Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) 01
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Me costó despegar la mirada de la ventana.

Jamás había visto la Academia así, con el patio central cubierto por tres pies de nieve blanca y recién caída.

Parecía tan esponjosa que daban ganas de tocarla, de olerla… ¡hasta de comérsela!

Me puse el uniforme tan rápido que me abroché la camisa coja. Luego salí disparada de la buhardilla hacia las escaleras.

Los pasillos estaban llenos de ramas de pino, lazos dorados y luces flotando de pequeñas ampollas de cristal.

Nada que ver con mi sueño helado.

Aunque hacía más frío de lo normal. Incluso dentro de la Academia. Vi mi propio aliento durante un instante… y luego desapareció.

Me convencí de que eran imaginaciones mías.

Me crucé con algunos compañeros que subían empapados después de haber estado lanzándose nieve en el patio. Uno llevaba todavía un trozo en la cabeza. Otro tenía las orejas tan rojas que parecían dos tomates hervidos.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no correr fuera inmediatamente, como habían hecho ellos.

Cuando llegué al comedor, Christian estaba sentado junto a otros compañeros en una de las mesas largas, devorando crepes y gofres.

Él, a diferencia de mí, era absurdamente popular. Hablaba con todo el mundo. Hasta con los autómatas-camareros que repartían gironuts por toda la sala.

Para mí, en cambio, mis compañías favoritas eran, por este orden:

Los ratones de la biblioteca.

El borboteo de las ollas de Madame Tilde.

Madame Tilde, dependiendo del humor que tuviera ese día y si sostenía el rodillo de amasar.

Y Christian… cuando no se ponía insoportable.

Al menos, Don Empollón Mr. Popular me había guardado un sitio a su lado. En realidad, lo hacía siempre.

—Eh, Zanahoria —dije, revolviéndole el pelo mientras me dejaba caer en la silla—. ¿Qué estabas diciendo antes? Estaba demasiado dormida para entender lenguaje humano.

Christian sacudió la cabeza y un rayo de preocupación cruzó su rostro. Miró discretamente hacia los lados. En la mesa de al lado, no muy lejos, estaban Rolo y Frido, discutiendo sobre quién había ganado la guerra de bolas de nieve del amanecer.

Ah.

No quería hablar delante de ellos.

—No me acuerdo —dijo al final—. Mira, el autómata viene hacia aquí. Si Rolo lo ve primero, te dejará sin nada.

No insistí, principalmente porque me estaba muriendo de hambre.

Además, por la víspera de Saturnalia, los autómatas iban cargados de gironuts. Los gloriosos, legendarios y absolutamente perfectos gironuts.

Eran pastelitos redondos de masa frita, cubiertos de azúcar glas y con un agujero en medio, traídos expresamente desde Girundópolis. Madame Tilde solo los encargaba durante las fiestas. Llegaban en zepelín el día anterior, junto al resto de provisiones semanales.

—¡Rolo! —grité para que mi compañero dejara marchar al autómata que repartía los dulces tan preciados—. Deja algún gironut para los demás.

Se había llenado el plato, excediendo claramente el máximo de dos permitidos por alumno. Rolo era un chico simpático, aunque, digamos, con muchas reservas de azúcar. Su cara redonda como un queso era prueba de ello.

Cuando finalmente apretó el botón para liberar al autómata, lancé un suspiro de alivio. El carrito robótico con ojos llegó a mi lado con sus bandejas repletas de dulces, fruta y yogures.

Me hice la distraída y me serví cuatro gironuts. Christian alzó una ceja al verme.

—¿Qué? —repliqué—. Dos son para ti.

—Yo ya estoy comiendo gofres con Robocilla, gracias.

Señaló su plato, donde había más pasta de avellanas y chocolate que gofres. Yo fingí consternación.

—Vaya, qué lástima… ¡Pues tendré que comerme también los tuyos!

Puso los ojos en blanco.

—Rizos, deberías ir a enfermería.

Me giré hacia él y arrugué las cejas.

—¿Qué dices, Zanahoria? ¿Tanto estudiar te ha desbarajustado los engranajes de tu cabeza hueca? ¿Por qué debería ir a enfermería, si se puede saber?

—Para que te miren tu adicción a los gironuts… Hace tiempo que te lo digo. A lo mejor es mortal o algo.

Sacudí la mano, ignorándole, e hinqué el diente en aquel dulce esponjoso, calentito, que se deshacía en la boca.

Cerré los ojos.

—Oh, sí —murmuré—. Así es exactamente como quiero morir.

Christian resopló.

—Qué frase tan inquietante para empezar el día, ¿no?

—Escúchame bien, Zanahoria. Si algún día desaparezco misteriosamente, quiero que quede claro que no ha sido un secuestro. Me habré tirado voluntariamente dentro de un cargamento de gironuts.

—Tomaré nota para la investigación.

—Y exigiré que me entierren con azúcar glas.

Una voz gritó desde otra de las mesas.

—¡Eh, el autómata!  —gritó Greta, mi archienemiga, acompañada de su eterna compinche, Aurora Rauss—. Si no aprietas el botón para que continúe, se queda atascado en el sitio. ¿Es que tampoco sabes eso, niñata?

Enarqué una ceja. Con un empujón disimulado, dejé caer todos los gironuts que quedaban en la bandeja sobre mi plato. Solo después le di al botón de continuar.

—Huy, disculpa, Greta… se me han caído. ¡Allá va!

Andrea, otra chica rubia y popular que estaba sentada cerca de Christian, me miró un poco mal. No sé por qué, porque esa chica solo desayunaba zumo de apio exprimido con una centrifugadora a pedales.

—Por todos los caballos mecánicos, Luna, ¿te vas a comer todo eso? —preguntó horrorizada.

Observé su plato, en el que solo había una mandarina a medio pelar. Esa chica era la más elegante y envidiada de las novicias, pero no tenía ni idea de lo que era la buena comida. Seguramente, en esos barrios pijos donde se crió ni siquiera conocían los dulces de verdad.

—Déjala, Andrea —dijo Christian, defendiéndome.

Andrea levantó las manos, llenas de anillos de oro.

—Uy, perdóname, policía de las injusticias alimentarias. ¿Es que no ves la cantidad de calorías que se va a meter? Lo digo por su bien. Ya es bastante rara con ese lunar en el cuello, que parece un bicho…

—Andrea. Para de una vez. A nadie le interesan tus críticas sin sentido. Y, por cierto, yo creo que ese lunar es muy mono. Yo le veo forma de luna, no de bicho.

Christian se dio la vuelta, ignorándola, y dio un bocado a su gofre con Robocilla. La crema le dejó unos bigotes muy graciosos. Andrea puso cara de asco al verlos, pero a mí me dio risa.

—Con esos bigotes, te pareces a tu padre —le dije, y Christian ni siquiera entendió a qué me refería.

—¿Cuándo vuelves a casa por vacaciones, Andrea? —preguntó, girándose hacia la chica a su lado.

Ella lo miró interesada y se atusó el pelo rubio y largo.

—Mis padres me mandarán un globo-taxi mañana por la mañana.

Christian asintió.

—Entonces te quedas aquí para la Vigilia de Saturnalia.

—Sí, claro. Casi todos se quedan. Lo importante es estar en casa mañana, cuando aparezcan los regalos bajo el árbol.

Sin darme cuenta, mi mente comenzó a divagar.

Debía de ser muy bonito tener una familia en casa esperándote para las fiestas. Tener regalos, una madre y un padre con los que cantar canciones de Saturnalia frente a la chimenea encendida y dulces caseros preparados entre todos.

Bueno, lo de los dulces creo que en el caso de Andrea sobraba, a juzgar por aquella triste mandarina a medio pelar que ni siquiera se iba a terminar.

Para mí, la celebración de Saturnalia sería allí, en la Academia.

Por suerte, Madame Tilde se quedaba con nosotros.

Y también estaría Christian, junto a su padre y su madre.

La madre de Christian siempre estaba viajando, pero solía regresar para las ocasiones importantes.

Tras la celebración principal de Saturnalia, ellos tres se irían a descansar a las montañas.

Me habían ofrecido ir con ellos, pero rechacé la oferta.

Después de todo, necesitaban estar solos de vez en cuando, en familia.

—Espero que tu globo-taxi pueda aterrizar a pesar de la nieve, Andrea —añadió Christian, levantando la cabeza de golpe de su gofre.

—Dicen que esta noche nevará aún más —comentó Frido, mirándonos por encima de sus gafas doradas—. Al menos, eso indica la estación meteorológica de la torre.

—Tranquilos —dijo Andrea con un gesto raro, entre altivo y resignado—. Mi padre pagará lo que haga falta para que mi transporte llegue a tiempo. No tengo dudas.

«¿Más nieve?», pensé.

Más nieve significaba más frío.

¿Y si mi sueño había sido una premonición?

Hacía tiempo que no tenía ninguna, al menos desde que preví la caída del Submarino Volador con Markus Rosenberg dentro.

Pero cuando tenía sueños de ese tipo, las premoniciones no solían fallar.

—¿Todo bien, Rizos? —me preguntó Christian, apoyando su mano sobre la mía.

Sacudí la cabeza. Su voz me hizo regresar al presente.

—Eh, sí. Estaba pensando en toda esa nieve que hay ahí fuera. Creo que me gustaría salir a verla.

Miró mi plato, rebosante de dulces, y lo señaló.

—¿Y todo eso? ¿No te lo vas a terminar?

— Se me ha ido el hambre. —Era verdad. Solo con pensar en la visión no me cabía ni un bocado más—. Le diré a Madame Tilde que me lo guarde para más tarde.

—De acuerdo. Vamos fuera —asintió Christian, y luego terminó la frase en voz bajísima—. Además, será más fácil hablar sin toda esta gente cerca. Hay algo importante que necesito contarte.