi boca, pero no encontré ningún premio en mi trozo.

De pronto…

—Lo tengo. ¡LO TENGO! Me ha tocado a mí.

Rolo se puso en pie de golpe, con azúcar en la barbilla y una expresión de felicidad absoluta.

En una mano sostenía el pequeño racimo dorado.

—¡Soy el rey! ¡Soy el rey de Saturnalia!

El comedor estalló en aplausos.

Rolo empezó a saltar entre las mesas, esquivando autómatas y sillas con una agilidad sorprendente para alguien que había comido por tres personas y media. Llegó hasta Markus, que le colocó una corona dorada sobre la cabeza.

Se la ajustó sobre el pelo corto, y solo consiguió dejarla torcida.

—Rolo Larden —declaró Markus—, por tradición de la Academia Videntia, quedas nombrado Rey de Saturnalia. Mañana podrás anunciar tu decreto a todos tus compañeros. ¿Sabes ya qué vas a elegir?

Rolo se llevó una mano al pecho.

—Necesito pensármelo.

Cloterfin entornó los ojos.

—Más te vale que sea algo cabal, Larden.

—¡Desde luego que no, señorita Cloterfin!

Rolo echó a reír. Luego levantó el racimo dorado y, de nuevo, los alumnos gritaron de alegría.

Incluso Christian rió.

Por primera vez desde la mañana, lo vi parecer casi él mismo.

Luego las mesas se apartaron, los autómatas plegaron parte del comedor y apareció una pequeña orquesta en el estrado.

La batería de vapor soltaba pequeños resoplidos rítmicos, el violín de cobre sonaba brillante y agudo, y un saxofón a pedales emitía una melodía alegre que hizo que hasta los profesores parecieran simpáticos.

La fiesta empezó, y algunos salieron a bailar.

Yo me quedé en un rincón, sentada en la repisa de una ventana. No pensaba salir a bailar ni aunque me pagasen.

Greta sacó a bailar a Christian, y él me miró con una ceja alzada, como pidiéndome perdón por dejarme sola. Agité la mano, diciéndole que se marchara y tratara de divertirse, y se perdió entre los otros compañeros que disfrutaban de la música.

Mientras tanto, me dediqué a dibujar en el vaho del cristal. Al otro lado, Barcinova había desaparecido detrás de una cortina blanca.

Poco antes de medianoche, la música se detuvo.

No poco a poco: de golpe.

Las puertas del comedor se abrieron de par en par, y Frederic Torrest apareció en el umbral.

El guardián llevaba el abrigo cubierto de nieve, las botas empapadas y el farol de gas en una mano. Por su cara de malas pulgas, no parecía haber venido a felicitar a Rolo por su reinado.

La sala entera se quedó en silencio.

Frederic avanzó hasta la mesa de profesores y se inclinó hacia Markus. Se le veía agotado. Tenía nieve hasta en las cejas.

Esta vez habló tan bajo que no pude oírlo, pero sí vi la reacción del director. La copa de refresco de miel se quedó inmóvil en su mano.

Christian apareció a mi lado, otra vez solo.

—¿Y ahora qué pasa? —susurró.

Me encogí de hombros.

—Sospecho que algo no va bien.

Markus miró a Frederic; luego miró las ventanas y finalmente a todos nosotros.

Quedó bien claro que la Vigilia de Saturnalia acababa de terminar, aunque la música, las luces y los dulces siguieran allí.