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La biblioteca se llenó de niebla. Una bruma espesa subió desde las esquinas y comenzó a acumularse en el centro de la sala, difuminando la realidad a mi alrededor.
Ya era la tercera vez que me ocurría y, aunque empezaba a reconocer la sensación, aún no lograba acostumbrarme al vértigo que me invadía cuando todo comenzaba a girar.
Parpadeé y, de repente, ya no estaba en el presente, sino en el futuro.
Me vi a mí misma, de pie, explicando el caso ante el director y su indeseado acompañante. Christian estaba a mi lado, sosteniendo el Caleidoscopio Temporal, proyectando las imágenes clave para resolver el misterio.
En la visión, Artimorti mantenía su expresión de desprecio mientras el director observaba las pruebas.
Pero llegados a un punto, su fachada de absoluta indiferencia se resquebrajaba.
De un salto, se ponía de pie y empezaba a discutir con el inspector, señalándonos a Christian y a mí.
Sus palabras eran demasiado rápidas, y las oía como si estuviera bajo el agua, pero estaba claro que Markus defendía nuestra versión, mientras que Artimorti trataba de ponernos en ridículo.
—No se crea nada, Rosenberg —dijo Artimorti, su voz retumbando en la habitación—. No sé de dónde han sacado ese artefacto de feria, pero todo eso es mentira.
El tono de la conversación subía de golpe. Gritos. Gestos bruscos. El director le pedía a Artimorti que fueran juntos a su coche y abrieran el maletero, para comprobar si las botas seguían allí o no. En ese momento, en vez de responder, Artimorti empujaba al director, haciéndolo caer sobre el sofá.
Sentí un escalofrío. Algo iba a ir mal.
Vi mi propia figura en la visión: me inclinaba hacia la mesa y tomaba un libro grueso, uno de cubiertas reforzadas, preparándome para defenderme si la situación se descontrolaba.
Y entonces sucedía.
Artimorti sacaba un arma pequeña de su bolsillo. No era reglamentaria, ni siquiera parecía oficial. Era un modelo sin marcas, de esos que solo se encontraban en el mercado negro, en los rincones más turbios y oscuros del puerto.
Mi respiración se aceleró mientras me observaba a mí misma, impotente, y la escena avanzaba.
—Nada de lo hablado aquí saldrá de esta sala —sentenció Artimorti.
Y me disparó primero a mí.
Mi yo de la visión apenas tuvo tiempo de levantar el grueso libro para defenderse. El impacto me lanzó contra una estantería, y varios tomos cayeron sobre mí. Me quedé aturdida, quieta en el suelo, con la cabeza dándome vueltas por la caída.
Alguien gritó mi nombre.
Artimorti giró el arma hacia el director.
Un segundo disparo.
—¡Padre! —gritó Christian en la visión.
Mi corazón latió con fuerza. No. No podía ser verdad.
Artimorti no se detuvo. Sacó otra pistola, esta vez la reglamentaria, y apuntó a Christian. Mi amigo intentó retroceder entre las estanterías, pero tropezó.
Se oyó un ruido, y a Artimorti que disparaba varias veces en dirección hacia los pasillos de la biblioteca.
Fue en ese instante cuando lo entendí.
Todo esto había sido planeado.
Artimorti nos había dejado exponer el caso como el gato juega con el ratón, disfrutando del juego, burlándose de nosotros antes de dar el golpe final.
Entonces, algo aún más aterrador sucedió.
El inspector miró a su alrededor y, de pronto, gritó con dramatismo:
—¡No, Christian, no hagas eso! ¡No!
Pero Christian ni siquiera estaba cerca de él.
Antes de que pudiera reaccionar, Artimorti hizo algo que me heló la sangre. Apuntó a su propia pierna y disparó.
El grito de dolor fue desgarrador, pero su rostro... su rostro mostraba algo distinto. Satisfacción.
Se dejó caer en el suelo, fingiendo ser una víctima más, pidiendo ayuda como si Christian hubiera sido el agresor que había empezado la reyerta.
La niebla empezó a disolverse. La visión se desvanecía.
Mi mente regresó de golpe a la realidad.
Inspiré con fuerza.
Si seguíamos con nuestro plan, estábamos condenados.
Artimorti no solo era peligroso, sino que, además, ya tenía su coartada preparada.