Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 41
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Observar cómo mis visiones cobraban vida fue algo indescriptible.

Poder ver el pasado con unas Óculus Nova era una sensación fabulosa. Requería años de estudio y práctica; una vida entera de ejercicios y simulaciones. Sin embargo, todos esos años de teoría en clase no se comparaban con tan solo dos días en la vida real, resolviendo un caso de verdad.

Y no solo eso: gracias al Caleidoscopio Temporal, todas esas imágenes habían quedado grabadas. Ahora acabábamos de mostrárselas a mi padre como prueba.

Aquella euforia duró poco. Se hizo añicos con el estruendo del primer disparo de Artimorti.

Cuando vi a Luna caer, me quedé sin aliento.

Luna. Nuestra Luna.

Mi Luna .

El policía gritó mi nombre, pero apenas pude escucharlo.

Mi respiración se aceleró. Mi corazón latía desbocado.

¿Qué estaba pasando?

¡Ese hombre estaba loco!

El arma aún humeaba en las manos de Artimorti, pero él ya se había girado hacia mi padre. Todo sucedió rapidísimo, aunque a mí me pareció a cámara lenta.

Luna yacía en el suelo con los ojos cerrados, cubierta de libros, y Artimorti había dejado de prestarle atención. En vez de eso, sus ojos se posaron en el Caleidoscopio Temporal. Lo tomó con ambas manos, lo observó por un momento y luego lo tiró al suelo con fuerza.

Los cristales estallaron con un estrépito, y sus discos y engranajes salieron despedidos en todas direcciones.

—Vaya —dijo con fingida pena, dándole una patada a lo que quedaba del caleidoscopio—. Ya no fabrican aparatos como los de antes. Estos de hoy en día se rompen enseguida.

Miré cómo rodaban por el suelo nuestras pruebas, destruidas para siempre.

Después, Artimorti se giró hacia mi padre, que estaba quieto, helado junto a su butaca. Busqué desesperado a mi alrededor algo con lo que defendernos, pero no tuve tiempo de hacer nada. Artimorti sonrió con escalofriante malicia y alzó la pistola hacia mi padre.

—Lo siento, director, debería haber muerto en el parque de atracciones… —susurró.

Se oyó un disparo.

Pero también un golpe seco.

Todo fue rapidísimo.

Luna, tambaleándose, pero armada con un pesado pisapapeles de cerámica, había golpeado a Artimorti en la cabeza.

El inspector cayó sobre la alfombra, inconsciente.

Viendo que Luna estaba bien, me giré hacia mi padre.

Él, sin embargo, había recibido el disparo. Estaba de rodillas en el suelo, apoyado en el brazo de la butaca y sujetándose el hombro con dificultad. Su rostro estaba descompuesto por el dolor.

Una rabia inmensa me recorrió el cuerpo. Habría preferido que Artimorti me disparara a mí antes que a él… ¡o a Luna!

—¡Padre! —grité a pleno pulmón, con la voz quebrada.

—No me esperaba algo así, hijo —susurró, débil.

—¡Papá, dime que estás bien! No puede ser que te haya dado… —me negué a comprender lo que estaba pasando.

—Hijo… Luna y tú habéis hecho un gran trabajo… —murmuró, tambaleándose.

Luna se arrodilló junto a él, sosteniéndolo para que no se desplomara.

—¡Markus, aguanta! Te llevaremos al hospital.

—Luna… cuida de mi hijo. Eres una buena chica. La mejor que conozco —logró decir, con un hilo de voz—. ¡Prométemelo!

Luna lo miró a los ojos y luego me miró a mí.

—De eso nada —replicó con firmeza.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y apareció el jardinero, Lucrecio, con una pala en la mano a modo de espada.

—¿Qué ha sido todo ese ruido? —preguntó, protegiéndose tras su herramienta alzada.

—¡Lucrecio! Necesitamos tu ayuda —gritó Luna—. Han disparado al director. ¡Tenemos que llevarlo a urgencias!

El jardinero, completamente desorientado, se quedó paralizado.

Luna chasqueó los dedos frente a su rostro.

—¡Vamos, vamos! ¡Despierta, Lucrecio! —gritó, mientras yo trataba de sostener a mi padre, que empezaba a perder el conocimiento.

—¿Tienes cuerda de jardinería? —le preguntó Luna al jardinero.

—Sí… supongo que sí, en el cobertizo —respondió el hombre tartamudeando. Se había puesto pálido.

—Bien —dijo Luna, mirándolo a los ojos, y luego señaló al policía, inconsciente en el suelo—. Ata a ese desgraciado bien fuerte con la cuerda, o se escapará en cuanto despierte.

Se agachó y empezó a revisar los bolsillos de Artimorti. Cogió algo y se lo guardó. Luego me tendió sus armas, y yo las escondí en un lugar seguro, para llevarlas a comisaría más tarde.

—Ahora ayúdanos a llevar al director al patio, Lucrecio —ordenó Luna.

Lucrecio y yo asentimos. Estábamos en shock después de lo ocurrido. Entre los dos, levantamos a mi padre con cuidado: yo lo sujeté de los hombros, evitando presionar la herida, y él de los pies.

Al salir de la biblioteca, había un corro de gente esperando fuera. Los estudiantes nos miraban con expresión de espanto. Algunos profesores se acercaron, atónitos. Pero, como suele ocurrir en estas situaciones, nadie hizo nada útil.

—¿A dónde vamos, Luna? —pregunté, angustiado.

Ella no respondió. Solo hizo un gesto para que la siguiéramos. Su seguridad era lo único que me tranquilizaba en medio de aquel caos.

Cruzamos la Academia y llegamos al patio. Fue entonces cuando Luna sacó un objeto del bolsillo.

Una llave.

—Meted al director en el coche. Nos vamos.

—¿Perdona? —grité, incrédulo—. ¿Estás bien de la cabeza? ¿Cómo piensas llegar?

—¿Quieres que muera desangrado? Tenemos que irnos ya —dijo ella, subiendo al vehículo sin hacerme caso. Comenzó a echar ladrillos negros en la caldera y nos hizo un gesto impaciente—. ¡Vamos, haced lo que he dicho!

—¡No sabes conducir! —le grité—. ¡Nos vamos a matar!

—¿Prefieres que tu padre muera aquí, sin hacer nada? —replicó.

Tragué saliva. No podía rebatirle eso.

—Además —añadió—, no puede ser tan distinto de conducir una bici… con un elefante en el manillar.

Respiré hondo. Con la ayuda de Lucrecio, metimos a mi padre en el coche. Para entonces, ya había perdido el conocimiento. Casi mejor, porque se habría horrorizado al ver a Luna al volante.

Subí, le puse el cinturón de seguridad y me abroché el mío.

Luna pisó el acelerador y el coche soltó una bocanada de vapor. No esperó a que alcanzara la temperatura ideal, porque no había tiempo. Engranó la primera marcha y arrancó.

¡Nos movíamos!

Íbamos a salvar a mi padre.