Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2) Prólogo
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Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2)

Luna Parker: El Enemigo Invisible (Academia Videntia 2)

Por Riccardo Braccaioli, Eva Alton

© inepub.com

Prólogo

Reconocí la Academia Videntia incluso antes de abrir los ojos.

En los sueños normales, una aparece de pronto en un lugar absurdo, acepta que los armarios caminen o que los profesores graznen, y ya está. Pero aquello no era un sueño normal. Lo supe enseguida.

Era una visión.

Y era mi Academia, solo que algo no cuadraba, porque todo estaba helado y todo tenía un tono entre azul, gris y blanquecino, casi en blanco y negro. Como si alguien odiase la vida y los colores y hubiera decidido acabar con ellos de un plumazo.

El pasillo del ala norte se extendía ante mí, cubierto por una capa de escarcha que devoraba la madera, las paredes y los marcos dorados de los cuadros.

Los retratos de antiguos directores parecían encerrados detrás de un cristal de hielo.

Uno de ellos se había quedado congelado con la boca abierta, como a punto de gritar.

Yo también intenté gritar, pero de mi boca no salió ningún sonido. Suele pasar cuando sueñas.

El silencio y el frío eran tan densos que dolía. Me envolvían la cabeza, me tapaban los oídos y me apretaban el pecho. Mis botas crujían sobre el suelo helado, rompiéndolo en añicos.

Me abracé a mí misma. Tenía los dedos morados, casi ni los sentía.

—¿Hola? —intenté decir.

Tenía la garganta helada y de ella salía vapor al hablar.

Nadie respondió.

Normalmente, la Academia Videntia nunca estaba en silencio. Siempre había algo: alumnos corriendo, autómatas chirriando, profesores discutiendo, tuberías zumbando dentro de las paredes. Incluso de noche, los relojes hacían tic-tac y sonaban a cada cuarto de hora.

Pero en esta visión no.

La Academia Videntia estaba muerta y completamente congelada.

Apoyé una mano en la pared para no resbalarme en el hielo. Estaba tan fría que me quemó los dedos. La aparté de golpe.

A través de una ventana cubierta de escarcha vi el patio central. El gran árbol decorado de Saturnalia seguía allí. El sol metálico que coronaba la punta giraba despacio, con copos de nieve cayendo.

Entonces parpadeé y el pasillo desapareció.

Me teletransporté a la cocina.

La reconocí por los enormes fogones, por las ollas de cobre colgadas del techo y por la mesa central donde Madame Tilde amasaba pan. Pero en esta visión, la cocina no olía a mantequilla, ni a asado, ni a chocolate caliente.

Olía a comida podrida y a fuego apagado con prisas.

Todo estaba cubierto de hielo y escarcha. De las lámparas colgaban estalactitas finas como agujas.

Y la ventana del fondo estaba rota. Por el hueco entraba nieve.

Sobre la mesa central me pareció ver algo, así que me acerqué.

Había un nombre escrito…

Alguien lo había trazado sobre la nieve caída, con un dedo tembloroso.

Presentí que era un nombre importante. Que debía leerlo. Pero solo pude ver las primeras tres letras.

«CUS…»

Después mi propia mano se movió sola y empezó a borrar el nombre.

—¡No! —grité.

¡Alguien estaba controlando mi mano!

—Puedo controlar tu mano. Tu mente. Toda esta Academia —susurró una voz en mi cabeza, mientras mi mano frotaba la mesa hasta que solo quedó agua helada.

Me entraron ganas de llorar de rabia.

La voz rio.

—No solo puedo hacerlo; además, una vez haya terminado contigo, lo olvidarás todo…

—¡Ni lo sueñes! —grité.

Pero era verdad.

Había perdido el control sobre mi mente y mi cuerpo, y era frustrante.

Mi mano terminó de borrar hasta que no quedó ni rastro de aquel nombre. La voz se alejó con una risa malévola.

De pronto, algo me abrasó el pecho.

Bajé la mirada.

Mi escarabajo, el broche de mi madre, el único objeto suyo que llevaba siempre conmigo, colgaba de mi cuello.

Se puso caliente, ardiendo.

Tenía que quitármelo porque me estaba quemando, pero a la vez, algo me dijo que solo ese escarabajo podría derretir todo ese hielo que había inundado la Academia y la había convertido en un lugar de frío, sombras y silencio.

Dudé, sin saber qué hacer.

¿Soportar el calor abrasador para que todo se derritiese y volviese a ser normal?

¿O quitarme el broche de mi madre y condenar a la Academia al hielo eterno?

Me doblé sobre mí misma.

No podía más; tenía que quitármelo.

Pero no quería.

Nunca me habría quitado el escarabajo de mi madre, Altea Parker.

Pero en la visión mis dedos tiraron de la cadena hasta romperla. El broche cayó en mi mano, candente, insoportable. No pude soportar el ardor.

Lo lancé lejos con un grito mudo y golpeó la puerta de la despensa.

Rodó, deshaciendo el hielo, dejando una estela de agua a su paso.

Se detuvo justo delante de la puerta.

Toc. Toc. Toc.

Al otro lado, alguien golpeó con fuerza.

—¡Luna! ¿Estás despierta? ¡Ábreme!

¿Christian?

Me desperté sentándome de golpe en la cama, con la garganta ardiendo y las manos cerradas sobre el camisón, buscando el broche.

Durante unos segundos no supe dónde estaba.

Miré alrededor y reconocí las vigas de mi buhardilla, la manta arrugada a mis pies, el reloj de cobre sobre la mesilla y el leve resplandor anaranjado de las tuberías de calefacción.

La Academia estaba viva. Caldeada. En colores.

Me llevé la mano al pecho.

El escarabajo seguía allí.

Solté el aire con alivio.

—Solo ha sido un sueño —susurré.

Mentira.

Era una premonición.

—¡Rizos! ¡Llegas tarde al desayuno, y necesito hablar contigo!

Miré el reloj.

Las ocho y doce.

—Ya voy, zanahoria insoportable… —murmuré medio dormida.

Abrí la puerta y me encontré con la cara pecosa de Christian Rosenberg.

Hijo del director.

Mi mejor amigo (menos cuando abría la boca).

Empollón descomunal.

—Escucha —dijo Christian, sin molestarse en saludar o esperar a que terminase de despertarme—. Llevo una hora haciendo prácticas de Videncia Investigativa en la biblioteca y…

—Christian, son las ocho de la mañana. ¿Quién en su sano juicio se levanta tan pronto para estudiar, justo en la víspera de Saturnalia, el día en que empiezan las vacaciones?

Christian.

Christian hacía esas cosas.

—Escucha, esto es importante. Me ha pasado algo grave, Luna…

Su voz sonaba seria, lo cual me puso en guardia.

Pero justo en ese momento, vi algo blanco por el rabillo del ojo.

Me giré hacia la ventana de mi buhardilla en la torre, y no pude creer lo que estaba viendo.

Pequeños copos blancos flotaban lentamente y descendían sobre el patio central.

Caían despacio, silenciosos, iluminados por la luz grisácea de aquella mañana de diciembre.

Estaba nevando.

En Barcinova.

Se me olvidó escuchar a Christian. Él seguía hablando de no sé qué problema que había tenido mientras hacía prácticas de no sé qué asignatura.

Ni me enteré de lo que decía. Me había quedado boquiabierta.

—Christian, ¿has visto eso…?

Christian dejó de hablar, siguió mi mirada y asintió.

—Ah, sí, está nevando.

—¡Está nevando! —exclamé, sin entender por qué no estaba tan sorprendido como yo—. ¡Es la primera vez en mi vida que veo la nieve!

—Sí, lo he visto al levantarme… A las seis de la mañana. Es alucinante, abajo están todos como locos. Y espera a ver la explanada de zepelines. Está toda blanca.

La nieve caía sobre la Academia Videntia, en la ciudad donde nunca nevaba.

Era precioso.

Un espectáculo mágico.

Y, sin embargo, lo primero que pensé fue que mi pesadilla, con la Academia congelada, estaba a punto de hacerse realidad.