02
La nieve crujió bajo nuestras botas en cuanto salimos del comedor.
Hacía un frío ridículo. No recordaba un invierno así en mi vida. Me soplé sobre las manos, enfundadas en guantes de cuero sin dedos. Mi respiración salió como humo blanco.
El patio central de la Academia estaba irreconocible. Los bancos habían desaparecido bajo montañas blancas y el gran árbol de Saturnalia estaba cubierto de nieve. Incluso las estatuas de antiguos videntes parecían llevar gorros hechos de nieve sobre la cabeza.
Había muchísimos compañeros fuera.
Los chiquillos de Nivel I se lanzaban bolas y gritaban, librando una guerra épica, y se perseguían resbalando sobre el hielo.
Rolo Larden apareció de repente por mi izquierda. Había llenado un cubo metálico de nieve y lo sostenía entre los brazos.
—¡Luna! ¡Christian! ¡Venid! —gritó—. Estamos conquistando la torre norte.
Christian y yo nos miramos.
En sus ojos vi de inmediato que no le gustaba la idea. La excusa de salir era para poder hablar con tranquilidad, y no para lanzarnos bolas con Rolo.
—¡Venga! —insistió Rolo, y se giró hacia Frido, que justo salía en ese momento—. ¡Eh, Frido! Ayuda a hacer una muralla defensiva aquí, antes de que Charly y los demás nos invadan.
Christian suspiró y se agachó a coger un poco de nieve del suelo.
—Vamos —me susurró—. Sígueles la corriente. Será divertido, ya verás.
Fruncí la nariz, sin entender a qué estaban jugando.
—¡A la fortalezaaaa! —gritó Rolo como si fuera un caballero medieval, y saltó detrás de un montón de nieve con su cubo a cuestas.
Charly Agape lanzó una bola enorme por detrás de mí, que pasó rozándome la oreja.
—¡Eh, Charly! —protesté, girándome hacia él—. ¡Ni siquiera estaba participando!
—Y por eso no te he dado. Sabes que tengo muy buena puntería, Parker.
—¡Tienes muy mala leche, más bien!
Charly soltó una carcajada.
No muy lejos, Frido corría hacia nosotros con nieve hasta las rodillas, esquivando proyectiles como un criminal perseguido por la policía. Se sujetaba las gafas con la mano para no perderlas.
—¡Cuidado! —gritó señalándonos—. ¡Rolo está usando nieve endurecida!
—¡Eso es mentira! —se defendió él.
—¿Pero Frido y Rolo no estaban en el mismo equipo? —pregunté, cada vez más confundida.
Charly levantó una bola de nieve del tamaño de un melón.
—¡Bomba va! —gritó.
La bola salió disparada.
Christian me agarró del brazo y tiró de mí justo a tiempo. El proyectil explotó contra una rama del árbol de Saturnalia, justo detrás de nosotros. Rodamos por la nieve, justo por debajo de las ramas.
—¡GUERRA! —contraatacó Rolo.
Las bolas empezaron a cruzar el aire por todas partes. Yo me senté junto al árbol, sacudiéndome la nieve de codos y rodillas.
—¡Se han vuelto locos! —le dije a Christian.
Él me tiró del brazo.
—Ven, vamos ahí.
Corrimos hacia una barricada improvisada junto a la escalera que llevaba a la biblioteca y nos refugiamos detrás del murete.
—Escucha, Luna… —murmuró Christian.
Luego se calló, como si no supiera por dónde empezar. Cuando Christian usaba mi nombre en vez de “Rizos”, o alguno de sus motes, era como si alguien bajara de golpe la temperatura de una habitación.
Era mala señal.
Lo correcto habría sido preguntarle qué calderas le pasaba, pero justo entonces vi algo pequeño moverse cerca de nosotros.
Era un chaval de primer curso, de unos siete u ocho años, que acababa de resbalarse sobre una placa de hielo y lloraba, mientras otros mayores pasaban corriendo sin verlo.
Para colmo, una bola enorme de Charly Agape venía directa hacia él.
Corrí sin pensar hacia él. Lo agarré del abrigo y tiré de él hacia un lado justo cuando la bola explotaba contra las escaleras detrás de nosotros.
El niño me miró con los ojos enormes y llorosos.
—G-gracias…
Tenía toda la nariz roja del frío.
—¿Estás bien?
Asintió rápidamente.
Le recoloqué el gorro de lana.
—La próxima vez no te quedes en mitad del campo de batalla, renacuajo. —Luego me giré hacia Charly, Rolo y Frido—. ¡Eh, vosotros! ¡Tened más cuidado, que aquí hay niños pequeños!
—Rizos —dijo Christian acercándose—. Te estaba diciendo que…
Me agaché para esquivar una lluvia de bolas de Frido, Rolo y Charly, que se estaban vengando por la bronca que acababa de echarles.
—¡Detrás de las escaleras! —le dije a Christian, y tiré de él para que regresara a nuestro escondite inicial.
Una vez allí, miré a mi alrededor.
El hielo cubría ya parte de la piedra junto al murete.
No recordaba haber visto placas congeladas así en toda mi vida.
Pero bueno, a lo mejor, esta vez, Christian podría terminar la frase… para variar.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Miró hacia los lados antes de hablar más bajo.
—Esta mañana he estado practicando, como te decía…
—Ah, sí, ahora me acuerdo… Estudiando en la Víspera de Saturnalia… ¡Solo tú, Christian!
Me agarró fuerte del hombro. Comprendí que no estaba para bromas.
—Luna, estaba usando las Óculus y pasó algo muy raro.
Sentí un pequeño escalofrío.
—¿Y…? —pregunté con miedo, preguntándome si lo que estaba a punto de contarme tenía algo que ver con mi sueño.
Tardó unos segundos en responder.
Aquello me estaba poniendo de los nervios.
Mientras tanto, al otro lado del muro, Andrea y Chiara bajaban por las escaleras. Andrea, rubia y pálida; popular y sofisticada. Chiara, morena y de ojos oscuros; excéntrica y rarita, pero no tanto como para ser una marginada como yo.
Me llevé un dedo a los labios para que Christian se callase.
Nos agachamos más para que no nos vieran, y ellas siguieron hablando.
—¿Y si no vas, Andrea? —le decía Chiara en ese momento a su amiga, mientras bajaban los últimos escalones con cuidado de no resbalarse con el hielo.
—Ya sabes cómo son mis padres —respondió Andrea con voz triste—. No soportan que les lleven la contraria.
—Ya, pero tu padre se va a poner furioso cuando se entere de que Cloterfin no te ha puesto un sobresaliente.
—¡Lo sé! Maldita bruja. Pero no fue culpa mía. Fue culpa de Jun, que estaba en mi equipo. No terminó su parte.
—Pues explícaselo a tus padres. Lo entenderán.
Andrea soltó una risa amarga.
—Chiara, no todos los padres son como los tuyos…
Las dos chicas pasaron de largo sin vernos.
Volví a mirar a Christian, que tenía cara de angustia. Se había quedado a medias.
—Perdona —le dije—. No quería que esas dos lo oyesen todo. ¿Qué te pasó con las Óculus?
Suspiró.
—No funcionaban bien.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que no funcionaban bien?
—No lo sé —admitió—. Nunca había pasado. Intenté revisar unos documentos antiguos en la biblioteca, como práctica. Quería ver quién los había consultado seis meses antes. Pero las imágenes… se volvían borrosas.
—¿Se volvían borrosas?
Asintió lentamente.
—No pude ver nada. No me había pasado nunca.
Noté un nudo incómodo en el estómago.
—¿Las Óculus pueden estropearse?
—Sí, pero no así. Podrían romperse. Pero las cuido bien. Están en perfectas condiciones. —Suspiró—. Las Óculus nunca fallan así, Luna. Nunca. Nos entrenan desde niños para confiar en ellas como si fueran nuestros propios ojos.
—¿Y entonces… qué podría ser?
Christian tragó saliva.
Antes de que lo dijera yo ya supe lo que estaba pensando.
—No lo sé, Luna, pero…
Pero el don de un Vidente tenía fecha de caducidad.
Cuanto más se usaba, antes lo perdían y se convertían en Velados o exvidentes.
Pero eso solía suceder más tarde, pasados muchos años.
—No lo digas —le dije, tapándole la boca con mi mano helada—. Eso seguro que no es.
El patio seguía lleno de risas a nuestro alrededor.
Pero, ahora, el frío me pareció mucho más intenso, y las risas menos alegres.