Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 43
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A la mañana siguiente, seguíamos en el mismo pasillo. Habíamos pasado la noche entera vigilando la puerta de la habitación de Markus.

Christian dormía apoyado en mi hombro, con el pelo rojo revuelto y la camisa rasgada. Yo daba cabezadas a ratos, pero me despertaba cada vez que alguien pasaba.

A las ocho en punto, un carraspeo nos hizo alzar la vista. El médico estaba frente a nosotros, con su bata blanca impoluta y una carpeta en la mano.

Christian se enderezó de golpe.

—¿Doctor? —preguntó, haciendo un intento inútil por alisar el cuello de su camisa hecha jirones.

El médico nos hizo un gesto para que no nos levantáramos.

—Voy a ver al señor Rosenberg —dijo con calma—. Esperen aquí, por favor.

Asentimos, pero noté que las manos de Christian temblaban. Las tomé entre las mías y las apreté con suavidad.

—Todo irá bien —le susurré.

La espera fue eterna. Pero cuando el médico salió de la habitación, su expresión era más relajada.

—Está fuera de peligro —anunció—. Pueden pasar. Está despierto.

Los ojos de Christian se iluminaron y, sin esperar un segundo más, se lanzó hacia la puerta.

—Pero no lo alteren demasiado —advirtió el médico al ver su reacción—. Todavía está débil.

Me puse de pie y lo seguí, notando cómo la tensión que llevaba acumulada desde la noche anterior comenzaba a aflojarse.

Markus estaba sentado en la cama, con el rostro pálido y cansado, pero los ojos llenos del brillo de quien ha pasado por mucho y ha salido victorioso.

Llevaba el hombro vendado y el brazo en cabestrillo, y la bata verde del hospital le daba un aspecto extrañamente vulnerable.

No era la imagen a la que estaba acostumbrada: Markus Rosenberg era un hombre de levita, porte impecable y sombrero de copa.

Cuando nos vio entrar, sonrió débilmente.

—He aquí mis salvadores.

Christian se sentó de inmediato a su lado, sobre las sábanas blancas e impolutas. Yo me quedé de pie, por respeto.

—Ven tú también, Luna —dijo Markus, haciendo un gesto con la mano—. Me salvaste la vida por segunda vez. Deja que te abrace.

Negué con la cabeza, sintiéndome incómoda.

—No, Markus. Llegué tarde. —Hice un gesto abarcando la habitación de hospital y su hombro vendado—. Podría haber evitado todo esto.

Él palmeó el colchón a su lado, obligándome a sentarme junto a Christian.

—No importa lo que no hiciste, sino lo que sí hiciste —replicó, con esa sabiduría suya—. Gracias a los dos. Sin vuestra ayuda, ahora no estaríamos aquí, juntos. Superasteis mis expectativas.

Le devolví una sonrisa a medias. No estaba acostumbrada a recibir cumplidos.

—Es posible que hayamos quebrantado alguna pequeña norma de tráfico para llegar aquí —comenté, en un intento por aliviar la tensión.

—Nada, un par de normas sin importancia —añadió Christian, con una sonrisa ladeada.

Markus me palmeó la espalda.

—De eso me ocuparé yo —respondió, divertido.

Christian miró por la ventana. Fuera, el sol asomaba entre las nubes blancas, y una bandada de golondrinas cruzó el cielo sobre los relucientes tejados de la ciudad.

—Cuando entramos en la biblioteca, no sabíamos qué hacer. Sabíamos que Artimorti quería matarte, pero no estábamos seguros de cómo abordarlo con él delante —dijo Christian, con la voz temblorosa al recordar todo aquello, todavía tan cercano.

—Me lo puedo imaginar —asintió Markus—. Desde la primera vez que vinisteis a verme, la noche que encontrasteis las botas en la caja fuerte, sospeché que él era el culpable.

—¿Entonces? —Christian frunció el ceño—. ¿Por qué no te pusiste de nuestro lado cuando estábamos en la casa de Ulrich, con la policía? ¿Por qué le diste la razón a Artimorti?

Markus suspiró.

—Porque no teníamos pruebas, hijo. Solo el testimonio de un Vidente principiante que llevaba cinco minutos en su primer caso y decidió saltarse las reglas para investigar sin un policía al lado.

Christian asintió, aceptando la verdad.

—Vuestros hallazgos no habrían sido válidos ante ningún juez —continuó Markus—. Y, menos aún, con la oposición de Artimorti, que tan hábilmente se hizo con el control del caso.

—Entiendo —murmuró Christian—. Si te hubieras puesto de nuestra parte, Artimorti te habría considerado una amenaza mayor, y quizás te habría agredido antes. Y, de todos modos, nadie te habría creído… porque eres mi padre.

—Así es —confirmó Markus—. Solo me quedaba ayudar a que lo descubrierais todo por vosotros mismos, y regresaseis con alguna prueba concluyente. Y, en cualquier caso, creo que mi reacción ese día fue justo el empujón que necesitabais para llegar a la meta.

—Creo que sí —admití, comprendiendo al fin.

Markus me miró con sus ojos azules, tan parecidos a los de Christian.

—En este mundo hay dos tipos de personas —dijo el director—: los que esperan que las cosas sucedan y los que las hacen suceder. Después de hoy, vosotros pertenecéis al segundo grupo. Estáis listos.

—¿Listos para qué? —preguntó Christian.

—Para llevar casos solos.

—No, yo no... —comencé a protestar, pero Markus me interrumpió con una sonrisa.

—Todo a su debido tiempo.

El médico apareció de nuevo en la puerta y nos dirigió una mirada severa.

—Es suficiente por hoy. Debéis dejarle descansar. Y, seguramente, también deberíais ir a casa a dormir unas horas.

Christian y yo intercambiamos una mirada.

—Está bien —dijo Markus, sacudiendo la mano en el aire—. Id a casa, descansad un poco. Y, por cierto, hijo… ayer llegó una carta de tu madre. Está en mi oficina, encima de la mesa.

Los ojos de Christian se iluminaron y sonrió de oreja a oreja. Después nos despedimos de Markus, agradecimos al médico y salimos del hospital en silencio.

—¿Y ahora? —preguntó Christian, metiendo las manos en los bolsillos mientras caminábamos por el pasillo hacia la salida.

Lo miré y me encogí de hombros.

—No lo sé. El hijo del jefe eres tú…

—Creo que mi padre te miraba como si fueras su hija también.

Lo miré, alzando una ceja y husmeé el aire con un gesto exagerado.

—Uy, uy —dije—. ¿No lo hueles?

—¿Oler qué?

Christian olisqueó a su alrededor, sin notar nada extraño.

—Olor a celos —le solté con una carcajada.

Christian bufó.

—Eres una tonta.

Abrió la puerta que daba a la calle, y el aire de la mañana nos envolvió, con su mezcla de humo, flores y pan recién horneado. Después de tantas horas en ese hospital, el mundo exterior parecía más vivo que nunca.

—¿Puedo decirte algo? —preguntó Christian, con un tono solemne que me puso en guardia.

—Claro, Christian. Lo que sea.

—Eres una pésima conductora.

Bufé, agitando la cabeza.

—Y tú, un pésimo copiloto. Pero, ¿sabes qué? Siempre supe que los libros de la biblioteca me salvarían.

—Te refieres a los que no te cayeron en la cabeza, ¿verdad?

—Por suerte, esta corona de rizos sirvió de amortiguación. Algo que tú, con esos cuatro pelos de zanahoria, no puedes decir.

Christian sonrió, ajustándose las gafas de aviador con orgullo sobre sus revueltos cabellos rojizos.

Levanté la mirada y un rayo de sol atravesó las nubes matinales. Pensé en mi madre. Si hubiera estado ahí, sé que habría sonreído al verme. Que habría estado orgullosa de mí.

Y así, a la sombra de aquel hospital, con Christian a mi lado, supe que mi primera misión en la Academia Videntia había terminado con éxito.

Formábamos un buen equipo. Y esto era solo el principio.

— ∞ —

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Luna Parker y el Enemigo Invisible

Tras la caída de Artimorti, todo parece volver a la normalidad...

hasta que empiezan a desaparecer estudiantes de la Academia Videntia en plenas fiesta de fin de año.

Algunos desaparecen en plena celebración de Saturnalia, mientras que otros se han esfumado en medio de investigaciones policiales.

Barcinova yace bajo una inusual nevada, cubierta por un manto blanco que la vuelve tan bella como peligrosa.