Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 42
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Lancé dos ladrillos negros en la caldera del coche y apreté el botón de encendido, ignorando las protestas de Christian.

Sabía que estaba a punto de cometer una locura, pero no tenía tiempo para pensarlo demasiado. Solo quería arreglar la situación, y aquella era la única solución que se me ocurría.

Me sentía responsable de que Markus estuviera herido de gravedad. Especialmente porque yo había visto el futuro. Sabía que esto sucedería y, aun así, no supe evitarlo.

Si hubiera actuado más rápido, si se me hubiera ocurrido un plan mejor… Markus estaría bien ahora.

Aquel poder que acababa de descubrir me tenía dividida. Bien utilizado, podía ser una herramienta de valor incalculable. Pero tener visiones y no saber cómo cambiar el desenlace era frustrante. Casi peor que no conocer el futuro en absoluto.

Por primera vez, dudé de mí misma. ¿Realmente merecía este don si no sabía usarlo?

Comencé a bajar la cuesta hacia la ciudad, pero noté que el fuego en la caldera no ardía lo suficiente. Miré de reojo a Christian, que había arrancado la manga de su propia camisa y estaba tratando de vendarle el hombro a su padre.

—¡Christian, la herida! Creo que debes apretar más el vendaje —le grité a mi amigo.

El coche dio una sacudida, como si fuera a apagarse, y pisé el acelerador con más fuerza. Pero las llamas de la caldera se volvieron azuladas y débiles. Me planteé echar más ladrillos, aunque no estaba del todo segura de cuáles.

—Tú encárgate de conducir y, si es posible, mira hacia la carretera —replicó Christian con voz rasposa, desesperado—. De mi padre ya me encargo yo.

Revisé el termómetro junto a la caldera. La temperatura subía, pero no lo suficiente. La única razón por la que el coche seguía avanzando era la gravedad, porque íbamos cuesta abajo.

A este ritmo, llegaríamos al hospital al día siguiente.

Busqué desesperada alguna solución. A un lado del volante vi una palanca azul. La accioné, y las sirenas se encendieron.

Bien. Al menos ahora la gente se apartaría.

Entonces recordé las palabras de Artimorti sobre los ladrillos supercompactados. Había mencionado unos especiales para alcanzar gran velocidad, los que la policía usaba en persecuciones. Pero también había lanzado una advertencia: si los usabas demasiado, la caldera podía explotar.

Estaba dispuesta a arriesgarme, si con ello podía salvar a Markus.

Sin perder más tiempo, tomé dos ladrillos rojos y los lancé a la caldera. Apreté el botón, conteniendo la respiración.

Nada.

Por un par de segundos, temí haberme equivocado de color.

Entonces, las ruedas del Relámpago de Vapor chirriaron con fuerza, y el coche salió disparado.

—¡Esto funciona, Christian! ¡En nada estaremos en el hospital! —grité, tratando de superar el estruendoso ruido del motor y las sirenas—. ¡Aguanta, Markus, aguanta!

El descenso se convirtió en una auténtica carrera suicida. Nos deslizábamos colina abajo a toda velocidad, mientras los demás vehículos se apartaban aterrados.

Entré en la Gran Vía, que como siempre estaba abarrotada de tráfico y peatones. Giré con fuerza el volante para esquivar a un carro de verduras, atravesé varias intersecciones y, por fin, distinguí el edificio del hospital a lo lejos.

Justo entonces, intenté pisar el freno.

No respondió.

—Oh, no… —murmuré.

—Oh, no… ¿qué? —gritó Christian.

La entrada de urgencias se acercaba demasiado rápido.

Pisé con más fuerza. Nada.

—¡Luna, frena!

Puse ambos pies sobre el pedal y empujé con todo mi peso.

El coche se detuvo de golpe, con una sacudida brutal, mientras la caldera emitía un silbido agudo y preocupante.

Un grupo de enfermeros nos vio llegar y corrió hacia nosotros. Christian abrió la puerta, y en cuanto vieron a Markus, entendieron la situación.

Una enfermera frunció el ceño al verme en el asiento del conductor, pero no dijo nada. Pronto alguien trajo una camilla, y Christian se apresuró a correr junto a ella hacia el interior del hospital, sujetando la mano de su padre.

Yo, con la adrenalina todavía a tope, intenté arrancar el coche para estacionarlo. A duras penas logré apartarlo a un lado antes de que la caldera soltase un quejido estruendoso y las ruedas se bloqueasen. Cerré la puerta con llave y salí corriendo hacia el hospital, dejando el coche allí.

En recepción, me indicaron dónde estaba Christian y fui a buscarlo.

Lo encontré en el pasillo de urgencias, sentado en un banco de madera, con la cabeza entre las manos y mirando al suelo fijamente.

Me acerqué con cautela y apoyé una mano en su hombro.

—Christian —susurré—. ¿Cómo está?

Él levantó la vista y suspiró.

—Los médicos están con él —respondió, poniéndose de pie.

Y entonces me abrazó con fuerza.

Le devolví el abrazo, con la sensación de que, ahora sí, habíamos hecho todo lo que estaba en nuestras manos.