Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 03
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Justo entonces, una voz surgió desde las puertas del comedor.

—¡Luna Parker!

Me quedé rígida.

Madame Tilde estaba plantada en la entrada lateral que conducía a las cocinas, con un delantal floreado atado a la cintura, harina en los brazos y una expresión capaz de hacer confesar a un tarro de mermelada.

—¿Se puede saber dónde te habías metido? —preguntó—. Te necesito en la cocina. Los roscones de Saturnalia no se amasan solos.

—Tengo que irme —le dije a Christian.

—Lo veo.

—¡Escúchame, zanahoria testaruda! Habla con tu padre —le dije mientras nos poníamos de pie, sacudiéndonos la nieve de los abrigos—. A lo mejor tus Óculus solo se han estropeado por dentro. Una lente rota, un engranaje torcido, un… no sé, una cosa de esas que se les rompe a las cosas caras.

—Las Óculus no son una tostadora, Luna.

—Pues mejor. Las tostadoras son peligrosísimas. Una vez vi a Madame Tilde derrotar una a cucharazos, y…

Christian no sonrió.

—De verdad —insistí, bajando la voz para que Madame Tilde no me oyese, porque ya estábamos cerca.

—¡Luuuuna Parkeeeeer! —gritó Madame Tilde, cada vez más impaciente.

Subí los últimos escalones de un salto y me giré una última vez hacia él.

—Habla con Markus —le dije—. Él sabe de estas cosas. Seguro que encuentra una explicación.

—Eso pensaba hacer.

Me despidió agitando el gorro, del que cayeron copos de nieve. Tenía muy mala cara.

—Anímate, que es Saturnalia. ¡Y no pienses cosas raras!

—Claro. Porque tú eres famosa por no pensar cosas raras.

—Exactamente.

Me alejé antes de que pudiera responderme, aunque noté su mirada clavada en mi espalda. No me gustaba dejarlo así, con ese miedo escondido detrás de los ojos, pero Madame Tilde era una fuerza de la naturaleza. Y cuando una fuerza de la naturaleza te llamaba con un cucharón en la mano, una obedecía.

Las cocinas de la Academia estaban en pleno estado de guerra.

Guerra de harina, mantequilla, vapor y órdenes gritadas.

Los fogones rugían. Las ollas burbujeaban. Los pinches corrían de un lado a otro cargando bandejas. Un autómata pequeño avanzaba muy digno con una torre de platos limpios tan alta que todos lo mirábamos conteniendo la respiración, esperando el desastre.

Olía a pan dulce, romero, naranja, mantequilla y algo más profundo, especiado, que solo aparecía en Saturnalia.

Me detuve un segundo en la entrada.

Era la misma cocina de mi visión.

Los mismos fogones enormes, con las mismas ollas de cobre encima. La misma mesa central donde Madame Tilde amasaba.

Solo que allí todo estaba vivo, caliente y ruidoso.

En colores.

Sin hielo ni escarcha, y sin ventanas rotas.

Pero Madame Tilde llevaba un chal extra sobre los hombros, y sus mejillas se notaban menos sonrosadas de lo habitual. A decir verdad, el calor era menos intenso de lo normal.

No. Basta de imaginar cosas.

Me obligué a respirar.

—Luna —dijo Madame Tilde, mirándome de reojo—. Si has venido a convertirte en estatua, avisa antes y te pongo una corona de flores.

—Estaba admirando tu maravillosa labor mientras preparas la mejor cena del año…

—¡Mi labor se admira con las manos limpias, señorita Parker! Anda, deja de decir tonterías y ven.

Obedecí. A veces una podía ser rebelde contra profesores, reglamentos y puertas cerradas, pero no contra Madame Tilde. Ella era lo más parecido a una madre que había tenido nunca.

La zona de repostería estaba junto a la cocina principal.

Era mi lugar preferido de toda la Academia, después de la biblioteca y de cualquier sitio donde Christian no estuviera explicando algo con demasiados detalles.

Allí las paredes siempre olían a azúcar tostado, y los estantes estaban llenos de moldes, tarros de especias, frutas confitadas y pequeños engranajes de azúcar que se usaban para decorar los dulces de las fiestas.

—Necesito que me ayudes con los roscones más grandes —anunció Madame Tilde—. Los de los alumnos, los de los profesores y el del director.

—¿También el de Cloterfin? —pregunté con cierta malicia.

—Por desgracia, querida —respondió siguiéndome la corriente—, la tradición incluye a todo el mundo.

—Qué fallo tan grave de la tradición.

Tilde resopló, pero juraría que estaba sonriendo.

Me señaló un saco de harina casi tan grande como mi medio-amiga Sarah Lindt.

—Ayúdame con eso.

—¿Con eso? Esto no es repostería. Esto es levantamiento de pesas, Madame Tilde.

—Quiero que dejes de quejarte y empujes.

Entre las dos volcamos la harina en el robot amasador.

Era una máquina enorme de cobre y acero, con brazos mecánicos que giraban despacio, como si estuviera despertándose de muy mal humor.

Madame Tilde añadió agua tibia con levadura, huevos, azúcar, mantequilla, ralladura de naranja, vainilla y una mezcla de especias que nunca revelaba del todo.

—¿Canela? —pregunté.

—Sí.

—¿Clavo?

—También.

—¿Cardamomo?

—Puede.

—¿Me dirás la receta completa algún día?

—Cuando dejes de robar gironuts.

—Entonces morirás con el secreto.

La masa empezó a girar dentro de la máquina, espesa y amarillenta. El vapor empañaba los cristales y, por un momento, casi conseguí olvidarme de mi sueño premonitorio, y de lo que me había contado Christian.

—¿Sabes? —dijo Madame Tilde, mientras cortaba fruta confitada en tiras finísimas—. La primera vez que vi nieve fue en las montañas del norte. Yo tenía tu edad y pensé que el cielo se estaba deshaciendo. Que se caía a pedacitos helados.

—Pues yo esta mañana pensé que alguien había echado azúcar glas sobre la Academia.

—Tú piensas demasiado en comida, querida…

—Eso es porque la comida nunca me ha decepcionado tanto como las personas.

Tilde me miró un instante, sin decir nada.

Solo me pasó un cuenco con fruta confitada.

—Pruébalas. Por si están mohosas.

No lo estaban, y ella lo sabía.

Creo que quería animarme con un dulce, pero a su manera.

Cuando la masa estuvo lista, la sacamos del robot amasador y la dividimos en varios círculos enormes. Los decoramos con fruta escarchada, tiras de naranja, cristales de azúcar y pequeños engranajes dorados hechos de caramelo.

Entonces Madame Tilde abrió un cajón pequeño y sacó una cajita de madera.

—Aquí está. ¡El secreto del roscón!

La abrió.

Dentro descansaba el racimo dorado de Saturnalia.

No era grande. Apenas ocupaba el centro de mi palma. Un pequeño racimo metálico, brillante, con uvas redondas y perfectas. Cada año se escondía en uno de los roscones. Quien lo encontraba se convertía en Rey o Reina de Saturnalia durante las fiestas.

Me acerqué a uno de los roscones y escondí el racimo dentro de la masa, con cuidado de que no se notara. Luego Madame Tilde cerró la abertura con dedos expertos.

—Escóndelo bien, y ni se te ocurra hablar de más. Nadie debe dónde está —dijo.

—No hablaría ni bajo tortura.

Los roscones entraron uno a uno en el horno central. Aquel horno funcionaba con el calor de la caldera principal de la Academia, y normalmente rugía como un dragón. Esa mañana, sin embargo, emitía un ruido irregular, como una tos. Parecía faltarle aire, o carbón. O las dos cosas.

Madame Tilde frunció el ceño.

—¿Ese ruido es normal? —pregunté.

—Las calderas están trabajando más de la cuenta por la nieve.

—Ya me imagino. En Barcinova nunca nieva.

—Es la nevada del siglo, niña. ¡Esperemos no terminar congelados! Con este frío vamos a gastar el carbón de media estación en una semana… Esperemos que pare pronto.

No respondí.

Me quedé mirando el horno.

Tardamos toda la mañana en terminar con los dulces. Madame Tilde, además, se encargó de ultimar los preparativos de la gran cena de la Vigilia. Finalmente, sacamos los roscones, los dejamos enfriar sobre carros enormes y los cubrimos con paños limpios. La cocina entera olía a Saturnalia.

Por un momento, sentí algo parecido a la felicidad.

Luego recordé la cara de Christian y me pregunté si habría aclarado algo con su padre.

—¿Puedo irme? —pregunté.

Madame Tilde me miró de arriba abajo, como si pudiera leerme la preocupación escrita en la frente.

—Vete. Pero vuelve a la hora de la cena sin barro, sin nieve y sin ninguna explicación que empiece con “no fue culpa mía”.

—No me pidas cosas imposibles y no tendré que mentirte, Madame Tilde.

Salí de las cocinas y crucé el corredor hacia la sala común.

Encontré a Christian junto a una ventana, sentado en el banco bajo el reloj de pared. Tenía la funda de las Óculus Nova sobre las rodillas y los hombros hundidos.

No era una postura típica de Christian.

Además, estaba solo, sin hablar con nadie.

Ni siquiera con alguna de sus muchas admiradoras, que lo perseguían como una peste imposible de eliminar.

—¿A quién has matado? —pregunté.

Levantó la cabeza.

—A nadie todavía.

—Pues tienes cara de estar planeando el asesinato de alguien.

—Gracias, Rizos. Siempre tan delicada.

Me senté a su lado sin pedir permiso.

—¿Qué ha dicho tu padre?

Christian guardó las Óculus en la funda.

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—Ha dicho que descanse.

—¿Que descanses?

Asintió.

Eso era raro. Markus nunca minimizaba así las cosas importantes.

—¿Solo eso?

—También ha dicho que quizá he forzado demasiado la vista. Que no tiene importancia. Que no use las Óculus durante unos días y se me pasará. Ni siquiera las ha revisado.

Lo miré.

—¿Markus ha dicho eso?

—Sí.

—¿Tu padre, Markus Rosenberg, director de la Academia Videntia, autor de medio manual sobre videntes, señor “si un tornillo vibra raro hay que revisar toda la máquina”, ¿ha dicho que descanses??

Christian apretó los labios.

—Sí.

Algo no encajaba.

Markus podía ser muchas cosas: estricto, prudente, educado hasta cuando se cabreaba. Pero no era descuidado ni pasota. Y mucho menos con Christian, su único hijo.

—¿Y tu madre? —pregunté—. ¿No ha llegado todavía?

La expresión de Christian cambió.

Ay, madre.

Esto iba de mal en peor.

Miró hacia la ventana. Fuera seguía nevando. La explanada de zepelines, al otro lado del patio, apenas se veía entre los copos.

—No ha llegado.

—Aún es pronto.

—No tanto. Tenía que llegar a mediodía. El último globo-correo de la mañana ya aterrizó hace horas. Su zepelín habitual también. Si hubiera salido anoche, ya estaría aquí.