03 #2
—Puede haberse retrasado por la nieve.
—Mi padre ha dicho lo mismo.
—Pues mira. Por una vez Markus y yo estamos de acuerdo.
Christian soltó una risa seca.
—No lo entiendes.
No me enfadé. Porque sí lo entendía. O, al menos, entendía una parte.
Yo no esperaba a mi madre en Saturnalia.
No esperaba cartas, ni globo-taxis, ni regalos, ni nada de nada.
Aunque sonara parecido, no era lo mismo esperar a alguien que no llegaba que no tener a nadie a quien esperar , como yo.
Y me costaba decidir cuál de las dos cosas era peor.
—¿Markus estaba preocupado? —pregunté.
Christian negó despacio.
—Eso es lo raro. No estaba preocupado. Ni por las Óculus. Ni por mi madre. Casi parecía… no sé.
—¿Qué?
—Como si todo le diera igual.
Aquello sí me produjo un escalofrío.
—A Markus no le da igual nada.
—Lo sé.
—Markus se preocupa hasta de las plantas del invernadero. Una vez lo vi disculparse con un ficus por cambiarlo de sitio.
Casi sonrió.
Casi.
Luego bajó la mirada a la funda de las Óculus.
—Ha sido raro, Luna. Muy raro. Cuando se lo conté, pensé que iba a pedirme que las revisáramos juntos. O que llamaría a Horacio, su amigo el inventor. Pero solo dijo que me fuera a tirar bolas de nieve.
—A lo mejor él también está cansado. Este primer trimestre ha sido muy pesado para todos.
—Mi padre no se comporta así cuando está cansado.
Tenía razón.
No dije nada, porque no se me ocurría.
—¡No pude ver nada, Luna! Solo niebla. En todos los objetos. Como si alguien hubiera borrado el pasado.
Las palabras me golpearon en el pecho.
Borrado.
Mi mano borrando el nombre en la mesa.
La voz dentro de mi cabeza.
«Una vez haya terminado contigo, lo olvidarás todo…»
—¿Luna? ¿Pasa algo?
—Nada —mentí—. Solo… no me gusta esta situación.
—A mí tampoco.
Nos quedamos en silencio.
La Academia, alrededor, parecía en plena fiesta: alumnos colgando guirnaldas, autómatas arrastrando cajas de adornos, profesores discutiendo sobre dónde colocar las últimas luces de Saturnalia… Todo olía a canela, vapor caliente y vacaciones inminentes.
Y, sin embargo, algo se había torcido, y la fiesta ya no parecía tan festiva.
—No estás perdiendo el don —dije al fin.
Christian no contestó.
—No lo estás perdiendo —repetí.
—No puedes saberlo.
—Tú tampoco.
—La videncia se desgasta.
—Con el uso, con muchos años y con el tiempo. No porque una mañana unas gafas decidan empañarse como una ventana después de una ducha.
—No son unas “gafas”.
—Son unas gafas carísimas y raras, pero gafas a fin de cuentas.
Esta vez sí sonrió un poco.
—No le digas a nadie lo que te he contado.
—¿A quién se lo voy a decir? ¿A Cloterfin? “Disculpe, señorita Pez Globo, mi mejor amigo cree que se está convirtiendo en Velado, ¿podría dejar de echar broncas a diestro y siniestro y entrar en pánico con nosotros?”.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Le di un codazo suave.
—Esta noche es la Vigilia de Saturnalia. Comeremos roscón, Rolo contará otra vez los mismos chistes, Greta fingirá que la fruta confitada es vulgar y el profesor Voinescu hará el discurso más aburrido y soporífero del año. Mañana pensaremos.
—Mi padre dijo que descansara…
—Tu padre también dijo una vez que era imposible colarse en la despensa.
—Y tú dijiste que los ratones se habían comido todas las guindas que faltaban. ¡Los ratones no pueden abrir un frasco, Luna!
—Detalles menores.
Christian negó con la cabeza, pero algo de color volvió a su cara.
—Eres un peligro público.
—Y tú eres una hortaliza humana muy dramática.
Le saqué una sonrisa torcida, y por un instante pareció que iba a abrazarme, pero al final sacudió la cabeza.
De pronto, las campanas exteriores sonaron.
Ding, dong.
No eran las de clase, ni las que llamaban a la cena. Demasiado tarde para lo primero y demasiado pronto para lo segundo.
Eran las campanas de la explanada de zepelines.
Christian se puso de pie.
—¿Eso qué significa?
Miré hacia la ventana.
Al otro lado del cristal, Frederic Torrest cruzaba el patio a grandes zancadas, con el abrigo oscuro cubierto de nieve. Dos ayudantes de la estación corrían detrás de él, empujando un panel metálico con luces rojas encendidas.
Los alumnos que estaban en el patio se apartaban a su paso.
Frederic subió los escalones y entró por la puerta principal, sacudiéndose nieve de los hombros.
No tenía cara de fiesta.
Tenía cara de problema.
—Vamos —dijo Christian.
Lo seguimos hasta el vestíbulo.
Markus ya había salido de su despacho. Llevaba la levita abrochada, el sombrero en una mano y una expresión demasiado tranquila. A su lado, Cloterfin llevaba otro de sus vestidos negros de cuello alto, tan feo como todos los que poseía.
Frederic se inclinó hacia el director y habló en voz baja, pero el vestíbulo estaba tan silencioso que todos oímos la frase.
—Señor director, la estación acaba de cerrar las comunicaciones aéreas. Ningún globo ni zepelín despegará o aterrizará hasta nueva orden. Los vuelos de esta tarde se aplazan a mañana por la mañana.
Christian se quedó completamente quieto.
—¿Por la nieve? —preguntó Markus.
Frederic asintió.
—Por la tormenta. Se está formando sobre Barcinova más rápido de lo previsto. Se cancelan los vuelos hasta medianoche. Se reanudarán mañana.
Cloterfin se llevó una mano al pecho.
—¿Quiere decir que estamos aislados?
Frederic no respondió enseguida.
Eso fue respuesta suficiente.
Miré a Christian.
Él no miraba a Frederic.
Miraba la explanada blanca al otro lado de la puerta.
Su madre ya no podía llegar.
Era definitivo.
Y, de pronto, mi visión de la Academia congelada dejó de parecer una pesadilla lejana.
Empezó a parecer el principio de algo real.