40
La biblioteca volvió a la normalidad en un parpadeo.
La niebla se disipó y el vértigo desapareció de golpe, dejándome con la respiración entrecortada. Me apoyé brevemente en la repisa de la chimenea que había detrás de mí, buscando algo sólido que me anclara a la realidad.
Christian, Markus y Artimorti seguían allí, sentados tranquilamente en las butacas de la biblioteca.
Aún no había sucedido nada.
El inspector mantenía su expresión arrogante, ajeno a lo que yo acababa de ver. Su mano seguía oculta en el bolsillo del pantalón. Pero ahora yo sabía lo que guardaba ahí. Sabía lo que planeaba.
Sabía que, en cuestión de minutos, sacaría un arma y dispararía. Después dejaría las huellas de Christian por toda la pistola, para poder culparlo a él.
—Luna, ¿estás bien? —susurró Christian.
Lo miré y sentí un nudo en la garganta.
Mi amigo todavía estaba bien.
Todavía podía salvarlos a todos.
Pero tenía que avisarle, y no sabía cómo.
—Tenemos que irnos —dije en voz baja, sintiendo cómo las manos me temblaban.
Christian frunció el ceño.
—¿Qué? No, claro que no. Luna, debemos enseñarle a mi padre…
—Es mejor que no. —Lo agarré del brazo con fuerza, tratando de hacer que se levantara—. Christian, por favor. Hazme caso.
Pero Christian no me escuchó. Seguro de sí mismo, colocó la mochila sobre sus rodillas y sacó sus Óculus, junto con el catalejo de cristales que nos había prestado Elba Ulrich.
—¿De dónde habéis sacado eso? —exclamó Markus con incredulidad.
Christian abrió la boca para responder, pero lo detuve con la mirada. Habíamos prometido no revelar la identidad de la señorita Ulrich. Ya había hecho bastante, ayudándonos en secreto.
Con cuidado, Christian colocó el Caleidoscopio Temporal sobre la mesa y ajustó las Óculus Nova sobre él. Ambos aparatos encajaron a la perfección.
—Pensaba que era solo una leyenda… —murmuró Markus—. Jamás pensé que vería uno de estos en persona.
—Pues espera a ver lo que hemos registrado en él —respondió Christian, sin poder esconder la emoción.
Yo sacudí la cabeza.
Tenía que interrumpir esto antes de que todo se nos fuera de las manos.
Artimorti seguía con la mano en el bolsillo.
—¿Y ahora qué? —preguntó el inspector, sin mucho interés—. ¿Qué narices es ese trasto?
Christian giró un par de veces el extremo del caleidoscopio, pero no sucedió nada. Lo movió de un lado a otro, probando distintos ángulos.
Nada.
Se le había olvidado un detalle: necesitaba una fuente de luz para proyectar las imágenes. Elba Ulrich nos lo había explicado mientras íbamos juntos en el coche.
Pero no iba a ser yo quien se lo recordara.
Esta era mi oportunidad para cambiar el futuro.
—¿Por qué no se proyecta nada? —murmuró Christian, dándole unos golpecitos al aparato.
—Esto es una tontería. Estamos perdiendo el tiempo —gruñó Artimorti, levantándose con tanta brusquedad que casi volcó su silla.
—Espere un segundo —pidió Markus, con un tono más severo.
Justo entonces, Christian se dio cuenta de su error. Sacó una vela y la encendió.
Ahora sí.
En la pared junto a la chimenea, las imágenes comenzaron a proyectarse a cámara rápida. Primero, el hombre encapuchado saboteando la atracción en Eteria Park. Luego, Artimorti devolviendo a las Valquirias a la casa. Después, el inspector guardando las botas y el equipo en su coche.
Finalmente, Artimorti en la comisaría, luego volviendo a la casa de su amigo fallecido… y, por último, llegando a la Academia. Al lugar donde estaba en este preciso instante.
Markus contuvo el aliento.
El director estaba sin palabras.
Pero Artimorti no.
Observó las imágenes con los ojos entrecerrados, completamente inmóvil.
Cuando la proyección terminó, aplaudió lentamente.
—Bravo, bravo… —dijo con parsimonia—. Menudo invento moderno. Muy ilustrativo, sí señor.
Dio un par de pasos hacia Christian y se inclinó sobre el aparato.
—¿Quién iba a decir que inventarían algo así? —murmuró, casi divertido. Luego, alzó la vista hacia Markus—. No me extraña que quieran acabar con vosotros, los Videntes. Sois un parásito muy molesto.
Markus se levantó de golpe, interponiéndose entre él y su hijo.
—Voy a llamar a los guardias de la Academia —declaró con firmeza—. Le ruego que no se resista.
Artimorti sonrió.
—¿De lo contrario, qué?
Markus vaciló.
Y entonces todo ocurrió demasiado rápido.
Sin pensarlo, me di la vuelta y deslicé la mano por una estantería que había detrás, junto a la chimenea. Mis dedos encontraron lo que buscaban: un libro grueso de cubiertas reforzadas. Lo sujeté con fuerza.
Pero cogí algo más.
Mis dedos rozaron la fría superficie cerámica de un pisapapeles en forma de paloma, con una peana cuadrada. Lo tomé sin dudar y lo escondí tras la espalda.
Justo entonces, Artimorti sacó su arma.
Era igual que la que yo había visto.
Su disparo resonó en la biblioteca, y el impacto me lanzó hacia atrás. Por suerte, la enciclopedia detuvo la bala.
Caí al suelo, con una lluvia de libros desplomándose sobre mí.
Me hice daño, pero estaba viva.
Desde el suelo, con la visión borrosa, vi a Christian moverse. Lo había entendido.
Ahora sabía que esto era una trampa.
Y esta vez, no íbamos a dejar que Artimorti ganara.